¿Qué es un centro de datos y por qué importa tanto dónde esté?

Los centros de datos son instalaciones físicas donde se almacenan y procesan datos y funcionan servicios digitales que utilizamos a diario, desde la nube hasta la inteligencia artificial

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Un centro de datos. Pixabay.

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Haz una prueba sencilla: pon tu teléfono móvil en modo avión. Ahora intenta vivir con normalidad.

WhatsApp deja de existir, el correo no llega, Google Maps ya no sabe dónde estás, tus fotos en la nube se han quedado en algún lugar bastante menos etéreo de lo que sugiere su nombre, no puedes hacer una transferencia, pedir un taxi, comprar una entrada, ver una serie en streaming ni preguntarle nada a una inteligencia artificial. No es exactamente volver al siglo XX, pero se le parece bastante.

Naturalmente, para que todo eso funcione hacen falta antenas, fibra óptica, redes de telecomunicaciones y miles de kilómetros de cables, algunos atravesando océanos. Pero al final de todas esas conexiones hay necesariamente algo físico: edificios llenos de servidores que almacenan, procesan y transmiten información de manera ininterrumpida. Eso son los centros de datos.

Porque la nube, pese a su acertado departamento de marketing, no está en el cielo. La nube tiene dirección postal. Y comprenderlo importa. Los centros de datos han dejado de ser una infraestructura que solo interesaba a ingenieros y especialistas tecnológicos. Hoy sostienen una parte creciente de nuestra vida cotidiana y son, además, una de las infraestructuras sobre las que se está construyendo la economía del siglo XXI.

Mucho más que una sala llena de servidores

Un centro de datos es una instalación diseñada para alojar los equipos que almacenan, procesan y transmiten información y todos los sistemas necesarios para conseguir que funcionen las 24 horas del día, los 365 días del año.

Eso exige electricidad continua, refrigeración, seguridad física y digital, conexiones de telecomunicaciones de enorme capacidad y sistemas redundantes y de respaldo.

La redundancia es fundamental: si algo falla, otro sistema debe estar preparado para sustituirlo. No es especialmente emocionante hasta que el servicio que falla es tu banco, tu hospital, una Administración pública o la aplicación con la que acabas de pagar.

Pero saber qué hay dentro de un centro de datos es probablemente menos importante que entender qué supone para un país tenerlos dentro de sus fronteras.

Las vías de ferrocarril del siglo XXI

La historia económica está llena de países que llegaron antes. Ocurrió con los grandes puertos y las rutas comerciales. Sucedió, de forma especialmente evidente, con el ferrocarril durante la Revolución Industrial.

Los países que desplegaron antes sus redes ferroviarias consiguieron transportar personas y mercancías más rápido y más barato, conectaron mercados, atrajeron industrias y generaron actividad económica alrededor de aquellas vías.

Después ocurrió con la electrificación, las autopistas, las telecomunicaciones e internet.

Hay una enseñanza que se repite: las grandes infraestructuras no aparecen porque un país ya sea rico. Con frecuencia contribuyen precisamente a que llegue a serlo.

Y la ventaja de llegar antes tampoco desaparece cuando termina la construcción. Alrededor de esas infraestructuras se acumulan conocimiento, empresas, inversión, profesionales y talento. Se crea un ecosistema que resulta muy difícil reproducir después desde cero.

Los centros de datos pertenecen a esa misma categoría. Solo que por las nuevas vías ya no circulan trenes ni mercancías. Circulan datos.

Y alrededor de esos datos están creciendo la inteligencia artificial, la computación en la nube, la investigación científica, la automatización industrial, los servicios financieros, la Administración digital y, cada vez más, prácticamente cualquier sector de la economía.

Por eso atraer centros de datos no significa simplemente conseguir que alguien construya un edificio lleno de ordenadores en nuestro territorio. Supone albergar una infraestructura sobre la que se construirá buena parte de la riqueza futura. Y llegar antes cuenta.

Una ventaja geoestratégica

Existe además una dimensión que va mucho más allá de la economía. Los datos se han convertido en un activo estratégico y la capacidad para almacenarlos, procesarlos y protegerlos es cada vez más importante para la autonomía tecnológica de los países.

La pregunta ya no es solamente cuántos datos vamos a generar. También importa dónde se procesarán, bajo qué jurisdicción, con qué garantías y quién dispondrá de la infraestructura necesaria para hacerlo.

Los territorios capaces de ofrecer energía, conectividad, suelo, seguridad jurídica y rapidez administrativa parten con ventaja para atraer centros de datos. Y con ellos llegan redes de telecomunicaciones, proveedores, ingenierías, empresas tecnológicas, profesionales especializados e inversión. Es el conocido efecto llamada, pero de este nos interesa bastante.

Porque una vez alcanzada determinada masa crítica, el proceso se retroalimenta: las empresas quieren instalarse donde ya existen infraestructura, conectividad, talento y proveedores.

Eso es un ecosistema. Y construirlo antes que los demás supone una ventaja competitiva que puede durar décadas.

España tiene algo que el mundo digital necesita

Aquí es donde España tiene unas cartas extraordinariamente buenas. Los centros de datos necesitan electricidad. Mucha. Y necesitan, cada vez más, que esa electricidad sea competitiva y de origen renovable.

La regulación europea avanza precisamente hacia centros de datos cada vez más eficientes, transparentes y sostenibles. La Directiva europea de eficiencia energética de 2023 introdujo obligaciones de información para determinados centros de datos y el Reglamento Delegado de 2024 desarrolló indicadores comunes sobre consumo energético, agua, reutilización del calor y utilización de energías renovables.

Entre ellos se encuentra el Renewable Energy Factor, que mide qué proporción de la energía utilizada por un centro de datos procede de fuentes renovables.

Y resulta que España tiene renovables. Muchas. Gracias a nuestras condiciones climáticas, pero también a décadas de inversión, planificación e incentivos públicos y privados, hemos construido uno de los mayores parques renovables de Europa. Solo en junio de 2026, las renovables representaron el 58,4 % de toda la generación eléctrica española y, contando el autoconsumo, alcanzaron el 60 %. La fotovoltaica volvió a batir sus máximos históricos.

Hasta aquí, excelentes noticias. El problema es que hemos empezado a batir otro récord bastante menos digno de celebración: el de producir energía para no utilizarla. Según estimaciones de Aurora Energy Research, solo en junio de 2026 España desaprovechó 1,2 TWh de generación renovable debido, entre otros factores, a limitaciones y congestiones del sistema. Fue un máximo histórico. Casi seis veces el nivel de junio de 2025 y nueve veces el de dos años antes. En el conjunto del primer semestre de 2026, el curtailment alcanzó aproximadamente 2,5 TWh, un 50 % más que en todo 2024.

Y aquí aparece una paradoja bastante española: después de hacer durante años un enorme esfuerzo inversor para ser capaces de producir energía renovable, resulta que ahora tenemos momentos en los que no sabemos qué hacer con toda ella. Hemos hecho la parte difícil. Quizá convendría no tropezar en la fácil.

Porque producir electricidad limpia para después no utilizarla no constituye una ventaja competitiva. La ventaja aparece cuando somos capaces de convertir esa energía en industria, inversión, empleo, innovación y riqueza.

Y ahí los centros de datos dejan de ser parte del problema para convertirse también en parte de la oportunidad.

Sí, consumen mucha electricidad. Pero la cuestión no es únicamente cuánto consumen, sino qué obtenemos a cambio de ese consumo y qué energía estamos utilizando. Un centro de datos permite transformar electricidad en capacidad de computación. Y hoy la capacidad de computación significa inteligencia artificial, servicios digitales, investigación, productividad, innovación y actividad económica de alto valor añadido.

Por eso resulta difícil entender el debate sobre el consumo eléctrico de los centros de datos sin hablar al mismo tiempo de la energía renovable que España es capaz de producir y que, en determinados momentos, no consigue aprovechar.

Quizá la pregunta correcta no sea solo: ¿cuánta energía van a consumir los centros de datos?

Hay otra bastante más interesante: ¿qué queremos hacer con la energía que ya somos capaces de producir?

De la energía al dato

España reúne muchos de los ingredientes necesarios para convertirse en uno de los grandes hubs digitales europeos: energía renovable, posición geográfica, conexiones internacionales, cables submarinos, infraestructuras de telecomunicaciones y proximidad a los principales mercados europeos.

Pero tener buenas cartas no significa ganar la partida. La historia tecnológica demuestra que las ventanas de oportunidad no permanecen abiertas indefinidamente. Los países que desplegaron antes el ferrocarril, la electricidad o las telecomunicaciones construyeron alrededor de aquellas infraestructuras industrias y ecosistemas que determinaron buena parte de su prosperidad durante décadas.

Ahora la carrera es por la capacidad de computación. Y las decisiones que se tomen durante los próximos años determinarán dónde se concentran los centros de datos, pero también dónde lo hacen el talento, la conectividad, la innovación y buena parte de la inversión asociada a la inteligencia artificial.

Por eso, cuando hablamos de centros de datos no estamos hablando simplemente de servidores, cables, electricidad o sistemas de refrigeración. Estamos hablando de qué lugar quiere ocupar España en la economía digital mundial.

Durante siglos, las infraestructuras que determinaron la prosperidad de los países transportaron barcos, trenes, electricidad y mercancías. Las del siglo XXI transportan y procesan datos.

Tenemos energía. Tenemos posición geográfica. Tenemos conectividad. Y tenemos una oportunidad que otros países también han visto. Ahora solo falta algo que históricamente suele ser bastante más difícil que producir electricidad: no llegar tarde.

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¿Cuál es la función principal de un centro de datos?

Pregunta 1 de 3

¿Qué ventaja competitiva ofrece España respecto a la ubicación de centros de datos?

Pregunta 2 de 3

¿Qué porcentaje de la electricidad generada en España en junio de 2026 fue de origen renovable, incluyendo el autoconsumo?

Pregunta 3 de 3

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