Estudiar con IA: ¿una dependencia invisible?

Francisco Pérez Bes, adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos: "Hay estudiantes que desarrollan ansiedad por la autoeficacia académica, dudan de su capacidad para empezar o terminar una tarea si no incorporan la ayuda de la IA"

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Francisco Pérez Bes es adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos

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Durante estos últimos años, el debate sobre los riesgos digitales en adolescentes ha girado en torno a las redes sociales, el tiempo de pantalla o la adicción al móvil.

De hecho, la nomofobia —concepto acuñado para definir el miedo a no tener acceso al teléfono móvil— es un fenómeno que demuestra que el smartphone sigue siendo uno de los principales canales de conexión social de ese colectivo.

Ahora, la Inteligencia Artificial revela que esta tecnología se está convirtiendo en el canal de resolución cognitiva para gran parte de la ciudadanía y, en particular, entre los más jóvenes. Es decir, si antes temían no poder socializar a través de canales digitales, ahora temen quedarse sin un soporte que les ayude a pensar y a tomar decisiones.

Esta evolución nos lleva a concluir que, en este ecosistema de ansiedades digitales, la dependencia tecnológica de nuestros adolescentes, lejos de disminuir, crece y se sofistica.

En efecto, los últimos estudios médicos sobre el impacto psicológico de la IA en los estudiantes menores de edad detectan que un porcentaje cercano al 5% de los jóvenes afirman tener miedo a no poder utilizar inteligencia artificial durante sus tareas educativas.

Lo verdaderamente inquietante no es tanto la cifra como lo que hay detrás de ella. En esta línea, la investigación identifica dos dimensiones clave: de un lado, que hay estudiantes que desarrollan ansiedad por la autoeficacia académica. Esto es, que dudan de su capacidad para empezar o terminar una tarea si no incorporan la ayuda de la Inteligencia Artificial.

De otro lado, otra parte del alumnado encuestado afirma haber desarrollado desconfianza académica cuando carecen de estas herramientas, a las que necesitan para validar constantemente el trabajo realizado.

Cuando hablamos de inteligencia artificial en el ámbito escolar, no nos referimos al problema habitual de su uso excesivo, sino ante un riesgo aún mayor: la redefinición silenciosa de la autonomía intelectual de los estudiantes, lo que puede llevarles a delegar en la IA parte de su capacidad de pensar, estructurar y decidir.

De no tomar medidas para evitarlo, lo que se dibuja es un cambio profundo, donde la IA se pueda acabar convirtiendo en una prótesis cognitiva de nuestros alumnos.

El estudio añade otro dato revelador: no hay diferencias significativas ni por sexo ni por curso. A diferencia de las adicciones digitales, aquí no hay perfiles de riesgo claros. Antes al contrario, parece tratarse de un fenómeno que aparece de forma transversal y en los primeros años de la adolescencia. Lo que nos puede llevar a afirmar que no estamos ante una simple desviación, sino ante una preocupante tendencia generacional emergente.

Conviene, no obstante, evitar lecturas simplistas. La IA no es el problema en sí. De hecho, el estudio muestra que su uso principal es académico: casi el 67% la emplea para buscar información y un 32,5% para resolver dudas. Es decir, está integrada en el aprendizaje cotidiano. Y eso, bien gestionado, puede convertir a la IA en lo que debe ser: un recurso y una capacidad formativa extraordinaria.

El problema surge cuando esa integración no viene acompañada de criterios pedagógicos claros. Hay que enseñar a los estudiantes a cómo usarla y a cuándo deben usarla. Pero, sobre todo, a cuándo no usarla. Porque saber utilizar estas herramientas es importante, pero saber prescindir de ellas también lo es.

El 67% la emplea para buscar información y un 32,5% para resolver dudas

Si entre familias, centros educativos y administraciones no abordamos conjuntamente esta cuestión, corremos el riesgo de criar generaciones que confundan asistencia digital con sustitución. Y, frente a eso, no parece que existan terapias ni tratamientos médicos.

La que se ha venido a denominar como “AI-less phobia” nos enfrenta, en el fondo, a una pregunta incómoda: ¿estamos educando a pensar a los estudiantes más jóvenes o, simplemente, les estamos enseñando a gestionar herramientas que piensen por ellos?

Si la respuesta se inclina demasiado hacia lo segundo, el riesgo no será solo psicológico, sino que afectará a la estructura misma de la estrategia de formación en capacidades digitales.

Aquí es donde hay que elevar el debate. ¿Es necesario redefinir el concepto de competencia académica en la era de la IA? Porque la autonomía intelectual no consiste en hacerlo todo sin ayuda, pero tampoco en no poder hacerlo sin ella.

El riesgo no es menor: si perdemos confianza en nuestra capacidad de razonar, estaremos condenados a ser una sociedad más vulnerable. Y este es un auténtico problema que ninguna inteligencia artificial podrá resolver por nosotros.

sobre la firma:

Francisco Pérez Bes es adjunto de la Agencia Española de Protección de Datos. Además, fue socio en el área de Derecho Digital de Ecix Group y es ex Secretario General del Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE).

 

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¿Cuál es el principal uso académico que los estudiantes hacen de la inteligencia artificial según el estudio mencionado?

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¿Qué porcentaje de estudiantes utiliza la inteligencia artificial para resolver dudas?

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