El próximo 27 de octubre, Israel volverá a las urnas en unas elecciones generales que se plantean, en la práctica, como un plebiscito sobre la gestión del primer ministro Benjamin Netanyahu en los últimos cuatro años y sobre su respuesta a los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023, considerado el peor atentado sufrido por el país desde su fundación.
A continuación se detallan en cinco claves los principales elementos que se dirimen en estos comicios y los posibles escenarios de resultado:
La meta de los 61 escaños
El Parlamento israelí, la Knesset, cuenta con 120 asientos, la misma cifra que la antigua Gran Asamblea de sabios y líderes religiosos judíos del siglo V a.C., por lo que cualquier gobierno que aspire a una mayoría estable necesita alcanzar la conocida cifra de 61 escaños.
En Israel, como sucede en España, los ciudadanos no eligen de forma directa al primer ministro, sino que votan listas cerradas de partidos o coaliciones. El reparto de escaños se realiza mediante un sistema proporcional que trata a todo el país como una única circunscripción y divide el total de votos válidos —una vez excluidas las listas que no logran el apoyo mínimo exigido— entre los 120 escaños, fijando así el número de papeletas necesarias para obtener representación.
Los sondeos dibujan un panorama muy reñido entre los dos grandes bloques en liza. Por un lado, el encabezado por Netanyahu junto a sus actuales socios de gobierno, entre ellos las formaciones ultranacionalistas de Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir; por otro, el frente anti-Netanyahu, cuyo principal referente es el ex jefe del Estado Mayor Gadi Eisenkot al frente de su recién creado partido Yashar.
Umbral del 3,25% y presión por el voto útil
Una de las constantes de la política israelí ha sido la fuerte fragmentación parlamentaria, con una media de más de diez partidos con representación —en la Knesset actual hay diez y en algunas legislaturas se llegó a quince—. Para tratar de reducir esta atomización y facilitar la formación de coaliciones, el umbral electoral se ha ido endureciendo con el tiempo.
Inicialmente se situaba en el 1%, subió al 1,5% antes de las elecciones de 1992, volvió a elevarse al 2% en 2004 y quedó fijado en 2014 en el 3,25% vigente. En la práctica, las listas que no alcancen ese porcentaje de voto quedan fuera del Parlamento.
En unas elecciones tan ajustadas, la elección de la papeleta cobra especial relevancia, ya que los votos que vayan a partidos que no superen el 3,25% se restan del total sobre el que se calcula el reparto definitivo de escaños. De ahí que los llamamientos al voto útil se hayan intensificado en la recta final, especialmente desde el entorno de Netanyahu, preocupado por que el apoyo a pequeñas formaciones de extrema derecha, como Pueblo de Israel liderada por el general en la reserva Ofer Winter, acabe desperdiciado dada la escasa distancia entre ambos bloques.
La participación, un factor decisivo
Este debate se conecta con otro elemento clave: el nivel de participación. Tradicionalmente, la afluencia a las urnas en Israel ha superado el 60%, manteniéndose en cifras altas pese al creciente desapego hacia la política y al descenso de votantes que se observa en muchas democracias.
Ni siquiera entre 2019 y 2022, cuando los israelíes fueron convocados cinco veces por la inestabilidad de las coaliciones, se produjo un desplome. En las elecciones de noviembre de 2022, de las que surgió el actual gobierno, la participación alcanzó el 70,6%.
Las previsiones apuntan a un dato similar en esta ocasión, aunque la capacidad de movilización de cada bloque será determinante. Las encuestas detectan una mayor intención de voto en el campo opositor liderado por Eisenkot, mientras que entre los partidos ultraortodoxos la participación suele ser también muy elevada. La implicación del electorado árabe-israelí, habitualmente más baja —en 2022 se situó en el 53%—, será especialmente relevante y todo indica que podría aumentar.
Calendario de resultados y formación de gobierno
Los colegios electorales abrirán de 7.00 a 22.00 horas el 27 de octubre para que puedan votar los más de 7,3 millones de ciudadanos con derecho a sufragio en Israel, una cifra claramente superior a los 6,78 millones registrados en la última convocatoria.
Los primeros resultados provisionales se conocerán durante la madrugada y el recuento estará prácticamente cerrado hacia el mediodía del 28 de octubre, a falta de los votos de diplomáticos en el extranjero —que ya votaron el 16 y 17 de octubre—, de los militares —que también pueden votar por adelantado— y del personal sanitario. Estos colectivos utilizan el sistema de doble sobre: introducen la papeleta en un sobre, que a su vez se mete en otro con sus datos identificativos para permitir la verificación.
Con el escrutinio finalizado, el presidente de Israel, Isaac Herzog, abrirá una ronda de consultas de hasta 7 días con todos los partidos que hayan logrado escaños, a los que pedirá que propongan a su candidato a primer ministro. Tras estas reuniones, Herzog deberá encargar la formación de gobierno a quien estime que tiene más posibilidades de reunir los 61 apoyos necesarios, sin que tenga por qué ser el líder de la lista más votada.
La persona designada dispondrá de 28 días naturales para cerrar una coalición y un programa de gobierno, con opción a una prórroga de 14 días si el presidente la concede. Una vez sellado el acuerdo, el nuevo primer ministro y su gabinete deberán someterse a una sesión de investidura en la Knesset, donde bastará una mayoría simple: más votos a favor que en contra.
Escenarios posibles tras el recuento
El escenario más sencillo sería que uno de los dos bloques alcanzara de entrada la ansiada barrera de 61 escaños, lo que permitiría una gobernabilidad relativamente cómoda. Sin embargo, los estudios demoscópicos consideran poco probable este desenlace, salvo que las encuestas estén muy equivocadas.
Otra opción es que Eisenkot se imponga a Netanyahu —la mayoría de sondeos sitúan a Yashar por delante de Likud— y logre articular una mayoría suficiente para gobernar. No obstante, la mayoría de analistas coinciden en que, para ello, necesitaría el respaldo, al menos externo, de las formaciones árabe-israelíes, una hipótesis incómoda en el Israel posterior al 7-O. También podría darse el caso de que alguno de los dos bloques consiguiera atraer a diputados del campo contrario para superar la votación de investidura.
La posibilidad que genera más inquietud es el bloqueo: que ninguno de los dos bandos logre imponerse y el país se vea abocado a una nueva repetición electoral. Este escenario podría materializarse tanto si los dos líderes fracasan en la votación de investidura —ambos podrían intentarlo si el primero en recibir el encargo no lo consigue— como si se agotan los plazos sin acuerdo de coalición. En tal caso, Israel tendría que volver a convocar elecciones en un máximo de 90 días, periodo en el que Netanyahu continuaría en el cargo como primer ministro en funciones.