No es un adiós, es un hasta luego. A veces las rupturas son así, a plazos. Primero llega el “tenemos que hablar”; cuando crees que has conseguido controlar la onda expansiva aparece un “mejor nos damos un tiempo”; y todo termina con un “no eres tú, soy yo”. Es, más o menos, lo que se está viviendo en los últimos meses en los pasillos de la OTAN.
Los aliados europeos son conscientes de que su relación con Estados Unidos atraviesa una de esas crisis estratégicas que pueden desembocar en un “cese temporal de la convivencia”. Y, por ello, ya se preparan para todos los escenarios posibles. Lo que hace apenas unos años se consideraba una hipótesis remota se ha convertido hoy en una planificación operativa real dentro de la Alianza Atlántica.
Fuentes de la organización reconocen que Washington ya ha dejado clara su intención de que determinadas capacidades que hasta ahora asumía Estados Unidos pasen progresivamente a manos europeas. En otras palabras, que Europa se haga cargo de una vez por todas de una parte mucho mayor de su propia seguridad. "Estados Unidos ha dejado claro su compromiso con la OTAN. Este compromiso implica la expectativa de que los aliados compartan de forma más equitativa la responsabilidad de nuestra seguridad en Europa", ha afirmado este miércoles el secretario general de la Alianza, Mark Rutte.
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En Bruselas se trabaja ya con la premisa de que la primera potencia militar del mundo reduzca gradualmente algunos de los recursos que actualmente aporta a la estructura de defensa aliada. No se trata de una retirada abrupta ni de una ruptura formal, pero sí de una redefinición profunda del reparto de responsabilidades dentro de la organización. “Las aportaciones podrían empezar a disminuir en ámbitos como los soldados y el armamento físico. Es decir, en la parte más visible y tangible de la fuerza militar”, explica una fuente diplomática consultada por Demócrata.
Según diversos medios internacionales y como confirman fuentes comunitarias, Estados Unidos ya habría distribuido entre los aliados documentos preliminares sobre las expectativas de contribución europea en lo que algunos círculos denominan ya la ‘OTAN 3.0’. Dentro de ese nuevo reparto de responsabilidades encajaría una reducción parcial de determinadas capacidades aéreas y submarinas desplegadas actualmente en territorio europeo. Lejos de ser un escenario futurible, los grupos negociadores aliados quieren llegar con una hoja de ruta avanzada a la próxima cumbre de líderes de la organización, prevista para el mes de julio en Ankara.
Así, a diferencia de ocasiones anteriores, cuando las capitales europeas contenían el aliento ante las amenazas del presidente estadounidense —como cuando reconoció abiertamente en abril que “nunca le convenció la OTAN”—, ahora se trabaja ya sobre una hipótesis mucho más concreta: una Casa Blanca significativamente menos implicada en la defensa del continente. El proceso de transferencia de carga estratégica ya está en marcha, reconocen varias fuentes diplomáticas consultadas en Bruselas. RPor su parte, Rutte considera que "que los aliados europeos y Canadá están preparados, dispuestos y capacitados para hacer más".
España busca ganar peso en el nuevo reparto
Es en este contexto donde España quiere demostrar a sus aliados no solo su capacidad militar, sino también su compromiso político con los objetivos de la organización.
En el entorno de la ministra de Defensa, Margarita Robles, se ha estudiado de qué manera el país puede contribuir al nuevo reparto de capacidades y responsabilidades. Según fuentes conocedoras de las conversaciones, Madrid habría trasladado ya borradores preliminares con posibles contribuciones nacionales para cubrir parte de los vacíos que pueda dejar Washington. España no estaría sola. Un amplio grupo de miembros de la Alianza trabaja ya en iniciativas similares con el objetivo de identificar aquellas capacidades donde Europa puede asumir una mayor responsabilidad operativa.
La intención es que los compromisos nacionales destinados a compensar el repliegue estadounidense puedan quedar definidos antes de la cita de julio, tras una intensa ronda de reuniones técnicas y políticas entre los aliados.

El objetivo no es únicamente responder a una exigencia norteamericana. También existe una creciente convicción dentro de la OTAN de que Europa debe fortalecer su autonomía operativa para garantizar su seguridad a largo plazo, especialmente en un contexto internacional cada vez más volátil.
El verdadero problema no son las tropas
Sin embargo, el debate no gira exclusivamente en torno al número de soldados o sistemas de armas desplegados sobre el terreno. Las rupturas estratégicas suelen venir acompañadas de mudanzas mucho más profundas. “Los americanos empezarán previsiblemente por disminuir su presencia en armamento físico y efectivos militares. Veremos retiradas parciales de determinadas capacidades de fuerza”, explican voces diplomáticas.
El verdadero problema aparece cuando la conversación se desplaza hacia el ámbito de la inteligencia militar. Actualmente, el predominio estadounidense en áreas como la vigilancia satelital, la guerra electrónica, la recopilación de inteligencia estratégica y determinados sistemas de mando y control es prácticamente absoluto. “El agujero realmente importante estaría en el ámbito satelital y de la guerra electrónica. Ahí no existe una alternativa inmediata capaz de sustituir a Estados Unidos”, explican las mismas fuentes.
Se trata de una preocupación ampliamente compartida dentro de la organización. Mientras que la producción de vehículos blindados, munición o sistemas de defensa aérea puede incrementarse mediante inversiones industriales, la construcción de una arquitectura avanzada de inteligencia requiere décadas de desarrollo tecnológico, infraestructuras complejas y una enorme capacidad financiera.
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Por ello, numerosos responsables aliados consideran que el riesgo para Europa no reside tanto en una reducción de efectivos estadounidenses como en una eventual disminución de su apoyo en inteligencia estratégica.
Desde la Administración estadounidense, el debate se plantea en términos diferentes. Para el secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, la utilidad de la Alianza para Washington también debe evaluarse desde una lógica de reciprocidad.

Durante una comparecencia ante una comisión del Senado a principios de mes, Rubio defendió que uno de los principales beneficios que obtiene Estados Unidos de la OTAN es el acceso a instalaciones militares repartidas por el continente. Sin embargo, cuestionó si seguía teniendo sentido mantener determinadas dinámicas dentro de la organización cuando “algunos aliados niegan el uso de bases en situaciones de contingencia”. Estas declaraciones han sido interpretadas por diversos diplomáticos europeos como una nueva señal de que Washington pretende revisar profundamente los términos de su compromiso con la seguridad continental.
El reto industrial europeo
La OTAN deberá afrontar, por tanto, un periodo de ajuste que requerirá años de adaptación. El proceso pasa por reforzar progresivamente capacidades relacionadas con la inteligencia, vigilancia, reconocimiento, defensa aérea, transporte estratégico y mando operacional, ámbitos en los que el Pentágono sigue manteniendo una ventaja tecnológica y operativa difícilmente igualable.
De lo contrario, advierten fuentes aliadas, una OTAN con menor participación estadounidense podría enfrentarse a importantes vulnerabilidades estratégicas. No obstante, dentro de la propia organización también existe una corriente que considera lógico este proceso.
En mayo, el comandante supremo aliado en Europa, Alexus Grynkewich, enmarcó el repliegue parcial estadounidense dentro de una evolución natural derivada del fortalecimiento de las capacidades europeas. “Esto le permite limitarse a proporcionar aquellas capacidades críticas que los aliados aún no pueden aportar”, señaló entonces. Desde esta perspectiva, la reducción progresiva del papel estadounidense no sería necesariamente una mala noticia para Europa, sino el empujón definitivo para que los Veintisiete asuman mayores responsabilidades en materia de defensa.
Rutte acelera la movilización de la industria
Ahora bien, la cuestión estadounidense no es el único desafío que afronta la organización. Los europeos son conscientes de que, a día de hoy, la industria de defensa del continente sigue sin ser plenamente autosuficiente para responder a todas las necesidades estratégicas que plantea el nuevo contexto geopolítico.
Por ello, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, ha situado entre sus principales prioridades la necesidad de coordinar la demanda de los aliados para ofrecer una mayor previsibilidad a los fabricantes europeos. La lógica es sencilla: las empresas solo incrementarán significativamente sus capacidades productivas si disponen de una cartera de pedidos estable y previsible durante los próximos años.

Con este objetivo, la organización ha convocado al sector industrial antes de la cumbre de julio para trasladar un mensaje inequívoco: Europa necesita producir más y hacerlo más rápido. El foro servirá para alinear las necesidades militares de los Estados miembros con las capacidades de producción de la industria continental, reduciendo así algunos de los cuellos de botella que siguen afectando al sector.
Lo que se pretende, en la práctica, es que las empresas europeas puedan despegar definitivamente gracias a una mayor coordinación entre los compromisos de gasto adquiridos por los gobiernos y las inversiones industriales necesarias para ejecutarlos.
Ante las críticas sobre un posible giro proteccionista en materia de defensa, las fuentes consultadas en Bruselas rechazan esa interpretación. La prioridad, sostienen, pasa por apostar por el “made in Europe” siempre que sea posible. Sin embargo, cuando la capacidad industrial comunitaria resulte insuficiente o no exista una alternativa tecnológica competitiva, los aliados seguirán recurriendo a proveedores de terceros países. En ese escenario, Estados Unidos continuará siendo un socio fundamental, aunque también ganan peso otros actores como Corea del Sur, cuya industria de defensa se ha consolidado en los últimos años como una de las más dinámicas del mercado internacional.
La conclusión que empieza a abrirse paso en Bruselas es clara: el debate ya no gira en torno a si Europa debe asumir más responsabilidades en su propia defensa, sino sobre la velocidad a la que será capaz de hacerlo. Porque la OTAN del futuro seguirá contando con Estados Unidos, pero cada vez más dirigentes europeos asumen que la época en la que Washington cubría automáticamente cualquier carencia estratégica del continente está llegando a su fin.