Desde hace ya muchos años la prensa, a escala global, arrastra la hipoteca que firmó al sucumbir a unas tecnoligarquías que prometían un acceso prácticamente ilimitado a millones de lectores a cambio de entregarles el control sobre cómo, cuándo y a quién llegaban sus contenidos. 2026 será recordado como el año en que los medios perdieron grandes volúmenes de tráfico por la combinación de los cambios en los algoritmos de Google, la pérdida de visibilidad en Discover y la irrupción de una inteligencia artificial que se alimenta de los contenidos periodísticos y apenas devuelve lectores a quienes los producen.
La prensa, lejos de ponerse en modo defensivo y expulsar sin contemplaciones a quienes la están arruinando, sigue aceptando las normas que le imponen sin siquiera cuestionarlas, con la única contraprestación, en algunos casos, de unas compensaciones exiguas que hay que renegociar cada año a cambio de seguir alimentando con sus contenidos a las mismas plataformas que le arrebatan los lectores, consolidando así un modelo de dependencia en el que los medios asumen los costes de producir la información mientras otros controlan su distribución y buena parte de los beneficios que genera.
La última capitulación ha llegado de forma casi imperceptible. Google ha comenzado a sustituir las direcciones originales de las noticias compartidas desde algunos de sus servicios por enlaces «share.google», con lo que se convierte en intermediario incluso de las recomendaciones entre lectores: registra los datos de acceso y sustituye el nombre del medio por el suyo propio. Después de controlar buena parte del tráfico de los buscadores, condicionar la distribución con Discover y utilizar los contenidos periodísticos para alimentar su inteligencia artificial, Google se introduce ahora en uno de los últimos espacios que escapaban a su control, el de las recomendaciones personales, y los medios, una vez más, lo aceptan sin rechistar.
¿Qué pasaría si se creara un espacio digital vetado a Google, a las inteligencias artificiales y a cualquier otro parásito de los contenidos, un lugar donde los lectores de la prensa compartieran los enlaces que consideran relevantes y llevaran así tráfico a los medios? A esa pregunta responde deltha.eu, un agregador contralgorítmico que acabamos de poner en marcha para demostrar que es posible plantar cara a las grandes plataformas tecnológicas sin renunciar a las ventajas de internet —descubrir nuevas publicaciones, compartir información, decidir colectivamente qué merece la pena leer— y devolver a los medios algo que nunca debieron perder: el contacto directo con sus lectores.
Deltha es una plataforma europea, creada en España y que lanzamos desde Jot Down, cuyo objetivo es conectar a los lectores con medios, publicaciones independientes, boletines y creadores especializados en distintas áreas, de modo que facilite el descubrimiento de contenidos de diferentes países y en diferentes idiomas sin sustituir a los medios ni convertir el periodismo en respuestas que eliminen la necesidad de visitarlos. Ofrece diferentes interfaces para navegar la información y opciones de personalización basadas en el manifiesto contralgorítmico, cuyos postulados exigen devolver al lector la capacidad de decidir qué información quiere recibir. Un medio como Demócrata, especializado en información parlamentaria y legislativa, que vive de lectores que saben lo que buscan y no de la lotería de un algoritmo, es exactamente el tipo de publicación para la que un espacio así tiene sentido, y por eso ya figura entre las que pueden leerse en la plataforma.
Las cifras que justifican la urgencia no las pongo yo. El informe Journalism, Media, and Technology Trends and Predictions 2026 del Reuters Institute de la Universidad de Oxford recoge que las visitas a los medios procedentes de la búsqueda orgánica de Google cayeron un 33 % entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025, que el tráfico desde Discover descendió un 21 % en el mismo periodo y que, según los directivos entrevistados, los buscadores podrían recortar otro 43 % en tres años. La inteligencia artificial no compensa nada de eso: aunque algunos asistentes incluyen enlaces a las fuentes de las que se nutren, Google envía a los medios, según datos de Chartbeat para el mismo instituto, unas quinientas veces más visitas a través de su buscador que ChatGPT, una brecha que llega a las mil trescientas veces si se cuenta Discover. Para quien se financia con publicidad, cada punto de tráfico perdido es un punto de ingresos perdido, y detrás de cada punto hay redacciones enteras en el aire.
El asunto no es solo económico. Mientras producir contenido de calidad resulta cada vez más caro, su distribución depende de empresas cuyos algoritmos deciden qué medios ven millones de personas y cuáles se vuelven casi invisibles, lo que convierte la cuestión en un problema de competencia y de pluralismo informativo que las autoridades europeas ya han incorporado al debate regulatorio, incluido el uso de contenidos de terceros para alimentar servicios basados en IA. Deltha no pretende sustituir ese debate ni los canales propios de cada medio, sino complementarlos y revertir una corriente en la que internet ha dejado de cumplir una de sus funciones esenciales: ser el canal que conecta a quienes generan contenido con quienes lo buscan.