Brexit, diez años después: la soberanía sale cara

El exconsejero en la Representación de España ante la UE, Carlos M. Ortiz Bru, analiza en Demócrata las implicaciones de la ruputura entre la Unión Europea y Reino Unido diez años después: "Como casi todo en política, ha resultado ser algo menos épico y bastante más caro"

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Hace diez años, Reino Unido decidió marcharse de la Unión Europea. Lo hizo como suelen hacer los británicos sus grandes movimientos históricos: con un referéndum, una mezcla de nostalgia imperial, enfado social, romanticismo soberanista y esa vieja convicción insular de que, cuando el continente se vuelve incómodo, siempre queda la opción de levantar el puente levadizo.

La promesa de recuperar el control

“Take back control”, decían. Recuperar el control. De las leyes. De las fronteras. Del dinero. Del destino. Era un eslogan formidable. Porque resumía en tres palabras siglos de psicología política británica: la idea de que la isla nunca pertenece del todo a Europa solo negocia con ella. No es nuevo. Ya en el siglo XIX, Palmerston dejó una frase que sigue definiendo bastante bien el ADN estratégico británico: “Reino Unido no tiene aliados permanentes ni enemigos permanentes; solo tiene intereses permanentes.” Ahí está todo.

El Brexit, en el fondo, ha sido eso: una actualización plebeya y populista de Palmerston. Menos brillante, más tabloid, pero la misma lógica. Europa no como comunidad política, sino como instrumento útil… hasta que deja de serlo. Diez años después, la pregunta no es si ha recuperado el control. Lo ha hecho. La pregunta es otra: ¿y qué tal va eso? La respuesta es incómoda.

No ha sido el apocalipsis económico que anunciaban los europeístas, pero tampoco la liberación gloriosa que prometían Johnson, Farage y toda la cofradía del Brexit con pinta de club de golf venido a menos.

Como casi todo en política, ha resultado ser algo menos épico y bastante más caro. Porque el Brexit, visto con perspectiva, no ha sido tanto un desastre como una factura. Una factura larga, aburrida, persistente y profundamente británica: la de descubrir que la soberanía, como la libertad o los divorcios, suena mucho mejor antes de pagarla. En 2016, el mundo parecía darle la razón a esa apuesta. La globalización seguía funcionando, Europa vivía instalada en la ilusión de la paz permanente, Estados Unidos garantizaba el orden occidental, China era todavía más socio que rival y el comercio internacional parecía una autopista infinita.

Salir de la UE, entonces, tenía cierta lógica para quien creyera que el futuro pertenecía a naciones ágiles, ligeras, desreguladas y abiertas al mundo. Una especie de Singapur con pubs, coronas y nostalgia de Churchill.

Pero entonces el mundo decidió complicarse.

Llegó Putin y devolvió la guerra a Europa. Llegó la crisis energética. Llegó la rivalidad tecnológica con China. Llegó el proteccionismo industrial. Llegó Trump y con él la sospecha de que Estados Unidos ya no es exactamente el tutor estable de Occidente. Y de pronto el planeta empezó a parecerse menos a una red global y más a un tablero de bloques, alianzas, aranceles y seguridad dura.

Y ahí empezó el verdadero problema del Brexit. No fue tanto una mala idea como una idea para un mundo que ya no existe. Mientras el mundo volvía a premiar escala, músculo industrial y alianzas, Reino Unido decidió reducir voluntariamente su perímetro político y económico.

La factura de la soberanía

No es exactamente mala suerte. Es peor. Es salir de la fiesta justo cuando empiezan a repartir el champán. La economía lo explica bastante bien. Nadie puede decir seriamente que Reino Unido se haya hundido. Londres sigue siendo Londres. La City sigue siendo la City. Oxford y Cambridge siguen produciendo talento a ritmo industrial y el país conserva un poder blando formidable. Pero también es verdad que la economía británica es hoy objetivamente más pequeña de lo que probablemente habría sido dentro de la UE.

El alegato económico contra el Brexit es, a estas alturas, difícil de discutir, aunque no es la única razón, entre un 6% y un 8% menos de PIB respecto al escenario de permanencia, un 18% menos de inversión, un 4% menos de empleo y productividad y un 12% menos de exportaciones de bienes hacia la Unión Europea.

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No es poca cosa. Sobre todo, para un país atrapado desde hace décadas en decisiones políticas desastrosas que, Brexit o no, a lo mejor se habrían tomado igualmente. La principal de ellas: apostar casi en exclusiva por las finanzas y la City, relegando la política industrial y tecnológica a un papel secundario. A esto se suma un endeudamiento descomunal, con una deuda pública que ya roza el 100% del PIB y unos costes financieros que hoy pesan más que en economías europeas tradicionalmente consideradas más vulnerables. Todo ello en un contexto de crecimiento raquítico, envejecimiento demográfico, la presión fiscal más alta en setenta años y salarios prácticamente estancados desde hace más de una década. Una realidad que deja claro que el país no está, precisamente, en su mejor momento para reinventarse como potencia económica global.

No es un drama visible. Es una erosión. Como esas humedades que no derriban la casa, pero te recuerdan cada invierno que algo falla en la estructura.

El Brexit ha devuelto algo que durante cuarenta años había desaparecido: fricción. Papeleo, controles, certificados, inspecciones. Lo que antes cruzaba el Canal como quien cambia de carril ahora necesita formularios como si fuera plutonio enriquecido.

La famosa “Global Britain” ha descubierto algo incómodo: Australia está muy lejos, Nueva Zelanda tiene pocas ovejas para tanto tratado y Japón, por mucho que guste en Whitehall, no está exactamente a veinte millas de Dover. La geografía, esa vieja reaccionaria, sigue imponiendo su lógica. Europa sigue siendo su principal mercado. Y seguirá siéndolo.

La libra esterlina, por cierto, tampoco ha recuperado el terreno perdido. Diez años después, sigue lejos de los niveles previos al Brexit frente al euro y frente al dólar. Una forma elegante que tienen los mercados de recordar que la soberanía política y la confianza económica no siempre cotizan al mismo precio.

Luego está la inmigración, uno de los grandes tótems emocionales del Brexit. Prometieron menos inmigrantes. Y, técnicamente, cumplieron. Bajó la inmigración europea. O lo que la economía británica, con esa desagradable costumbre de necesitar trabajadores, empezó a quedarse sin camareros, camioneros, temporeros, enfermeros y cuidadores. Así que la solución fue sencilla: importar inmigrantes de fuera de Europa. Una proeza conceptual con repercusiones dramáticas culturales y de identidad. No se acabó la dependencia migratoria. Solo se cambió de proveedor. Es una metáfora bastante precisa de todo el Brexit.

El caos después de la épica

Políticamente, el balance es todavía más divertido, si uno no es británico. David Cameron convocó el referéndum pensando que lo ganaría y acabó dimitiendo. Theresa May intentó convertir lo imposible en posible y acabó triturada. Boris Johnson logró sacar al país de la UE, pero fue incapaz de gobernar después. Liz Truss duró menos que una lechuga de supermercado. Rishi Sunak administró el agotamiento. Y ahora Starmer, en la escalera del cadalso y en espera de verdugo, intentó reconstruir algo parecido a una normalidad, pero con promesas incumplidas. Seis primeros ministros en diez años. Ni Italia en su época barroca.

Pero lo más revelador quizá sea que buena parte de las patologías británicas no son, en realidad, exclusivamente británicas. El Reino Unido funciona aquí como una versión acelerada de tendencias que atraviesan toda Europa: el declive del nivel de la clase política, el debilitamiento de los partidos tradicionales de gobierno, la erosión de las clases medias, la desindustrialización y las crecientes tensiones sociales y culturales ligadas a la inmigración. En ese sentido, más que una excepción, el laboratorio británico parece un anticipo.

Y todo para descubrir algo bastante básico: salir era mucho más fácil que saber qué hacer después. Porque esa fue la gran estafa política del Brexit. Había consigna. No había plan. Hubo épica para salir, pero poca ingeniería para vivir fuera.

Europa como póliza de seguros

Y mientras tanto, la Unión Europea -a la que muchos brexiteers daban por moribunda- hizo algo profundamente irritante. No solo sobrevivió, sino que aún con sus contradicciones, se fortaleció.

La UE que Reino Unido abandonó era, sobre todo, una gran maquinaria regulatoria y comercial. La UE de 2026 es hoy otra cosa: más política aún sus diferencias y desencuentros. más militar aún su delgadez, más energética, industrial y tecnológica aún su dependencia. Menos mercado puro y más búsqueda de poder. La gran ironía histórica es deliciosa.

Londres salió de una Europa que consideraba excesivamente burocrática justo cuando esa Europa empezaba, por propia supervivencia, a convertirse en un actor geopolítico serio. Es decir: justo cuando empezaba a parecerse a lo que Reino Unido siempre quiso ser.

Y aquí aparece el cambio más interesante. En 2016, para muchos británicos, Europa era un problema. En 2026 empieza a parecer una solución. No por amor súbito a Bruselas -eso sería pedir demasiado a una nación que inventó el euroescepticismo moderno- sino porque la realidad se ha impuesto. Rusia existe. China pesa. América traiciona. La energía importa. La defensa importa. Y estar solo ya no parece tan romántico.

Europa ha dejado de ser un corsé para convertirse en una póliza de seguros. Y eso lo cambia todo.

Volver sin volver

Eso no significa que Reino Unido vaya a volver. No va a ocurrir, al menos no en una generación. Pero tampoco podrá seguir fingiendo que Europa es solo ese vecino incómodo al que se llama cuando conviene.

Esa es, quizá, la primera gran consecuencia política del Brexit: la relación futura ya no será la de un socio díscolo con privilegios de miembro, sino la de un vecino importante con intereses convergentes. Sin descuentos a la carta, sin vetos, sin capacidad de bloquear integraciones financieras, fiscales o defensivas y sin esa vieja habilidad británica -perfeccionada durante décadas- de entrar, influir y ralentizar sin comprometerse del todo. Eso se acabó.

Europa ha aprendido a avanzar sin Londres; Londres tendrá que aprender algo que nunca dominó demasiado: influir desde fuera.

Eso cambia toda la ecuación. La futura relación ya no será la de un socio incómodo con privilegios de miembro, sino la de un vecino, aún relevante, con intereses convergentes.

Y esa es probablemente la forma natural de la nueva relación: no un regreso, ni una reconciliación sentimental, sino algo mucho más europeo y mucho más británico a la vez. Una relación pragmática, transaccional, fría y útil basada en la reciprocidad. Europa necesita a Reino Unido en defensa, inteligencia, tecnología y diplomacia. Reino Unido necesita a Europa en comercio, inversión, energía y estabilidad. Ninguno puede prescindir del otro, pero ninguno volverá a ocupar el mismo lugar.

Imagen de archivo de una bandera de Reino Unido. Jane Barlow/PA Wire/dpa
Imagen de archivo de una bandera de Reino Unido. Jane Barlow/PA Wire/dpa -

La ironía es que, diez años después, Londres ha descubierto que los suyos siguen exactamente donde siempre estuvieron: al otro lado del Canal. Y esa es la verdad más incómoda del Brexit. Porque en política, como en la vida, uno puede marcharse, arrepentirse, rectificar, acercarse de nuevo e incluso reconstruir puentes. Lo que no puede hacer es fingir que nada ocurrió.

La vieja Pérfida Albión, maestra histórica en estar dentro y fuera al mismo tiempo, ha descubierto la consecuencia elemental de toda salida: cuando decides volver -aunque no lo llames volver- la casa sigue ahí, pero las habitaciones ya han cambiado de sitio y ya no tienes la llaves.

Esa es, probablemente, la última lección del Brexit: no que salir fuera imposible, sino que volver -aunque nadie se atreva a llamarlo así- siempre cuesta más de lo que se admite y devuelve menos de lo que se recuerda.

Muy Palmerston, en el fondo: no hay aliados permanentes, solo intereses permanentes. La paradoja es que Europa también la ha hecho suya.

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