Los descendientes de segunda y tercera generación de las víctimas mortales de la Guerra Civil y la dictadura franquista siguen mostrando en la actualidad “síntomas de duelo y estrés postraumático”. Estas emociones heredadas entre generaciones mantienen abierta una herida colectiva que, según los expertos, obliga a “reconsiderar las políticas de memoria” vigentes, incorporando más apoyo psicológico y formación, no solo para los familiares directos, sino también para el conjunto de la ciudadanía.
Estas conclusiones proceden del trabajo firmado por el doctor en Historia e investigador del Departamento de Humanidades de la Universidad Carlos III de Madrid, Francisco J. Leira-Castiñeira, y la doctora en Psicología y profesora de la Universidad Rey Juan Carlos, Raquel Martín, bajo el título “Lágrimas del pasado. Superación del proceso de duelo de la Guerra Civil española a través de rituales de paso”.
El estudio se ha llevado a cabo mediante una “metodología mixta”, combinando entrevistas orales en profundidad, con las que se han recopilado relatos de vida de familias de víctimas de ambos bandos, y pruebas psicológicas y sociológicas para contextualizar el momento en que cada persona supo de la muerte de su allegado y cómo lo integró en su biografía.
De acuerdo con los datos recopilados, en torno al 75 % de los participantes son familiares de víctimas del bando republicano y aproximadamente un 25 % del franquista. Las personas encuestadas se ofrecieron de forma voluntaria a través de distintas asociaciones y colectivos con el propósito de “obtener una muestra amplia sociológicamente”.
En conversación con Europa Press, los autores subrayan que, aunque el impacto inicial es más intenso en los familiares de primer grado, el sufrimiento se ha ido trasladando a nietos e incluso bisnietos, que presentan cuadros muy parecidos y, en numerosos casos, perciben su dolor como un duelo “desautorizado”, lo que les impide expresarlo con normalidad en su entorno.
El mismo patrón se observa en el estrés postraumático, que se manifiesta en recuerdos repetitivos, hipervigilancia, imágenes intrusivas o pesadillas angustiosas. “En familiares de segunda y tercera generación se ha evidenciado que la historia de vida transmitida pasa a formar parte de la identidad de las personas”, resume Raquel Martin.
Entre las causas que explican la prolongación del duelo durante décadas, los investigadores destacan la imposibilidad de realizar ritos sociales de despedida durante la contienda y la dictadura, lo que desplazó la elaboración del luto a las generaciones posteriores. Su trabajo muestra que muchos descendientes siguen intentando “recuperar los restos de los familiares y ofrecerles una despedida digna”.
Leira-Castiñeira sostiene que la memoria funciona como “un proceso circular” que se va “actualizando constantemente” y se refuerza a sí mismo. A su juicio, el impulso de recuperación de la memoria en los años 2000 permitió a muchos familiares de segundo grado entender, por fin, lo sucedido, lo que paradójicamente incrementó su estrés postraumático, pese a no haber vivido en primera persona la Guerra Civil ni la dictadura.
Duelo prolongado, ritos simbólicos y restos sin localizar
El análisis diferencia entre quienes han logrado recuperar los restos de sus allegados y quienes continúan sin poder hacerlo. En este último grupo, los autores constatan una mayor dificultad para cerrar el duelo, con presencia de pensamientos intrusivos y un estado de hiperactivación propio de un “duelo prolongado” o “desautorizado”.
Según el estudio, el 30 % de los encuestados que no han localizado el cuerpo de su familiar ha llevado a cabo algún tipo de rito simbólico de entierro. “Se palia así de alguna forma el estrés postraumático y los niveles de duelo”, explica el doctor en Historia.
También llaman la atención sobre las personas que creen saber dónde se encuentran los restos, pero carecen de medios para recuperarlos. En estos casos, describen más estrés, pensamientos intrusivos y una fuerte hipervigilancia, que vinculan con la contradicción de conocer el lugar, pero no poder intervenir. “Ello denota que son acontecimientos no superados ni integrados en la realidad”, puntualiza Martín.
Respecto a quienes sí han hallado el cuerpo y han podido enterrarlo, Leira-Castiñeira advierte de que el sufrimiento “no se palía del todo”, ya que sería necesario un “acompañamiento psicológico” posterior, algo que rara vez se ha proporcionado.
Ambos investigadores coinciden en que la falta de reconocimiento institucional y la ausencia de espacios adecuados para expresar la pérdida han contribuido a agravar el malestar emocional de los afectados.
Memoria, salud mental y educación
Ante esta realidad, Leira y Martín reclaman revisar las políticas de memoria para integrar la atención a la salud mental y una dimensión pedagógica que ayude a dotar de sentido a lo ocurrido. En los cuestionarios aparece de forma reiterada una pregunta: “¿Y por qué esto le ha pasado a mí familiar?”.
“El duelo es mucho más grave dentro de los familiares de víctimas de contextos traumáticos, como fue también la dana de Valencia, el COVID o el terrorismo”, apunta el historiador. En su opinión, la tarea educativa no debe limitarse a los afectados directos, sino extenderse al conjunto de la sociedad “para que el pasado deje ser un campo de una batalla y sea algo en lo que construir una democracia”.
Fosas comunes y sensación de falta de respuesta
De acuerdo con el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, en España se han identificado 6.011 fosas comunes, de las que 2.427 siguen sin exhumar, lo que equivale a un 40 %. Completamente exhumadas hay 926, y si se incluyen las intervenciones parciales y las fosas dignificadas, la cifra se eleva a 1.683.
Estos datos, a la luz de la investigación, se traducen en la percepción de que las actuaciones son insuficientes. “Mucha gente que recuperó los cuerpos admite que fue gracias a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. Pero también el 75 % de las personas entrevistadas dice que habría que hacer algo más”, afirma Leira-Castiñeira.
Para Raquel Martín, aún queda “mucho trabajo colectivo” pendiente y la sociedad no ha logrado construir un relato compartido sobre la Guerra. “En los episodios traumáticos es muy importante el significado que le da la sociedad y en este caso no hay un significado claro, sino que la gente sigue haciendo batallas entre bandos y tristemente se siguen identificando con un lado u otro”, señala.
Por este motivo, la psicóloga reclama una mayor “atención personalizada” a los descendientes de las víctimas y que las instituciones refuercen su compromiso con ellos, “estando al servicio de cada una”, ya que, en la práctica, “a la gente no le llega el apoyo”.