EEUU afronta unas legislativas clave que abren la era posterior a Trump

Las legislativas en EEUU redefinirán el poder en el Congreso, medirán el desgaste de Trump y abrirán la carrera hacia la Casa Blanca en 2028.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump  Matt Kaminsky / Zuma Press / Europa Press

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Las elecciones legislativas de este martes en Estados Unidos servirán para medir el respaldo a la Administración de Donald Trump y tendrán un efecto inmediato sobre su capacidad de acción, al tiempo que marcan el arranque oficioso de la pugna por la Presidencia de 2028. El Congreso que salga de las urnas será decisivo y los sondeos coinciden en que la Cámara de Representantes, la cámara baja, pasará previsiblemente a manos demócratas.

Pese a haberse volcado en la campaña para movilizar a sus bases, Trump ha reiterado que el desenlace no le preocupa. Incluso si los demócratas arrebatan a los republicanos el control de una o de las dos cámaras, el presidente ha dejado claro que vetará cualquier proyecto legislativo que le remitan y que pondrá trabas a las investigaciones que se impulsen contra sus aliados.

El verdadero quebradero de cabeza recae sobre el Partido Republicano. Trump no puede optar a un tercer mandato, por mucho que juegue con esa idea, y dos años de ofensiva demócrata desde el Capitolio pueden hacerse eternos con la vista puesta en 2028, sobre todo si el partido termina cediendo ambas cámaras.

Perder el Senado supondría un golpe mucho más profundo: implicaría que los republicanos han dejado escapar estados considerados seguros hasta que la popularidad de Trump se hundió definitivamente en febrero, tras la guerra de Irán y el encarecimiento del combustible.

Con todo, el partido conserva opciones. Los republicanos han demostrado en otras ocasiones su capacidad para desmentir las encuestas y no se descarta que retengan el control del Congreso tras el día 3. Sin embargo, el simple hecho de que el vuelco sea plausible evidencia el desgaste que la figura del presidente está provocando en la formación, obligada a empezar a pensar, a partir de esa noche, en un horizonte sin el líder que la ha impulsado durante la última década.

Estos comicios se celebran, además, sobre un mapa electoral alterado por una intensa batalla de redistribución de distritos. La Casa Blanca, con Trump al frente, ha promovido una remodelación de las circunscripciones para exprimir hasta el último escaño, mientras los demócratas han respondido con sus propios planes para redibujar el colegio electoral. Falta por comprobar si esta guerra de mapas dará frutos para alguno de los dos bloques.

DOS CÁMARAS Y NUEVE ESTADOS EN DISPUTA

El 3 de noviembre se eligen los 435 asientos de la Cámara de Representantes —encargada principalmente de impulsar las leyes y de abrir investigaciones sobre miembros del Ejecutivo— y 35 de los 100 escaños del Senado, pieza clave también en el proceso legislativo y responsable de los grandes nombramientos. En la actualidad, los republicanos dominan la cámara baja con 218 representantes frente a 214 demócratas, y controlan igualmente el Senado con 53 senadores frente a 45.

La media de encuestas de RealClearPolitics apunta a que en la Cámara de Representantes los demócratas lograrán al menos 227 escaños frente a 182 de los republicanos, con 26 distritos aún en el aire (seis de ellos inclinados hacia los demócratas). Ningún sondeo relevante contempla una derrota demócrata en esta cámara, lo que encaja con la pauta histórica de la política estadounidense: con Trump o sin él, las legislativas suelen funcionar como un voto de castigo al Gobierno en ejercicio.

El panorama en el Senado es bastante más enrevesado. Los demócratas tienen prácticamente amarrados 42 escaños y otros cinco muy encaminados. Los republicanos, por su parte, cuentan con un mínimo de 41 y podrían sumar con facilidad otros tres.

En este contexto, nueve estados se han convertido en auténticos campos de batalla y en cuatro de ellos el desenlace es una incógnita total: Iowa, Michigan, Carolina del Sur y Texas. Tampoco hay un ganador claro en Alaska, Kansas, Maine, Ohio o Nebraska. Con este escenario, resulta imposible anticipar si los demócratas mantendrán el reparto actual o si, en un escenario óptimo casi inverosímil, podrían alcanzar los 57 asientos, una cifra inédita desde 2008.

Los republicanos, en cambio, solo necesitan asegurar 50 escaños, ya que el vicepresidente JD Vance preside el Senado y puede romper cualquier empate con su voto. Además, en ocho de los nueve estados en disputa parten con una ligera ventaja, por lo que, a día de hoy, no tienen razones de peso para entrar en pánico.

La mirada a las presidenciales de 2028, sin embargo, dibuja un tablero distinto. Esos nueve estados concentran decenas de votos electorales decisivos para inclinar la balanza hacia la Casa Blanca. Que Texas —tradicional bastión "rojo" con 40 votos electorales— esté ahora mismo en juego y que los demócratas se hayan convertido en una opción en alza tras años de dudas y parálisis (en parte gracias al empuje del progresismo, su corriente "izquierdista") debería al menos encender las alarmas en el Partido Republicano.

EL PROGRESISMO DEMÓCRATA Y LAS ESTRATEGIAS DE TRUMP

Otro factor clave en la batalla por el Senado es el peso simbólico que tendrá en el relato político del país. La nueva hornada demócrata tiene dos referentes en estos comicios: los aspirantes al Senado por Michigan, Abdul El Sayed, y por Texas, James Talarico, convertidos en objetivo prioritario de Donald Trump desde el primer día de campaña.

El Sayed, como ya le ocurrió al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, ha dedicado buena parte de sus actos a desmontar las acusaciones de su contrincante republicano, Mike Rogers, que le atribuye vínculos con grupos islamistas. Talarico encarna la versión más avanzada del progresismo posible en Texas: un democristiano cuya web de campaña es toda una declaración de principios. "Es hora de volcar las mesas", proclama, evocando el gesto de Jesús contra los mercaderes que profanaban el templo.

En el bando republicano, una de las grandes incógnitas es si la veterana senadora de Maine, Susan Collins, logrará contener el empuje de su adversario demócrata, Troy Jackson, en una contienda marcada por los golpes bajos.

Collins se reivindica como moderada y ha cuestionado algunas decisiones del Ejecutivo, aunque casi siempre termina alineándose con la Casa Blanca en las votaciones clave. Jackson, por su parte, sustituye a una promesa emergente del partido, Graham Platner, que se vio obligado a retirarse en julio tras una cascada de escándalos, entre ellos la exhibición de símbolos nazis (que Platner calificó de involuntaria) y acusaciones de violación, negadas por él y aún pendientes de aclaración.

El caso de Alaska ilustra hasta qué punto se ha tensado el clima político y cómo cada papeleta puede resultar determinante.

En este estado, el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha presentado una moción para anular las elecciones al Senado si el republicano Dan Sullivan pierde, alegando que uno de sus rivales independientes tiene un nombre excesivamente similar y podría inducir a confusión entre los votantes.

La candidata demócrata al escaño, Mary Peltola, ha asegurado no tener conocimiento alguno de un supuesto "plan" orquestado por su partido en relación con este asunto.