Sajonia-Anhalt, ¿la tumba del cordón sanitario? AfD supera el 44% y Europa mira a Alemania

La victoria de AfD con más del 44% en Sajonia-Anhalt reabre una pregunta que recorre Europa: ¿aislar a la extrema derecha la contiene o termina reforzándola? Alemania, Portugal, Bélgica y Francia muestran que el cordón puede impedir el acceso al Gobierno mientras el partido aislado sigue creciendo, pero los países que han permitido gobernar a estas formaciones tampoco ofrecen una receta clara para debilitarlas

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Imagen de Friedrich Merz junto a un cartel de Alternativa para Alemania (AfD) Marcus Brandt/dpa

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El terremoto electoral de Sajonia-Anhalt ha convertido la estrategia alemana frente a AfD en un experimento político de alcance europeo. La formación de extrema derecha supera el 44% en las últimas proyecciones de ARD, frente al 20,8% que obtuvo en 2021. La CDU, que entonces alcanzó el 37,1%, cae ahora hasta aproximadamente el 18%. 

AfD ha crecido, por tanto, más de 23 puntos en cinco años pese a la Brandmauer, el muro político por el que la CDU y el resto de grandes partidos alemanes rechazan incorporarla a sus gobiernos. La tentación de concluir que el cordón sanitario ha provocado esa subida es inmediata. Los datos comparados, sin embargo, no permiten establecer esa relación causal.

La evidencia disponible conduce a una respuesta menos sencilla. Un cordón sanitario puede resultar eficaz para impedir que una formación llegue al poder y, al mismo tiempo, ser incapaz de reducir su apoyo electoral. Romperlo tampoco garantiza que sus votantes regresen a los partidos tradicionales.

El primer problema: qué significa que un cordón sanitario “funcione”

Bajo una misma expresión se agrupan mecanismos políticos diferentes. En Alemania o Portugal, el cordón consiste fundamentalmente en excluir a determinados partidos de pactos de gobierno. En Bélgica alcanza también a la cooperación política con Vlaams Belang. En Francia adopta otra forma: retirada de candidatos y concentración del voto en segundas vueltas para impedir una victoria de la extrema derecha.

Por eso pueden darse dos resultados aparentemente contradictorios. Un partido puede aumentar espectacularmente sus votos y seguir sin gobernar. Electoralmente, el cordón no lo ha reducido. Institucionalmente, sí ha cumplido su objetivo.

Sajonia-Anhalt representa precisamente esa paradoja. AfD ha logrado su mejor resultado histórico en unas elecciones regionales, pero la negativa de la CDU a pactar con ella puede mantenerla fuera del Gobierno si la aritmética parlamentaria permite construir una mayoría alternativa. Los principales partidos siguen descartando una coalición con AfD. 

Alemania: AfD se duplica, pero no hay prueba de que el cordón sea la causa

La evolución alemana es probablemente el argumento más potente contra la idea de que basta con aislar electoralmente a la extrema derecha para hacerla desaparecer.

AfD obtuvo el 20,8% en Sajonia-Anhalt en 2021 y ahora ronda el 44%. En las elecciones federales de 2025 también duplicó aproximadamente su resultado anterior y se convirtió en segunda fuerza nacional. 

Pero hay un dato que complica la tesis de que los alemanes están votando a AfD como reacción al cordón. En agosto, el Politbarometer de ZDF mostraba que el 61% de los alemanes consideraba correcta la negativa de la CDU a cooperar con AfD, frente al 37% que la rechazaba. Entre los propios votantes de CDU/CSU, el respaldo al muro alcanzaba el 72%. El crecimiento de AfD convive, por tanto, con un respaldo mayoritario a su exclusión del Gobierno.

Hay otra explicación que aparece con fuerza en los datos de Sajonia-Anhalt. En julio, el 36% de los ciudadanos atribuía a AfD la mayor capacidad para resolver los principales problemas del estado, frente a solo un 16% que escogía a la CDU. Cinco años antes, esa relación era prácticamente la contraria: la CDU llegaba al 40% y AfD al 9%. 

Eso señala un cambio más profundo que el cordón sanitario. AfD ha dejado de funcionar únicamente como voto de protesta para una parte considerable del electorado y ha adquirido percepción de competencia política.

Portugal: el cordón funciona para el Gobierno, pero Chega se multiplica

Portugal ofrece uno de los ejemplos más claros para separar poder y votos. Luís Montenegro ha mantenido su negativa a gobernar con Chega. La formación de André Ventura continúa fuera del Ejecutivo nacional. En ese sentido, el aislamiento ha funcionado. 

Electoralmente, la fotografía es completamente distinta. Chega consiguió el 1,29% en las legislativas de 2019. Subió al 7,18% en 2022, al 18,07% en 2024 y al 22,76% en 2025. En seis años pasó de un diputado a 60 y se convirtió en la principal fuerza de oposición en número de escaños. 

Es difícil utilizar Portugal como prueba de que el cordón reduce electoralmente a la extrema derecha. Durante el periodo en el que Chega ha permanecido excluido del Gobierno, su porcentaje se ha multiplicado por más de 17.

Bélgica: el mismo cordón ha convivido con el hundimiento y con el auge

El caso belga permite hacer una comparación aún más interesante porque el instrumento político apenas cambia y el resultado electoral sí.

Vlaams Belang lleva décadas sometido al cordón sanitario de los grandes partidos belgas. En las elecciones al Parlamento flamenco de 2014 cayó hasta el 5,92%. Diez años después, con el cordón todavía vigente, alcanzó el 22,66% y quedó a apenas 1,2 puntos de N-VA. 

Es un dato especialmente relevante para establecer causalidad. Si el cordón fuese por sí solo responsable del crecimiento de la extrema derecha, resulta difícil explicar que una misma estrategia haya convivido primero con un hundimiento electoral y después con una recuperación de casi 17 puntos.

Bélgica proporciona también una de las pocas pruebas experimentales disponibles. Laura Jacobs y Jean-Benoit Pilet realizaron un experimento con 3.270 participantes en Flandes. A unos se les mostraba a N-VA aceptando gobernar con Vlaams Belang y a otros rechazándolo.

La disposición a votar a Vlaams Belang fue significativamente mayor cuando N-VA aceptaba gobernar con él. El efecto era especialmente claro entre los votantes motivados por cuestiones programáticas. Es decir, en ese experimento, levantar el cordón aumentaba la aceptación electoral de la extrema derecha en lugar de reducirla. 

Francia: Le Pen crece, pero el frente republicano sí le ha cerrado el poder

Francia permite observar el otro efecto del cordón. Marine Le Pen obtuvo el 33,90% frente a Emmanuel Macron en la segunda vuelta presidencial de 2017. Cinco años después llegó al 41,45%. El crecimiento se produjo pese a la concentración del voto de otros espacios políticos alrededor del candidato que competía contra ella. 

Una vez más, el mecanismo no impidió crecer electoralmente a la extrema derecha. Pero en las legislativas de 2024 ocurrió algo diferente. Más de 200 candidatos del centro y de la izquierda que habían quedado terceros se retiraron antes de la segunda vuelta para reducir las elecciones triangulares y concentrar el voto contra el Rassemblement National. El RN había ganado claramente la primera vuelta y aspiraba a la mayoría absoluta. No la consiguió. 

El caso francés muestra probablemente la forma más clara en la que un cordón puede funcionar: no necesariamente disminuye el número de ciudadanos dispuestos a votar a la extrema derecha, pero modifica la conversión de esos votos en poder institucional.

¿Qué ocurre cuando se rompe el cordón? Países Bajos tampoco ofrece una respuesta fácil

El argumento contrario sostiene que la mejor forma de debilitar a una fuerza antisistema es permitirle gobernar y obligarla a responder por sus resultados.

Países Bajos proporciona un caso reciente favorable a esa hipótesis, aunque tampoco permite convertirla en una ley general.

El PVV de Geert Wilders ganó las elecciones de 2023 con 37 diputados y posteriormente entró por primera vez en la mayoría gubernamental que sostenía al Ejecutivo de Dick Schoof. Wilders acabó retirando a su partido en junio de 2025 y provocó la caída del Gobierno. 

En las elecciones siguientes, el PVV bajó de 37 a 26 escaños. Los analistas atribuyeron parte del retroceso a su actuación durante la etapa gubernamental, a la pérdida de su condición de outsider y a la fragmentación del espacio de la derecha radical. 

Gobernar tuvo un coste. La dificultad está en saber cuánto correspondió a la mera entrada en las instituciones, cuánto al funcionamiento de aquel Ejecutivo y cuánto a las decisiones de Wilders.

Austria demuestra que gobernar puede castigar, pero no inmuniza al sistema

El FPÖ austríaco llegó al Gobierno después de obtener el 25,97% en las elecciones de 2017. Tras la ruptura de la coalición y el escándalo de Ibiza, cayó al 16,2% en 2019.

Parecía el ejemplo perfecto de la teoría de que hacer gobernar a la extrema derecha termina desgastándola. Cinco años después, ya desde la oposición, el FPÖ ganó las elecciones generales de 2024 con el 28,8%, su mejor resultado nacional hasta ese momento. 

La experiencia de gobierno puede imponer un coste electoral. No garantiza que ese castigo sea permanente.

España tampoco demuestra que la ausencia de cordón dispare automáticamente a Vox

España nunca ha tenido un cordón nacional comparable al alemán. El PP ha alcanzado acuerdos con Vox y la formación llegó a participar en varios gobiernos autonómicos.

Vox obtuvo el 15,08% en las generales de noviembre de 2019 y bajó al 12,38% y 33 diputados en 2023. En julio de 2024 abandonó cinco ejecutivos autonómicos de coalición con el PP por el conflicto sobre el reparto de menores migrantes. 

Tampoco aquí aparece una relación mecánica según la cual integrar a la extrema derecha produzca inevitablemente su crecimiento o su hundimiento.

Entonces, ¿el cordón sanitario hace crecer a la extrema derecha?

Los datos disponibles no permiten afirmarlo.

Alemania, Portugal, Bélgica y Francia demuestran que la extrema derecha puede crecer mucho mientras permanece aislada del Gobierno. Eso basta para descartar que el cordón sanitario sea, por sí mismo, una herramienta eficaz para reducir su voto.

Pero la conclusión inversa tampoco está respaldada. No sabemos qué porcentaje habría alcanzado AfD en Alemania sin la Brandmauer. Los experimentos disponibles muestran incluso que normalizar la posibilidad de gobernar con una formación de extrema derecha puede incrementar su atractivo electoral.

La evidencia apunta a una distinción bastante nítida. El cordón sanitario funciona mejor como instrumento institucional que como estrategia electoral: puede impedir que un partido transforme sus votos en poder mientras exista una mayoría alternativa, pero no resuelve las razones por las que esos ciudadanos lo votan.

Sajonia-Anhalt lleva esa contradicción hasta un punto desconocido en Alemania. AfD ha pasado del 20,8% a más del 44% y continúa, por ahora, frente a un muro que una mayoría de alemanes todavía respalda. La cuestión que se abre después de estas elecciones ya no es únicamente cuánto puede crecer AfD fuera del Gobierno. Es cuánto tiempo puede mantenerse un sistema de mayorías alternativas cuando el partido situado detrás del cordón se acerca a uno de cada dos votos.

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