Europa celebra, pero no se engaña: Trump ha perdido el Congreso, no el poder

El conocido lame duck, el “pato cojo” de la política norteamericana, no tiene por qué ser un presidente dócil en sus dos últimos años de mandato. Más bien al contrario: con menos margen en casa y menos que perder, puede tener bastantes ganas de dejar huella fuera

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Hay noches electorales que se siguen con más interés fuera que dentro del país donde se celebran. Las de mitad de mandato estadounidenses son una de ellas. En Europa hemos vuelto a trasnochar, pendiente de los resultados de distritos electorales que probablemente muchos ciudadanos no sabrían situar en un mapa. La victoria demócrata ha provocado una comprensible satisfacción en las capitales europeas. No es para menos. Trump acaba de recibir un severo correctivo y su proyecto ha demostrado que no es invulnerable. Pero conviene no confundir la alegría con el análisis. Los demócratas han ganado el Congreso, pero Trump conserva la Casa Blanca y buena parte de las herramientas con las que ha puesto patas arriba las relaciones internacionales. Europa tiene motivos para brindar, pero no tantos para descorchar el champán.

Políticamente, el resultado importa. Los estadounidenses han expresado su descontento con una Administración que ha hecho de la confrontación permanente, el nacionalismo económico y la desconfianza hacia las instituciones una forma de gobernar. La recuperación demócrata del Congreso frena la agenda legislativa del presidente, abre la puerta a investigaciones parlamentarias y devuelve a las cámaras una función de control que durante dos años han ejercido con menos entusiasmo del que cabría esperar de una democracia consolidada.

La lectura europea 

Para Europa, además, el resultado tiene un significado que va más allá de la política norteamericana. Es un revés para el movimiento MAGA y para una corriente nacionalista y reaccionaria que ha encontrado en Trump algo más que un referente político: un aliado ideológico y un estímulo para sus propias aspiraciones. Saber que existe contestación electoral a ese proyecto es una buena noticia para quienes defendemos la democracia liberal, el multilateralismo y una Europa integrada. Aunque no conviene exagerar el contagio: la extrema derecha europea tiene dinámicas propias y no necesita a Trump para sobrevivir. Y una cosa es que los estadounidenses hayan votado contra Trump y otra muy distinta que hayan decidido cambiar el rumbo exterior de su país. Ahí empiezan las cautelas.

Porque Trump ha perdido el Congreso, pero no el poder presidencial. Las nuevas Cámaras no tomarán posesión hasta enero de 2027 y, hasta entonces, el presidente seguirá contando con las mayorías republicanas actuales: dos meses de margen que Bruselas haría bien en no subestimar. Después, la Constitución le seguirá concediendo amplias competencias en diplomacia, defensa y relaciones exteriores. Podrá gobernar mediante órdenes ejecutivas, imponer medidas comerciales, decidir despliegues militares y condicionar la relación con sus aliados. El Congreso podrá fiscalizar, investigar, bloquear nombramientos y dificultar determinadas iniciativas, pero no dispone de un interruptor para apagar el trumpismo.

Conviene, eso sí, no menospreciar la palanca que sí tiene: el presupuesto. Ahí se deciden la ayuda a Ucrania, las sanciones a Rusia y los límites a una eventual retirada de tropas de Europa. Es una asimetría interesante: el Congreso tendrá más influencia sobre la seguridad europea que sobre los aranceles, y ambas políticas seguirán en manos distintas.

Un "pato" con menos que perder 

De hecho, algunos analistas apuntan a una paradoja inquietante: un Trump debilitado en casa puede resultar más imprevisible fuera. Con la agenda interior atascada, la política exterior es el escenario donde puede demostrar que todavía conserva capacidad de decisión. La presión sobre Europa, las amenazas comerciales, las exigencias a los aliados de la OTAN o las decisiones sobre Ucrania pueden convertirse en instrumentos para alimentar su imagen de fortaleza. El conocido lame duck, el “pato cojo” de la política norteamericana, no tiene por qué ser un presidente dócil en sus dos últimos años de mandato. Más bien al contrario: con menos margen en casa y menos que perder, puede tener bastantes ganas de dejar huella fuera. Y no parece precisamente dispuesto a dedicar sus últimos dos años a la jardinería. No es, desde luego, el escenario que más tranquiliza a Bruselas.

El presidente de Estados Unidos, Donald TrumpBonnie Cash-Pool via CNP / Zuma Press / Europa Pre
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump Bonnie Cash-Pool via CNP / Zuma Press / Europa Pre -

La economía tampoco invita al optimismo. Sería un error creer que el proteccionismo estadounidense nació con Trump y se irá con él. La defensa de la industria nacional, la competencia tecnológica con China, las subvenciones a las empresas propias y el comercio como instrumento de poder forman parte de una transformación más profunda. Biden mantuvo buena parte de esa orientación, aunque con otros métodos y un lenguaje bastante más amable. Cambian los discursos, pero no necesariamente los intereses. El America First puede resultar más estridente con Trump, pero la prioridad de proteger la industria y el empleo estadounidenses tiene seguidores en ambos partidos. En Washington pueden discrepar sobre cómo repartir las cartas, pero no sobre quién debe llevarse el premio.

Conviene recordarlo porque en Europa hemos tendido a personalizar demasiado el problema. Lo mismo vale para seguridad: el desplazamiento de las prioridades hacia el Indo-Pacífico, la rivalidad con China, el cansancio de una parte de la sociedad estadounidense ante los compromisos exteriores y la exigencia de que los europeos paguen una parte mayor de su defensa responden a factores estructurales, no a un carácter. Los demócratas discreparán de los modales de Trump, no de la factura.

La brecha más allá de Trump 

Aquí aparece una de las grandes equivocaciones europeas: creer que la derrota de Trump supone el regreso de la América que conocíamos. Mark Leonard, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, ha bautizado esa actitud como Westalgia, y Dave Keating la ha recuperado recientemente: la nostalgia del establishment atlantista por la vieja relación transatlántica. Bruselas espera el regreso de la América de siempre como quien espera que el ex vuelva arrepentido. Y Keating añade una paradoja incómoda: seguimos con atención casi enfermiza quién gana un escaño en Texas, pero no siempre sabemos quién decide en Bruselas las políticas que condicionan nuestro futuro. Quizá el problema no sea solo que Estados Unidos haya cambiado, sino que Europa se comporte como si no tuviera que hacerlo.

No es una crítica nueva. Desde hace tiempo sostengo que la relación transatlántica ha dejado de funcionar sobre las bases de una alianza entre iguales. El acuerdo arancelario de Turnberry entre Trump y Ursula von der Leyen fue un buen ejemplo: se vendió como una solución pragmática para evitar una guerra comercial, pero también puso de manifiesto la asimetría de una relación en la que Washington presiona y Bruselas busca cómo acomodarse. Europa presentó como victoria lo que otros habrían llamado rendición con buena presentación. Evitar una guerra comercial era razonable; convertir la cesión en método ya es otra cosa.

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras anunciar el pacto arancelario que valida un año después el pleno del Parlamento Europeo. Fred Guerdin/EU Commission /dpa
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tras anunciar el pacto arancelario que valida un año después el pleno del Parlamento Europeo. Fred Guerdin/EU Commission /dpa -

La experiencia posterior debería habernos enseñado que ceder no siempre acaba con las exigencias. Canadá ha demostrado recientemente que también es posible defender los propios intereses y asumir que hacerlo tiene un coste. No se trata de imitar a nadie ni de responder con represalias a cada amenaza, sino de entender que prudencia y docilidad no son sinónimos. La primera consiste en asumir un coste para proteger un interés mayor; la segunda, en aceptar una imposición por miedo al precio de resistir. Europa lleva demasiado tiempo confundiendo ambas cosas.

Lejos del paraguas de Washington

En seguridad ocurre algo parecido. Ucrania ha mostrado hasta qué punto dependemos de Estados Unidos en capacidades esenciales: inteligencia, logística, transporte estratégico, defensa aérea y disuasión nuclear. La OTAN sigue siendo indispensable, pero una alianza no puede descansar indefinidamente en que uno de sus miembros decida cuándo, cómo, en qué condiciones y a qué precio presta su apoyo. La autonomía estratégica no significa romper con Washington ni construir una alianza alternativa, sino tener capacidad suficiente para que la cooperación sea una elección y no una necesidad impuesta por nuestra debilidad.

Lo mismo ocurre con la soberanía digital y energética. Europa la proclama mientras sus servicios en la nube, sus comunicaciones por satélite y buena parte de su inteligencia artificial dependen de empresas estadounidenses, y mientras sustituye el gas ruso por gas natural licuado de Estados Unidos: cambiar de proveedor no es lo mismo que ganar independencia. No faltan documentos: la Brújula Estratégica, el informe Draghi, comunicaciones solemnes sin fin. Lo que falta es convertirlos en capacidades y decisiones.

El presidente de EEUU, Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara. Europa Press/Contacto/BENOIT DOPPAGNE
El presidente de EEUU, Donald Trump, durante la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara. Europa Press/Contacto/BENOIT DOPPAGNE -

La victoria demócrata ofrece, eso sí, algunas oportunidades. Un Congreso en manos demócratas puede recuperar espacios de diálogo, fiscalizar al presidente y servir de interlocutor a los gobiernos europeos. Pero tampoco conviene idealizarlo: el partido está dividido sobre el papel internacional de Estados Unidos y nada garantiza que una futura Administración demócrata restaure el compromiso de antaño. La América de 2028, sea republicana o demócrata, no será necesariamente la de hace veinte años.

Por eso, la conclusión debería ser bastante menos complaciente que algunos brindis europeos. La derrota electoral de Trump es una buena noticia para la democracia estadounidense y para quienes creemos en una relación transatlántica basada en el respeto y la cooperación. Pero no resuelve la vulnerabilidad europea ni cambia por sí sola los intereses estratégicos de Estados Unidos. Europa no puede seguir organizando su futuro a la espera de que en Washington vuelva a instalarse un presidente más amable, más previsible o familiar.

Podemos celebrar que los estadounidenses hayan puesto límites electorales a Trump. Lo que no podemos hacer es convertir esa celebración en una nueva excusa para aplazar nuestras propias responsabilidades. Necesitamos más industria, más inversión, más tecnología propia, más capacidad de defensa y una política exterior que no dependa de los cambios de humor de la Casa Blanca. Y, sobre todo, voluntad política para usar el poder económico y comercial que tenemos cuando están en juego nuestros intereses fundamentales.

La vieja América no va a regresar necesariamente porque los demócratas hayan recuperado el Congreso. Y quizá ha llegado la hora de aceptar que el problema no consiste únicamente en que Estados Unidos haya dejado de ser el aliado que esperábamos, sino en que Europa todavía no ha aprendido a ser el socio que necesita. Y algunas de las elecciones que más pueden condicionar nuestro futuro no se celebran en Texas ni en Pensilvania, sino aquí, empezando por las presidenciales francesas de 2027. Llevamos demasiado tiempo pendientes de unas urnas en las que no votamos, mientras descuidamos las que sí son nuestras. Es hora de dejar de esperar que sean los estadounidenses quienes ganen las nuestras.

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¿Cuáles son los próximos pasos en el proceso de toma de posesión del nuevo Congreso de Estados Unidos tras las elecciones de mitad de mandato?

Tras unas elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos (midterms), el “nuevo Congreso” no entra en funciones de un día para otro. Hay una serie de pasos formales y políticos que se desarrollan desde el cierre de las urnas hasta la plena operatividad de la nueva Cámara de Representantes y del Senado. A grandes rasgos, el proceso se divide en tres fases: cierre de la legislatura saliente, organización interna de los partidos y sesión de apertura del nuevo Congreso.

1. Cierre de la legislatura saliente (“lame duck session”)

Una vez celebradas las elecciones, el Congreso saliente suele seguir trabajando algunas semanas en lo que se conoce como lame duck session:

  • El Congreso saliente sigue en funciones hasta el mediodía del 3 de enero (salvo que una ley fije otra fecha). Puede aprobar leyes, presupuestos o nombramientos.
  • No hay aún toma de posesión de los nuevos miembros: quienes han sido elegidos en las midterms no votan ni participan formalmente en esta fase.
  • Mientras tanto, se certifican los resultados electorales a nivel estatal: cada Estado verifica, resuelve posibles recuentos o litigios y emite la proclamación oficial de los ganadores.

Solo cuando los resultados están certificados y se aproxima el final del mandato comienza la fase formal de constitución del nuevo Congreso.

2. Organización interna de los partidos

Antes de la sesión inaugural, los partidos (principalmente Demócrata y Republicano) organizan su propia estructura:

  • Reuniones de grupo (caucus o conference): los miembros recién elegidos y los que repiten se reúnen por partido y por cámara (por ejemplo, el House Democratic Caucus o el Senate Republican Conference).
  • Elección de líderes: en esas reuniones se elige a los dirigentes internos:
    • En la Cámara de Representantes: líder de la mayoría o minoría, “whips” (encargados de la disciplina de voto), presidencias de grupo, etc.
    • En el Senado: líder de la mayoría, líder de la minoría y sus equipos.
  • Propuesta de candidatos a Speaker (Cámara): el partido que espera tener la mayoría en la Cámara de Representantes designa a su candidato a Speaker of the House, que luego debe ser elegido en sesión plenaria.
  • Negociación de comisiones: se empiezan a negociar repartos de presidencias de comités, cupos de miembros y prioridades legislativas para la nueva legislatura.

Paralelamente, los nuevos congresistas participan en programas de orientación organizados por la Cámara o el Senado, donde se les explica el funcionamiento interno, reglas de ética, procedimientos de voto, uso de recursos y logística básica.

3. Sesión de apertura y toma de posesión de la nueva Cámara de Representantes

La nueva Cámara de Representantes se reúne por primera vez, en la fecha fijada por la Constitución (normalmente el 3 de enero):

  • Constitución provisional de la Cámara: la sesión la abre, por tradición, el miembro de mayor edad del partido mayoritario que no sea debutante, actuando de presidente temporal.
  • Elección del Speaker: la Cámara procede a votar al Speaker. Se requiere mayoría absoluta de los votos emitidos. Hasta que no se elige Speaker, la Cámara no puede seguir con el resto de pasos, por lo que, si hay bloqueos, pueden repetirse votaciones.
  • Juramento de los representantes: una vez elegido el Speaker, este administra el juramento colectivo a todos los miembros de la Cámara, que pasan a estar formalmente investidos en su cargo.
  • Aprobación del Reglamento: la nueva mayoría presenta una resolución con las reglas internas de funcionamiento para la legislatura (pueden renovarse o modificarse respecto a la anterior). Sin reglas adoptadas, la actividad está muy limitada.
  • Organización de comisiones: se aprueban resoluciones que fijan el tamaño de cada comisión y la distribución de escaños entre partidos. Posteriormente se designa a los presidentes de comisión y a los miembros concretos.

4. Toma de posesión y organización del Senado

El Senado también se renueva parcialmente tras las midterms (aproximadamente un tercio de los escaños):

  • En la sesión inaugural, los senadores recién elegidos prestan juramento ante el vicepresidente de Estados Unidos, que es el presidente del Senado.
  • Los partidos ratifican o ajustan su liderazgo (líder de la mayoría/minoría, “whips”) y acuerdan el reparto de escaños en las comisiones.
  • El Senado, a diferencia de la Cámara, es un cuerpo continuo: dos tercios de sus miembros siguen en el cargo, lo que suaviza la transición, pero igualmente se produce una reconfiguración de fuerzas en función del resultado electoral.

5. Puesta en marcha de la nueva agenda legislativa

Una vez que ambas cámaras han jurado a sus miembros, elegido liderazgos, adoptado reglas y organizado comisiones, el nuevo Congreso está plenamente constituido. A partir de ahí, los próximos pasos son ya políticos:

  • Presentación de los primeros proyectos de ley y resoluciones por parte de la mayoría y de la oposición.
  • Definición del calendario de trabajo (sesiones plenarias, audiencias en comisión, plazos de tramitación).
  • Coordinación con la Casa Blanca para impulsar o bloquear la agenda del presidente, muy especialmente en un contexto de Congreso dividido tras unas midterms.

En resumen, los próximos pasos tras las elecciones de mitad de mandato pasan por certificar resultados, organizar internamente a los partidos, celebrar la sesión inaugural de cada cámara (con elección de líderes y juramento) y constituir comisiones. Solo entonces el nuevo Congreso puede empezar a ejercer de forma plena sus funciones legislativas y de control.

¿En qué se diferencia este proceso de toma de posesión del de un Congreso recién elegido en unas elecciones presidenciales? ¿Qué ocurre si la Cámara de Representantes no consigue elegir Speaker en la primera votación? ¿Cómo influye que un partido controle solo una de las dos cámaras en la agenda legislativa tras las midterms?

¿Cuáles son las competencias y atribuciones del presidente de la Comisión Europea según los Tratados de la UE?

El presidente o presidenta de la Comisión Europea es, según los Tratados de la Unión Europea, la figura que proporciona la orientación política general de la Comisión y garantiza su funcionamiento eficaz y colegiado. Sus competencias se recogen principalmente en el artículo 17 del Tratado de la Unión Europea (TUE) y, de forma complementaria, en el Tratado de Funcionamiento de la UE (TFUE).

1. Definir las orientaciones políticas de la Comisión

El artículo 17.6 TUE establece que el presidente “definirá las orientaciones” con arreglo a las cuales la Comisión ejerce sus funciones. Esto significa que:

  • Marca las prioridades políticas del mandato de la Comisión (por ejemplo, agenda climática, digital, social, etc.).
  • Orienta el programa de trabajo anual de la institución, decidiendo qué propuestas legislativas y no legislativas se presentan y en qué calendario.
  • Actúa como principal referente político de la Comisión frente a las demás instituciones de la UE y ante los Estados miembros.

Aunque la Comisión decide colegiadamente, esta función de orientación convierte al presidente en el “director político” del ejecutivo europeo.

2. Organización interna de la Comisión y reparto de carteras

El presidente tiene amplias atribuciones sobre la organización interna del Colegio de Comisarios:

  • Distribución de carteras: propone la estructura interna de la Comisión (vicepresidencias, comisarios ejecutivos, agrupación de competencias) y asigna cada cartera a los comisarios designados por los Estados miembros, en coordinación con el Consejo y el Parlamento Europeo.
  • Reasignación de competencias: puede modificar durante el mandato el reparto de responsabilidades entre comisarios (por ejemplo, trasladar o reorganizar áreas políticas).
  • Designación del Alto Representante como vicepresidente: el Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad es, por Tratado, uno de los vicepresidentes de la Comisión; el presidente integra y coordina su papel dentro del Colegio.

En conjunto, estas facultades permiten al presidente configurar el “gabinete político” europeo y adaptar su estructura a las prioridades estratégicas del mandato.

3. Dirección y disciplina del Colegio de Comisarios

El Tratado también atribuye al presidente poderes de dirección y disciplina interna:

  • Presidir las reuniones: dirige y preside las reuniones del Colegio, fijando su orden del día y orientando las deliberaciones.
  • Impulsar la colegialidad: vela porque las decisiones se adopten conforme al principio de responsabilidad colectiva de la Comisión.
  • Solicitar la dimisión de comisarios: el artículo 17.6 TUE faculta al presidente para pedir la dimisión individual de cualquier miembro de la Comisión. Esta es una prerrogativa clave de control político interno.

Estas atribuciones refuerzan la capacidad del presidente para garantizar la coherencia política de la institución y la responsabilidad de sus miembros.

4. Representación institucional de la Comisión

En el plano externo e interinstitucional, el presidente desempeña un papel central:

  • Relación con el Parlamento Europeo: es el principal interlocutor de la Comisión ante el Parlamento, presenta las orientaciones políticas generales al inicio de la legislatura, defiende el programa de trabajo anual y participa habitualmente en los debates plenarios clave, incluidos los debates sobre el estado de la Unión.
  • Relación con el Consejo Europeo y el Consejo: aunque el artículo 15 TUE atribuye la presidencia del Consejo Europeo a otra figura, el presidente de la Comisión participa en sus reuniones y defiende la posición institucional de la Comisión en la preparación y ejecución de las decisiones del Consejo Europeo y del Consejo.
  • Representación exterior de la UE en competencias de la Comisión: en los ámbitos donde la Comisión tiene competencia (por ejemplo, política comercial común), el presidente ejerce una función de representación de la Unión frente a terceros países y organizaciones internacionales, en estrecha coordinación con el Alto Representante.
5. Papel en la designación y legitimación democrática de la Comisión

Aunque es una competencia compartida con otras instituciones, los Tratados subrayan la posición del presidente en la configuración política de la Comisión:

  • Es propuesto por el Consejo Europeo “teniendo en cuenta el resultado de las elecciones al Parlamento Europeo” y debe ser elegido por este por mayoría (art. 17.7 TUE), lo que le confiere una legitimidad política reforzada.
  • Una vez elegido, participa en la formación del equipo de comisarios y en la elaboración de las orientaciones políticas que se someten al voto de aprobación del Parlamento, que decide sobre la Comisión en su conjunto.

En síntesis, los Tratados convierten al presidente de la Comisión Europea en el centro de gravedad político y organizativo de la institución: fija su dirección estratégica, distribuye y coordina las carteras, mantiene la disciplina interna del Colegio y actúa como principal rostro y voz política de la Comisión ante las demás instituciones de la UE y ante el exterior.

¿Qué requisitos legales debe cumplir el Congreso estadounidense para aprobar medidas que limiten la política exterior del presidente?

Para que el Congreso de Estados Unidos apruebe medidas que limiten la política exterior del presidente, debe cumplir los requisitos constitucionales generales de producción de leyes federales y, en su caso, las reglas específicas que afecten a competencias del Ejecutivo (comandante en jefe, negociación de tratados, etc.). No existe un “procedimiento especial” solo para limitar la política exterior, pero sí límites materiales y formales que condicionan qué puede hacer el Congreso y cómo.

1. Base constitucional: reparto de poderes

La Constitución estadounidense reparte la política exterior entre el Congreso y el presidente:

  • Artículo I (Congreso): poder para declarar la guerra, regular el comercio exterior, levantar y financiar fuerzas armadas, aprobar presupuestos, definir delitos contra el Derecho internacional, y ratificar tratados (Senado).
  • Artículo II (Presidente): jefe del Ejecutivo y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas; dirige la diplomacia, negocia tratados y acuerdos internacionales, y designa embajadores (con el “advice and consent” del Senado).

Cualquier medida del Congreso que limite la política exterior debe apoyarse en alguna de esas competencias constitucionales (gasto, comercio, uso de la fuerza, organización de agencias, etc.) y no puede anular de facto las potestades exclusivas del presidente (por ejemplo, decidir a quién recibe o qué declara políticamente).

2. Requisitos formales para aprobar una ley

Para aprobar una norma que limite la actuación exterior del presidente, el Congreso debe seguir el procedimiento legislativo ordinario:

  • Iniciativa: un miembro de la Cámara de Representantes o del Senado presenta un proyecto de ley (bill) que incluya las restricciones (por ejemplo, prohibir financiar ciertas operaciones militares o condicionar ayuda exterior).
  • Tramitación en comités: el proyecto pasa a los comités competentes (Relaciones Exteriores, Fuerzas Armadas, Apropiaciones…). Ahí se celebran audiencias, se negocian enmiendas y se vota si el texto avanza.
  • Aprobación en cada Cámara: el proyecto debe ser aprobado por mayoría simple en la Cámara de Representantes y en el Senado, en idénticos términos. Si cada Cámara aprueba una versión distinta, se recurre a un comité de conferencia para acordar un texto común que luego se vuelve a votar.
  • Remisión al presidente: la ley aprobada por ambas Cámaras se envía al presidente para su firma.

3. Veto presidencial y supermayorías

Como estas medidas suelen limitar margen de acción del Ejecutivo, es frecuente que el presidente ejerza el veto. En ese caso:

  • El presidente devuelve la ley no firmada al Congreso con un mensaje de veto.
  • Para que la ley entre en vigor pese al veto, cada Cámara debe aprobarla de nuevo con una mayoría de dos tercios.

Por tanto, un requisito político-jurídico clave para limitar efectivamente la política exterior presidencial es reunir esa supermayoría cuando el Ejecutivo se opone. Sin eso, el presidente puede bloquear la ley (salvo excepciones como dejar transcurrir el plazo sin veto ni firma, en cuyo caso la ley entra en vigor, o el “pocket veto” al final de una sesión).

4. Herramientas específicas que usa el Congreso

Además del procedimiento general, hay ámbitos donde la Constitución da al Congreso un papel específico que se traduce en requisitos formales concretos:

  • Tratados internacionales: el presidente negocia, pero el Senado debe prestar su consentimiento por mayoría de dos tercios. Sin esa mayoría, el tratado no puede ser ratificado.
  • Poder de la bolsa (power of the purse): para condicionar o limitar acciones exteriores, el Congreso puede introducir cláusulas en las leyes de apropiaciones que prohíban gastar fondos en determinadas operaciones, países o programas. Esas cláusulas deben aprobarse con el mismo procedimiento y, de nuevo, superar un eventual veto.
  • War Powers: mediante leyes como la War Powers Resolution, el Congreso ha establecido requisitos de notificación y límites temporales al uso de la fuerza sin autorización previa del Congreso. Jurídicamente, esas normas son leyes ordinarias, sujetas al mismo esquema de mayorías y veto.
  • Organización y mandatos de agencias: puede crear, suprimir o redefinir competencias de departamentos (Estado, Defensa, etc.), imponiendo obligaciones de información al Congreso o condiciones previas (por ejemplo, informes o certificaciones) para ciertas decisiones de política exterior.

5. Límites materiales

Finalmente, todo lo anterior debe respetar otras exigencias constitucionales:

  • No vulnerar atribuciones exclusivas del presidente en el ámbito puramente diplomático o simbólico.
  • No contradecir derechos fundamentales o garantías procesales (por ejemplo, sanciones que violen el debido proceso).
  • Ajustarse al principio de supremacía constitucional: cualquier ley que sobrepase las competencias del Congreso o invada de forma inconstitucional el núcleo de las funciones ejecutivas puede ser anulada por los tribunales.

En síntesis, el Congreso puede limitar en gran medida la política exterior presidencial, pero solo mediante leyes aprobadas conforme al procedimiento constitucional ordinario, sujetas al veto y a la revisión judicial, y basadas en sus competencias expresas sobre gasto, guerra, comercio y tratados.

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