El precio de acostumbrarse al riesgo

Ricardo Santamaría, director de CESCE, diserta sobre cómo la exposición continua a la incertidumbre modifica nuestras decisiones y expectativas

Ricardo Santamaría es director de CESCE

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En marzo de 1923, Albert Einstein subió a la tribuna en Madrid para explicar que el espacio y el tiempo son magnitudes relativas que dependen de la posición de quien las observa. Un siglo después, la economía global parece empeñada en confirmar la física: que los indicadores agregados luzcan marcas de bonanza es una realidad tan cierta como relativo resulta el bienestar de las familias que sufren el incremento del coste de vida.

Atrapados en un espejismo que nos recuerda al período de entreguerras del pasado siglo, asistimos a una aparente paradoja: la actividad global no deja de crecer a pesar de habitar un entorno plagado de disrupciones geopolíticas, mientras el ciudadano común percibe cómo la gravedad de la desigualdad deforma de manera implacable el suelo que pisa.

La crisis del paradigma librecambista y democrático nos retrotrae a los pasajes más pantanosos del siglo XX. Conflictos armados con riesgo de escalada sistémica, brotes de proteccionismo comercial, tensiones inflacionistas que erosionan los salarios reales y el auge impetuoso de populismos radicales amenazan el orden internacional. Desde la irrupción de la pandemia hace casi siete años, la sucesión ininterrumpida de desastres ha venido demoliendo el santuario de paz, multilateralismo y cooperación que el ideario europeo dio por sentado tras la Guerra Fría.

Vivimos bajo un bombardeo incesante de noticias catastróficas. Sabiendo que el miedo vende, la cobertura mediática sobre-representa los escenarios más desfavorables y nuestro cerebro tiende a retener lo desasosegante. Y, sin embargo, la economía mundial lleva más de un lustro conviviendo con este enjambre de perturbaciones sin caer en la recesión.

Crecemos de forma frágil y desigual, pero crecemos, al tiempo que los principales índices bursátiles alcanzan máximos históricos. Para tranquilidad general, los pronósticos más oscuros formulados por los analistas no han llegado a materializarse.

Banalización del caos

Esta resiliencia superior a la prevista descansa en factores objetivos. Entre ellos: las ganancias de productividad asociadas a la Inteligencia Artificial, la mayor eficiencia y la descarbonización de la matriz energética global, el aumento de la producción de crudo en algunos países, singularmente EEUU, el descenso del consumo en otros, especialmente en China, amortiguando así las tensiones alcistas de los precios del Brent, el incremento del gasto público,especialmente en defensa,y la explosiva inversión privadaencentros de datos e infraestructuras digitales,así como la porosa capacidad de adaptación de los flujos comerciales a los estrangulamientosde las cadenas de suministro.

Sin embargo, en paralelo a estas fuerzas de compensación, interviene un fenómeno sociológico de incuestionable trascendencia: la reconfiguración de las expectativas de los agentes y su traslación a una menor vulnerabilidad de los mercados ante las sacudidas geopolíticas.

Dado el carácter de la macroeconomía como ciencia social, la teoría ha concedido históricamente una importancia capital a las expectativas, convirtiéndolas en el gran campo de batalla entre la doctrina keynesiana y el pensamiento neoclásico para explicar cómo la visión del futuro condiciona la efectividad de las intervenciones y los ajustes del sistema.

Hoy, la evidencia empírica sugiere que empresas y mercados han aprendido a desenvolverse en este entorno de turbulencia geopolítica. Al descontar que los escenarios catastróficos raramente llegan a cristalizar -apoyados en la mitigación de riesgos y en el aprendizaje acumulado-, los agentes no alteran drásticamente sus planes de inversión y consumo ante cada nuevo episodio. De este modo se genera una dinámica de expectativas autocumplidas, donde la sola previsión de una menor distorsión fáctica termina atenuando el impacto real del shock sobre la actividad agregada.

Se produce así una paulatina banalización del caos. Encajamos la crónica de hostilidades geopolíticas o las amenazas sobre los suministros clave con una sobrerreacción cada vez más atenuada. La evolución del turismo global -que viene batiendo récords de pernoctaciones en medio de espacios aéreos cerrados y tensiones internacionales- constituye la mejor prueba de cómo el homo economicus se acomoda a la incertidumbre, como si de una afección crónica se tratase.

Esta adaptación colectiva estimula la actividad agregada, pero entraña el peligro de deslizarse desde un pragmatismo racional hacia una complacencia irracional. Es la dinámica típica de las burbujas especulativas, donde las cotizaciones se desvinculan de las variables fundamentales.

Rinocerantes grises

Detectar el instante en que el optimismo deja de estar fundamentado es el gran desafío de los mercados; solo quien salta a tiempo del tren evita sufrir el descarrilamiento. De ahí las dudas sobre si la masiva valoración de la IA responde a incrementos de productividad reales o a una mera sobre-expectativa de retorno. Más grave aún es que esta insensibilidad al riesgo nos lleve a ignorar "rinocerontes grises" de muy elevado impacto, aunquelenta maduración y que se ven venir por el horizonte, como el invierno demográfico, el cambio climático o el deterioro generalizado de la calidad democrática en el planeta.

Ciertamente, los indicadores muestran crecimiento y mercados en máximos. En paralelo los «nuevos optimistas» demuestran que, a escala global, la humanidad ha progresado en esperanza de vida, alfabetización y reducción de la pobreza extrema. Sin duda, el mundo es un lugar terrible, pero hoy está mejor que ayer y ambas afirmaciones son compatibles. Ahora bien, al descender al detalle de la microeconomía, la relatividad del progreso se torna amarga. Mientras los agregados crecen, las clases medias occidentales atraviesan su peor crisis de asequibilidad en décadas.

Evolucionamos en una clara «economía en forma de K». Se ha abierto una brecha insalvable entre un brazo ascendente —conformado por grandes corporaciones, sectores tecnológicos, mercados financieros y rentas altas— y un brazo descendente integrado por pymes, trabajadores de ingresos medios y colectivos vulnerables.

Tal como acredita el World InequalityReport 2026, la equidad se ha deteriorado de forma generalizada en los países avanzados porque el rendimiento del capital privado (acciones, inmuebles y activos financieros) ha crecido sistemáticamente por encima de los salarios y del PIB.

Mientras en Estados Unidos la inequidad se manifiesta en una hiper-concentración, donde el 1% controla más del 35% de la riqueza nacional, en Europa el fenómeno erosiona a las clases medias y debilita al sector público, cuyo patrimonio neto estancado le impide financiar con holgura la cohesión social.

Detrás de este deterioro operan tres fuerzas de fondo: una globalización expuesta al dumping social y al arbitraje regulatorio, la falta de una gobernanza tributaria internacional que garantice la progresividad fiscal y una digitalización que ha concentrado el poder económico en gigantes oligopólicos que hoy ya compiten con los propios Estados por la captación de financiación.

Las consecuencias de esta asimetría rebasan lo económico para internarse en lo político. La desigualdad extrema fractura el pacto de convivencia. Cuando la prosperidad deja de percibirse como el premio al esfuerzo y se convierte en un privilegio inaccesible, se destruye la confianza institucional y la paz civil se vuelve frágil. El resentimiento de capas crecientes de la población es el combustible del que se nutren los populismos que hoy debilitan las democracias occidentales.

La reciente Asamblea General de las Naciones Unidas reflejó la ausencia de consensos multilaterales para abordar la gobernanza de la IA, el clima o la equidad en el planeta, confirmando que la parálisis política y la descoordinación entre potencias es el verdadero mal de nuestro tiempo.

Cuando los vientos de polarización amenazan con devolvernos a las oscuridades del pasado más sombrío, conviene recuperar la estampa de Albert Einstein en Madrid aquel 5 de marzo de 1923. Tras disertar en el Ateneo, acudió al Palacio Real rompiendo el protocolo, con su traje arrugado y el violín bajo el brazo. Solía resumir su física explicando que una hora junto a una mujer fascinante transcurre como un suspiro, mientras que un solo minuto sobre una estufa encendida parece una eternidad. Un siglo después, el progreso sigue siendo una magnitud trágicamente relativa: determinar si el mundo va mejor o peor depende, en última instancia, de si a uno le toca ser una gran corporación digital o un ciudadano común.

Ricardo Santamaría. director de Riesgo País de Cesce. Ricardo Santamaría, Técnico Comercial y Economista del Estado desde 1997. Actualmente ocupa el puesto de director de Riesgo País y Gestión de Deuda en Cesce, liderando el equipo encargado de diagnosticar los riesgos políticos y comerciales de cada país, así como de su entorno de negocios.