Los vuelos Bruselas-Ankara pasan, casi siempre, por Estambul. Escala prácticamente obligatoria. Se abren las puertas de llegadas del Aeropuerto Internacional Sabiha Gökçen, en la parte asiática de la ciudad más poblada de Turquía. La primera imagen que reciben los viajeros es una hamburguesería de la conocida cadena McDonald's, donde pasajeros de todo el mundo tratan de reponer fuerzas antes de continuar hacia su destino final. En el caso de la cumbre de la OTAN en Ankara, aquella escena podía interpretarse incluso como un espejismo premonitorio.
🗺️🇺🇸 Rutte puso la mesa; Trump acabó apropiándose del banquete.
— demócrata (@democrata_info) July 9, 2026
Ankara aspiraba a cerrar meses de incertidumbre con una imagen de fortaleza compartida, pero la cumbre acabó recordando que la mayor dificultad para la OTAN ya no es alcanzar acuerdos, sino mantenerlos vivos
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Era una cita diseñada prácticamente al completo para el presidente estadounidense, Donald Trump, que abandonó Ankara hablando de "love" entre los aliados. Cada detalle parecía preparado a su imagen y semejanza, desde el lenguaje empleado por los anfitriones hasta la propia escenografía de una cumbre pensada para evitar sobresaltos y proyectar una sensación de armonía que contrastaba con las profundas diferencias que siguen existiendo dentro de la Alianza Atlántica.
Un regalo con pólvora
Quizá el elemento más llamativo de toda la reunión fue el obsequio que el presidente turco y anfitrión de la cumbre, Recep Tayyip Erdoğan, entregó a los asistentes: un revólver vintage Gümüşay .357, de fabricación turca pero inspirado en el diseño clásico estadounidense. El arma, serigrafiada con el nombre de cada uno de los jefes de Estado y de Gobierno presentes, iba acompañada de seis balas reales y de un certificado personalizado, según confirmaron fuentes de La Moncloa.
"A caballo regalado no le mires el diente", dice el refrán. Sin embargo, el presente terminó convirtiéndose en un nuevo quebradero de cabeza diplomático, más allá de los debates sobre el gasto en defensa o de las amenazas comerciales del dirigente estadounidense.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, optó por inutilizar el arma y remitirla al Ministerio del Interior para su conservación como pieza de colección. Por su parte, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, decidió donar el revólver a un museo militar de Bruselas. Un regalo pensado para simbolizar la industria de defensa turca acabó provocando interpretaciones muy diferentes entre los distintos líderes.
La huella americana estaba en todas partes
La presencia estadounidense trascendía la propia figura de Trump y la retórica, siempre especialmente complaciente, del secretario general de la OTAN, Mark Rutte.
También estaba presente en los pequeños detalles. En el lote de regalos entregado a los periodistas acreditados figuraba un termo de la marca Stanley, fundada en 1913 por William Stanley en Massachusetts (Estados Unidos). El obsequio iba acompañado de una moneda conmemorativa especial de cinco liras, elaborada por la Dirección General de la Casa de la Moneda e Imprenta de Turquía.

El mensaje era casi simbólico. Incluso entre los recuerdos destinados a la prensa internacional aparecía una combinación de identidad turca y referencias estadounidenses que resumía perfectamente el espíritu de una cumbre construida alrededor del liderazgo de Washington.

Los periodistas también fueron protagonistas
La llegada de cientos de periodistas procedentes de toda Europa fue una de las imágenes que más interés despertó en los medios turcos. Más allá de los discursos oficiales, el despliegue mediático se convirtió en una noticia en sí misma. Uno de los momentos más comentados de la cumbre lo protagonizó el periodista danés Rasmus Svaneborg, durante una rueda de prensa con Rutte.
"Te sientas junto a Trump en momentos en los que habla de conquistar Groenlandia, de arremeter contra aliados como España o de iniciar guerras comerciales. Me parece que el antiguo Mark Rutte no estaría de acuerdo con eso. ¿Afecta esto de alguna manera a tu autoestima cuando te sientas a su lado y no dices nada?", preguntó.
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La cuestión recorrió inmediatamente las redacciones internacionales. El ex primer ministro neerlandés volvió a evitar el enfrentamiento con Trump y ofreció una respuesta que, una vez más, fue interpretada como un intento de respaldar al presidente estadounidense sin abrir nuevas grietas dentro de la organización.
Mientras tanto, el flujo de periodistas turcos por las salas de prensa instaladas en la Biblioteca Nacional de Turquía era constante. Los redactores locales se acercaban a los corresponsales extranjeros para preguntarles por sus primeras impresiones del país, por el plato turco que más les había sorprendido o por la fotografía que mejor resumía su estancia en Ankara.
Una ciudad preparada para la fotografía perfecta
El Gobierno de Erdoğan había cuidado con enorme detalle la imagen que quería proyectar al exterior. Se repintaron fachadas, se colocaron miles de banderas turcas y se instalaron grandes lonas conmemorativas de la cumbre para ocultar edificios deteriorados y grietas visibles en distintos puntos de la ciudad.
La transformación resultaba especialmente llamativa porque apenas unos días antes Ankara había vivido importantes operaciones policiales que terminaron con más de doscientos detenidos.

La normalidad también se construyó mediante decisiones administrativas. Muchos funcionarios recibieron días libres para reducir el tráfico y evitar tensiones en una ciudad completamente blindada durante las jornadas de la reunión. En la rueda de prensa final, Erdoğan respondió a las preguntas rodeado por un gabinete que aplaudía prácticamente cada una de sus intervenciones, una imagen poco habitual en las comparecencias de líderes occidentales pero que reflejaba el carácter marcadamente presidencialista del sistema político turco.
La diplomacia también se sirve en la mesa
En esa estrategia por impresionar a los asistentes tampoco pasó desapercibido el apartado gastronómico. La cena de los jefes de Estado y de Gobierno estuvo dirigida por Fatih Tutak, uno de los chefs más prestigiosos de Turquía y distinguido con una estrella Michelin.
El menú fue un recorrido por la cocina anatolia contemporánea: pide recién horneado sobre piedra con miel de Hizan y mantequilla de Trabzon; sebze bayıldı con yogur tostado de Denizli; lubina con tarama; alcachofas de Urla envueltas en hojas de parra de Tokat; bulgur firik con setas morillas y costillas de ternera cocinadas lentamente con berenjena y mantequilla de Trabzon.
La experiencia concluyó con unos manti acompañados de pasta de tomate ahumado de Ayas y un postre compuesto por baklava de leche, espuma de pistacho, bergamota y helado de Maraş. El menú fue, en cierto modo, otra declaración política. Turquía quería presentarse ante los aliados no solo como un actor militar imprescindible, sino también como una potencia cultural y gastronómica.

La prensa tampoco salió mal parada. En la terraza del centro de prensa, con vistas al complejo presidencial turco, varios cocineros preparaban durante horas un döner kebab cocinado lentamente sobre brasas.
Como postre, los periodistas pudieron probar el tradicional dondurma, el famoso helado turco de textura elástica y extraordinariamente densa, tan consistente que resulta habitual comerlo con cuchillo y tenedor. Muchos corresponsales destacaban precisamente esa singularidad mientras intercambiaban impresiones sobre una cumbre donde las conversaciones pasaban con facilidad de los sistemas antimisiles a las recetas tradicionales.
Entre Patriot, Groenlandia... y un Mundial
Detrás de las cámaras también hubo espacio para conversaciones mucho más mundanas. El propio Pedro Sánchez reconoció que, durante algunos momentos, se habló de fútbol.
Mientras se celebraba la cena oficial de bienvenida, Argentina disputaba frente a Egipto su pase a los cuartos de final del Mundial, en un encuentro que terminó convirtiéndose en una remontada histórica. Los gritos de celebración de algunos periodistas y miembros de las delegaciones recorrían discretamente los pasillos mientras seguían el partido desde sus teléfonos móviles. La escena resumía perfectamente el ambiente de la cumbre. En una sala se discutía sobre misiles Patriot, capacidades militares o la soberanía de Groenlandia; unos metros más allá, diplomáticos, asesores y periodistas contenían la respiración por un gol marcado a miles de kilómetros de Ankara.
Fuera de los grandes focos internacionales, Pedro Sánchez terminó convirtiéndose en una de las figuras más demandadas por parte de la prensa y de numerosos ciudadanos turcos. El propio presidente compartió en redes sociales un vídeo en el que aparecía haciéndose selfis con distintos simpatizantes a su llegada al recinto de la cumbre.
İspanya Başbakanı Pedro Sanchez, Ankara’daki NATO Zirvesi’ne ilişkin video paylaştı. pic.twitter.com/FIUOQAQkxQ
— TURKINFORM (@TurkinformMedya) July 10, 2026
En las conversaciones cotidianas también afloraba esa percepción. Un taxista residente en Ankara resumía la impresión de muchos ciudadanos: en Turquía se valora positivamente la posición mantenida por el Gobierno español en conflictos como Gaza o la reciente escalada con Irán.
Quizá esa sea la mejor imagen para resumir una cumbre que, pese a haber girado casi por completo alrededor de Trump, dejó también un sinfín de escenas secundarias que difícilmente aparecerán nunca en la declaración final. Porque las grandes citas internacionales no solo se escriben en los comunicados oficiales o en las ruedas de prensa. También se construyen en una escala de aeropuerto, en un regalo incómodo, en un plato de kebab compartido entre corresponsales o en un gol celebrado en silencio mientras, al otro lado del pasillo, los líderes del mundo debaten sobre el futuro de la seguridad internacional.