Hay noches electorales que se siguen con más interés fuera que dentro del país donde se celebran. Las de mitad de mandato estadounidenses son una de ellas. En Europa hemos vuelto a trasnochar, pendiente de los resultados de distritos electorales que probablemente muchos ciudadanos no sabrían situar en un mapa. La victoria demócrata ha provocado una comprensible satisfacción en las capitales europeas. No es para menos. Trump acaba de recibir un severo correctivo y su proyecto ha demostrado que no es invulnerable. Pero conviene no confundir la alegría con el análisis. Los demócratas han ganado el Congreso, pero Trump conserva la Casa Blanca y buena parte de las herramientas con las que ha puesto patas arriba las relaciones internacionales. Europa tiene motivos para brindar, pero no tantos para descorchar el champán.
Políticamente, el resultado importa. Los estadounidenses han expresado su descontento con una Administración que ha hecho de la confrontación permanente, el nacionalismo económico y la desconfianza hacia las instituciones una forma de gobernar. La recuperación demócrata del Congreso frena la agenda legislativa del presidente, abre la puerta a investigaciones parlamentarias y devuelve a las cámaras una función de control que durante dos años han ejercido con menos entusiasmo del que cabría esperar de una democracia consolidada.
La lectura europea
Para Europa, además, el resultado tiene un significado que va más allá de la política norteamericana. Es un revés para el movimiento MAGA y para una corriente nacionalista y reaccionaria que ha encontrado en Trump algo más que un referente político: un aliado ideológico y un estímulo para sus propias aspiraciones. Saber que existe contestación electoral a ese proyecto es una buena noticia para quienes defendemos la democracia liberal, el multilateralismo y una Europa integrada. Aunque no conviene exagerar el contagio: la extrema derecha europea tiene dinámicas propias y no necesita a Trump para sobrevivir. Y una cosa es que los estadounidenses hayan votado contra Trump y otra muy distinta que hayan decidido cambiar el rumbo exterior de su país. Ahí empiezan las cautelas.
Porque Trump ha perdido el Congreso, pero no el poder presidencial. Las nuevas Cámaras no tomarán posesión hasta enero de 2027 y, hasta entonces, el presidente seguirá contando con las mayorías republicanas actuales: dos meses de margen que Bruselas haría bien en no subestimar. Después, la Constitución le seguirá concediendo amplias competencias en diplomacia, defensa y relaciones exteriores. Podrá gobernar mediante órdenes ejecutivas, imponer medidas comerciales, decidir despliegues militares y condicionar la relación con sus aliados. El Congreso podrá fiscalizar, investigar, bloquear nombramientos y dificultar determinadas iniciativas, pero no dispone de un interruptor para apagar el trumpismo.
Conviene, eso sí, no menospreciar la palanca que sí tiene: el presupuesto. Ahí se deciden la ayuda a Ucrania, las sanciones a Rusia y los límites a una eventual retirada de tropas de Europa. Es una asimetría interesante: el Congreso tendrá más influencia sobre la seguridad europea que sobre los aranceles, y ambas políticas seguirán en manos distintas.
Un "pato" con menos que perder
De hecho, algunos analistas apuntan a una paradoja inquietante: un Trump debilitado en casa puede resultar más imprevisible fuera. Con la agenda interior atascada, la política exterior es el escenario donde puede demostrar que todavía conserva capacidad de decisión. La presión sobre Europa, las amenazas comerciales, las exigencias a los aliados de la OTAN o las decisiones sobre Ucrania pueden convertirse en instrumentos para alimentar su imagen de fortaleza. El conocido lame duck, el “pato cojo” de la política norteamericana, no tiene por qué ser un presidente dócil en sus dos últimos años de mandato. Más bien al contrario: con menos margen en casa y menos que perder, puede tener bastantes ganas de dejar huella fuera. Y no parece precisamente dispuesto a dedicar sus últimos dos años a la jardinería. No es, desde luego, el escenario que más tranquiliza a Bruselas.

La economía tampoco invita al optimismo. Sería un error creer que el proteccionismo estadounidense nació con Trump y se irá con él. La defensa de la industria nacional, la competencia tecnológica con China, las subvenciones a las empresas propias y el comercio como instrumento de poder forman parte de una transformación más profunda. Biden mantuvo buena parte de esa orientación, aunque con otros métodos y un lenguaje bastante más amable. Cambian los discursos, pero no necesariamente los intereses. El America First puede resultar más estridente con Trump, pero la prioridad de proteger la industria y el empleo estadounidenses tiene seguidores en ambos partidos. En Washington pueden discrepar sobre cómo repartir las cartas, pero no sobre quién debe llevarse el premio.
Conviene recordarlo porque en Europa hemos tendido a personalizar demasiado el problema. Lo mismo vale para seguridad: el desplazamiento de las prioridades hacia el Indo-Pacífico, la rivalidad con China, el cansancio de una parte de la sociedad estadounidense ante los compromisos exteriores y la exigencia de que los europeos paguen una parte mayor de su defensa responden a factores estructurales, no a un carácter. Los demócratas discreparán de los modales de Trump, no de la factura.
La brecha más allá de Trump
Aquí aparece una de las grandes equivocaciones europeas: creer que la derrota de Trump supone el regreso de la América que conocíamos. Mark Leonard, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, ha bautizado esa actitud como Westalgia, y Dave Keating la ha recuperado recientemente: la nostalgia del establishment atlantista por la vieja relación transatlántica. Bruselas espera el regreso de la América de siempre como quien espera que el ex vuelva arrepentido. Y Keating añade una paradoja incómoda: seguimos con atención casi enfermiza quién gana un escaño en Texas, pero no siempre sabemos quién decide en Bruselas las políticas que condicionan nuestro futuro. Quizá el problema no sea solo que Estados Unidos haya cambiado, sino que Europa se comporte como si no tuviera que hacerlo.
No es una crítica nueva. Desde hace tiempo sostengo que la relación transatlántica ha dejado de funcionar sobre las bases de una alianza entre iguales. El acuerdo arancelario de Turnberry entre Trump y Ursula von der Leyen fue un buen ejemplo: se vendió como una solución pragmática para evitar una guerra comercial, pero también puso de manifiesto la asimetría de una relación en la que Washington presiona y Bruselas busca cómo acomodarse. Europa presentó como victoria lo que otros habrían llamado rendición con buena presentación. Evitar una guerra comercial era razonable; convertir la cesión en método ya es otra cosa.

La experiencia posterior debería habernos enseñado que ceder no siempre acaba con las exigencias. Canadá ha demostrado recientemente que también es posible defender los propios intereses y asumir que hacerlo tiene un coste. No se trata de imitar a nadie ni de responder con represalias a cada amenaza, sino de entender que prudencia y docilidad no son sinónimos. La primera consiste en asumir un coste para proteger un interés mayor; la segunda, en aceptar una imposición por miedo al precio de resistir. Europa lleva demasiado tiempo confundiendo ambas cosas.
Lejos del paraguas de Washington
En seguridad ocurre algo parecido. Ucrania ha mostrado hasta qué punto dependemos de Estados Unidos en capacidades esenciales: inteligencia, logística, transporte estratégico, defensa aérea y disuasión nuclear. La OTAN sigue siendo indispensable, pero una alianza no puede descansar indefinidamente en que uno de sus miembros decida cuándo, cómo, en qué condiciones y a qué precio presta su apoyo. La autonomía estratégica no significa romper con Washington ni construir una alianza alternativa, sino tener capacidad suficiente para que la cooperación sea una elección y no una necesidad impuesta por nuestra debilidad.
Lo mismo ocurre con la soberanía digital y energética. Europa la proclama mientras sus servicios en la nube, sus comunicaciones por satélite y buena parte de su inteligencia artificial dependen de empresas estadounidenses, y mientras sustituye el gas ruso por gas natural licuado de Estados Unidos: cambiar de proveedor no es lo mismo que ganar independencia. No faltan documentos: la Brújula Estratégica, el informe Draghi, comunicaciones solemnes sin fin. Lo que falta es convertirlos en capacidades y decisiones.

La victoria demócrata ofrece, eso sí, algunas oportunidades. Un Congreso en manos demócratas puede recuperar espacios de diálogo, fiscalizar al presidente y servir de interlocutor a los gobiernos europeos. Pero tampoco conviene idealizarlo: el partido está dividido sobre el papel internacional de Estados Unidos y nada garantiza que una futura Administración demócrata restaure el compromiso de antaño. La América de 2028, sea republicana o demócrata, no será necesariamente la de hace veinte años.
Por eso, la conclusión debería ser bastante menos complaciente que algunos brindis europeos. La derrota electoral de Trump es una buena noticia para la democracia estadounidense y para quienes creemos en una relación transatlántica basada en el respeto y la cooperación. Pero no resuelve la vulnerabilidad europea ni cambia por sí sola los intereses estratégicos de Estados Unidos. Europa no puede seguir organizando su futuro a la espera de que en Washington vuelva a instalarse un presidente más amable, más previsible o familiar.
Podemos celebrar que los estadounidenses hayan puesto límites electorales a Trump. Lo que no podemos hacer es convertir esa celebración en una nueva excusa para aplazar nuestras propias responsabilidades. Necesitamos más industria, más inversión, más tecnología propia, más capacidad de defensa y una política exterior que no dependa de los cambios de humor de la Casa Blanca. Y, sobre todo, voluntad política para usar el poder económico y comercial que tenemos cuando están en juego nuestros intereses fundamentales.
La vieja América no va a regresar necesariamente porque los demócratas hayan recuperado el Congreso. Y quizá ha llegado la hora de aceptar que el problema no consiste únicamente en que Estados Unidos haya dejado de ser el aliado que esperábamos, sino en que Europa todavía no ha aprendido a ser el socio que necesita. Y algunas de las elecciones que más pueden condicionar nuestro futuro no se celebran en Texas ni en Pensilvania, sino aquí, empezando por las presidenciales francesas de 2027. Llevamos demasiado tiempo pendientes de unas urnas en las que no votamos, mientras descuidamos las que sí son nuestras. Es hora de dejar de esperar que sean los estadounidenses quienes ganen las nuestras.