Cómo responden los españoles al cambio climático: preocupación, esperanza y acción

Un estudio impulsado por el Observatorio Social de la Fundación "la Caixa" desvela las sorprendentes diferencias generacionales en la lucha contra la crisis climática y la medida más potente para un futuro sostenible

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Varias personas en una protesta contra el cambio climático. Pixabay.

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Salvo sonoras excepciones, existe quorum social acerca de que el cambio climático es una realidad que afecta al ciudadano en su bienestar. Y también parece asumida la idea de que el ser humano tuvo y tendrá mucho que decir. El estudio La esperanza y la preocupación impulsan la acción climática entre los jóvenes españoles, impulsado por el Observatorio Social de la Fundación ”la Caixa”, analiza cómo afrontan el cambio climático los españoles y qué relación existe entre sus emociones, sus conocimientos y las acciones que realizan.

La encuesta, liderada por los investigadores Anne-Marie Ballegeer, Enzo Ferrari Lagos, Rebeca Ferreira Corchero, Diego Corrochano Fernández y Camilo Ruiz Méndez de la Universidad de Salamanca, dividió a los participantes en dos grupos: jóvenes y adultos emergentes de entre 16 y 25 años y adultos de entre 26 y 40. El objetivo era observar si las diferencias de edad, junto con el conocimiento sobre la materia y la percepción de las posibles soluciones, se relacionaban con la manera de responder ante esta amenaza.

Una preocupación centrada en el futuro y en la naturaleza

El estudio muestra una elevada concienciación sobre el cambio climático. De las 1.404 personas encuestadas, solo cuatro afirmaron no haber oído hablar nunca de este fenómeno.

La preocupación se analizó a través de dos dimensiones. La primera, denominada "preocupación micro", se refiere a los posibles efectos sobre uno mismo y sobre los seres queridos. La segunda, la "preocupación macro", mide la inquietud por las consecuencias para las futuras generaciones y la naturaleza.

En los dos grupos de edad, la preocupación por las futuras generaciones y por el entorno natural fue superior a la relacionada directamente con la propia vida y la de las personas cercanas. Las mujeres declararon niveles de preocupación más elevados que los hombres en ambas dimensiones.

La comparación por edades también dejó una diferencia: pese a que los jóvenes y adultos emergentes constituyen una población especialmente vulnerable por tratarse de una etapa de formación y consolidación de la identidad y de los roles sociales, marcada además por numerosas incertidumbres, su nivel de preocupación resultó ligeramente inferior al de los adultos.

Preocupación y esperanza no son sentimientos opuestos

La investigación parte de que afrontar una situación de estrés es un proceso dinámico en el que intervienen emociones y razonamientos. En el caso del cambio climático, la esperanza se ha relacionado con el mantenimiento del bienestar y de la motivación para actuar.

El estudio la analizó mediante seis afirmaciones, entre ellas: "Si todos colaboramos podemos resolver los problemas asociados al cambio climático" y "estoy dispuesto a actuar para resolver los problemas causados por el cambio climático". Los resultados reflejan un nivel de esperanza relativamente alto y una variación reducida según la edad o el género.

Lejos de excluirse, preocupación y esperanza aparecen relacionadas. Las personas más preocupadas también tienden a manifestar una mayor esperanza. A partir de estas dos variables se identificaron tres grupos: uno con niveles bajos de preocupación y esperanza, otro con niveles medios y un tercero con niveles altos en ambas.

El 44,4% de los encuestados se situó en este último grupo, caracterizado por combinar una elevada preocupación con una elevada esperanza. En el extremo contrario, solo el 18,1% de los jóvenes y el 15,4% de los adultos se encontraban entre quienes mostraban poca preocupación y poca esperanza. En conjunto, más del 80% de la población analizada se concentró en los grupos con niveles medios o altos.

La combinación de ambas emociones se asocia con una mayor acción

Las acciones individuales de mitigación en ámbitos como el transporte, la eficiencia energética o el consumo responsable contribuyen a reducir la concentración de gases de efecto invernadero. Para conocer hasta qué punto formaban parte de la vida cotidiana de los participantes, el estudio les pidió valorar, en una escala de cero a diez, con qué frecuencia realizaban distintas acciones.

El resultado principal es que las personas con niveles altos tanto de preocupación como de esperanza declararon realizar con mayor frecuencia acciones de mitigación. La respuesta ante el cambio climático, por tanto, no quedó asociada únicamente a la inquietud por sus consecuencias, sino también a la percepción de que existen posibilidades de actuar.

Las prácticas más frecuentes estuvieron relacionadas con la movilidad sostenible, como utilizar más el transporte público o viajar menos en avión. La reducción del consumo de carne por motivos proambientales fue, en cambio, la acción menos habitual y también aquella en la que se observaron mayores diferencias entre los distintos grupos.

Los adultos obtuvieron puntuaciones más altas en todas las categorías de acción climática, con una excepción: el uso del transporte público, donde los jóvenes y adultos emergentes registraron una mayor frecuencia.

La educación es la acción considerada más eficaz

Los investigadores también cuestionaron a los participantes por la percepción de eficacia de distintas medidas. Entre todas ellas, educar más sobre el cambio climático fue la que obtuvo la valoración más alta, con una puntuación media de 7,9 sobre 10. El uso de medios de transporte menos contaminantes recibió también una valoración elevada, con una media de 7 sobre 10.

En cambio, reducir el consumo de carne obtuvo una puntuación media de 4,9. Los resultados reflejan una menor convicción de que esta medida pueda contribuir a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. En esta cuestión, las mujeres otorgaron puntuaciones más altas que los hombres, mientras que los jóvenes y adultos emergentes se situaron ligeramente por debajo de los adultos.

El texto señala que, según los expertos del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, los cambios individuales podrían reducir las emisiones de gases de efecto invernadero entre un 40% y un 70%. Sin embargo, también recoge que muchas personas subestiman el impacto de las medidas de ahorro energético y tienden a optar por acciones de menor impacto, como el reciclaje, frente a otras consideradas más efectivas, como reducir los vuelos, vivir sin coche o adoptar una dieta basada en vegetales.

Más conocimiento y más confianza entre quienes más actúan

El cambio climático es un fenómeno complejo, condicionado por numerosos procesos biofísicos y por mecanismos de retroalimentación interconectados. Comprenderlo resulta relevante para evaluar la necesidad y la urgencia de adoptar medidas de adaptación y mitigación.

El estudio impulsado por el Observatorio Social de la Fundación "la Caixa" incluyó 12 preguntas para medir los conocimientos de los participantes y comprobar su relación con las acciones climáticas. Los resultados muestran que quienes declararon actuar con mayor frecuencia también obtuvieron puntuaciones más altas en conocimiento sobre el cambio climático.

Este grupo presentó otra característica: una mayor confianza en los científicos y en los responsables políticos que pueden impulsar cambios. Los datos sugieren que el conocimiento sobre el cambio climático influye en la evaluación que cada persona hace de la situación, mientras que la confianza en agentes externos puede contribuir a una reevaluación positiva de un problema inicialmente percibido como amenazante.

Entre esos agentes, los responsables políticos desempeñan un papel en la aplicación de medidas de mitigación, aunque la población analizada mostró una mayor confianza en los científicos para contribuir a las soluciones.

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