¿Y si en lugar de prepararnos para la guerra empezáramos a preparar la paz?

Hay una cuestión que debe preocuparnos más: la creciente facilidad con la que algunos dirigentes europeos hablan de una guerra con Rusia como si fuera un horizonte inevitable, cuando precisamente deberíamos intentar evitarla

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Drones utilizados por Ucrania. Imagen de archivo -/Ukrinform/dpa

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Hay noticias que deberían preocuparnos y hacernos pensar.

Hace nueve meses escribí en este medio sobre la necesidad de que Europa preparara la paz y no solo la guerra. Vuelvo ahora sobre el tema porque los últimos acontecimientos lo hacen aún más necesario: repetir no es insistir cuando existe el riesgo de que terminemos aceptando como normal lo que no lo es. No podemos acostumbrarnos a los drones sobrevolando Europa, a hablar de una posible guerra entre Rusia y la OTAN ni a responder a cada amenaza pensando solo en la próxima escalada. Tampoco podemos aceptar que la palabra “paz” haya desaparecido del lenguaje estratégico europeo. Por eso vuelvo sobre el tema: para recordar que lo que se repite no tiene por qué convertirse en normal, y que todavía estamos a tiempo de preparar la paz.

En los últimos días Europa vuelve a mirar al cielo. Drones que entran en espacios aéreos de países de la OTAN, incidentes en Polonia y Rumanía, objetos sospechosos alrededor de instalaciones sensibles, acusaciones de operaciones híbridas rusas. El pasado domingo, un F-18 de una unidad española de la OTAN derribó en Rumanía un dron que había penetrado en su espacio aéreo. Las autoridades lo consideran sospechoso de ser ruso, aunque la investigación sigue abierta.

La OTAN ha respondido con vigilancia, refuerzo de las defensas y solidaridad con los países afectados, mientras en la prensa europea se multiplican los análisis sobre una posible escalada.

No es para tomárselo a broma. Pero tampoco creo que debamos convertir cada dron en el prólogo de la Tercera Guerra Mundial. Porque hay una cuestión que debe preocuparnos más: la creciente facilidad con la que algunos dirigentes europeos hablan de una guerra con Rusia como si fuera un horizonte inevitable, cuando precisamente deberíamos intentar evitarla.

Una cosa es prepararse para defenderse. Otra, acostumbrar a nuestras sociedades a la idea de que la guerra es inevitable. Y empiezo a tener la sensación de que Europa está dedicando mucha más imaginación a prepararse para la próxima guerra que a preparar la paz.

Una cosa es prepararse para defenderse. Otra, acostumbrar a nuestras sociedades a la idea de que la guerra es inevitable

El problema no empezó con los drones

Conviene decirlo desde el principio: Rusia es responsable de haber invadido Ucrania. No hay que buscar eufemismos. Ninguna explicación geopolítica convierte una invasión en legítima. Pero una guerra no se explica solamente por el día en que comenzaron los disparos. La guerra de Ucrania es también el resultado de un conflicto más profundo sobre la arquitectura de seguridad europea: el papel de Rusia en Europa, la expansión de la OTAN, la seguridad de los países de Europa Central y Oriental y la incapacidad de construir, después de la Guerra Fría, un sistema de seguridad que todos pudieran considerar razonablemente aceptable.

Rusia cometió un error criminal: intentar resolver mediante la fuerza lo que no consiguió mediante la diplomacia. Pero Occidente también cometió un error estratégico: creer que podía construir indefinidamente la seguridad europea sin resolver el problema de la seguridad rusa. Explicar esto no significa justificar a Putin ni exonerar a Europa. Rusia no tiene razón por tener razones. Pero si queremos acabar algún día con esta guerra tendremos que comprender por qué Moscú considera amenazada su posición estratégica en Europa. La diplomacia exige entender al adversario sin convertirse en su abogado.

La escalada como sustituto de la estrategia

Desde hace cuatro años asistimos a una sucesión de escaladas: más armas, más alcance, más inteligencia, más sanciones, más presión y más rearme. Se nos explica que la presión obligará a Putin a negociar. Puede ser. Pero también puede ocurrir lo contrario.

Si el Kremlin interpreta la guerra como una confrontación existencial con Occidente, cada nueva escalada puede reforzar la percepción de que no está luchando solamente contra Ucrania, sino contra Europa y Estados Unidos. Eso no hace aceptable la conducta rusa, pero debería recordarnos algo elemental: una estrategia que no contempla cómo piensa el adversario no es una estrategia; es un deseo.

Europa tiene razones para apoyar a Ucrania, impedir que Rusia presente su invasión como un éxito, rearmarse y aprovechar el tiempo para reducir su dependencia militar de Estados Unidos. Pero también existe una consecuencia moral y estratégica que no podemos ocultar: cada año adicional de guerra significa más muertos, más destrucción de Ucrania y mayor riesgo de que el conflicto desborde sus fronteras.

Y aquí aparece la contradicción: todos dicen querer la paz, pero no cualquier paz. Y así llevamos años.

Cuando todos tienen razones para esperar

Hay una idea que me parece especialmente importante: los principales actores tienen incentivos diferentes para no aceptar todavía un acuerdo. Ucrania ha negociado durante buena parte de la guerra desde una posición de debilidad y, si dispone de más financiación, armamento y apoyo europeo, su lógica es mejorar su posición antes de sentarse definitivamente a negociar. Rusia tampoco tiene incentivos para aceptar un acuerdo que pueda interpretarse como una derrota. Putin necesita poder presentar ante los rusos que la enorme factura humana y económica de la guerra ha servido para algo.

Y Europa tiene su propia contradicción. Mientras continúe la guerra, Rusia se desgasta militarmente y Europa gana tiempo para rearmarse. Son los ucranianos, no los soldados europeos, quienes soportan la mayor parte del coste humano. Como dijo el jefe del Estado Mayor General de Bélgica: “Tenemos todavía varios años, gracias a la sangre de los ucranianos que nos están comprando este tiempo”.

Putin necesita poder presentar ante los rusos que la enorme factura humana y económica de la guerra ha servido para algo

No es una acusación, sino una realidad estratégica: una estrategia que necesita que la guerra continúe deja de ser una estrategia de paz. Cuanto más dure, mayor será el riesgo de que Rusia se adapte, se rearme y convierta la confrontación permanente con Europa en la nueva normalidad.

La alternativa tampoco es sencilla. Un alto el fuego mal diseñado podría permitir a Rusia reconstruir sus fuerzas y reanudar la guerra en unos años. Por eso no basta con pedir la paz: hay que construir una paz sostenible, con compromisos dolorosos y garantías creíbles que impidan que el alto el fuego sea solo una pausa. Congelar las posiciones, como en Corea, podría detener los combates sin resolver el conflicto. La cuestión no es solo dónde se detienen las tropas, sino qué garantías y mecanismos de seguridad pueden evitar que la guerra vuelva a empezar. Y ahí es donde se echa de menos la iniciativa europea.

¿Dónde está la diplomacia?

Estamos viendo cada vez más titulares sobre drones, sabotajes, ciberataques, guerra híbrida y posibles ataques contra territorio de la OTAN. Puede ocurrir. Precisamente por eso hay que estar preparados. Pero estar preparados para defenderse no debe significar abandonar la diplomacia. Al contrario: cuanto mayor sea el riesgo de guerra, mayor debe ser el esfuerzo diplomático para evitarla.

Y aquí es donde Europa está fallando.

Europa habla de autonomía estratégica, pero sigue dependiendo en buena medida de Estados Unidos para su seguridad. Habla de convertirse en potencia geopolítica, pero sigue sin disponer de una verdadera estrategia política para resolver el conflicto que afecta directamente a su propio continente. Estados Unidos negocia cuando le interesa, Rusia decide cuándo escalar, Ucrania combate y Europa paga: económica, militar y políticamente, preparándose además para convivir durante décadas con una nueva frontera de confrontación.

No me parece suficiente. Europa necesita dejar de limitarse a reaccionar y empezar a diseñar los acontecimientos.

Una Conferencia Europea por la Seguridad

Por eso creo que ha llegado el momento de plantear algo que hoy puede parecer ingenuo, pero que hace falta precisamente porque la situación se está volviendo cada vez más peligrosa: una Conferencia Europea por la Seguridad en Europa.

No una conferencia para premiar a Rusia, ni para obligar a Ucrania a aceptar cualquier cosa, ni para sustituir a la OTAN. Una conferencia para discutir cómo queremos que sea la seguridad europea cuando termine esta guerra. Su objetivo debería ser construir el marco de seguridad europeo que deberá acompañar y hacer sostenible cualquier acuerdo de paz y servir para preparar el orden de seguridad europeo posterior a la guerra.

Deberían ser parte Ucrania, Rusia, los Estados miembros de la Unión Europea, Estados Unidos, Reino Unido, Turquía y los demás países europeos interesados. Y habría que discutir sin tabúes todas las cuestiones que llevamos décadas aplazando: fronteras, garantías de seguridad, armamentos, fuerzas convencionales y sus despliegues, ciberseguridad, control de armamentos, neutralidad, reconstrucción y mecanismos que impidan otra guerra. ¿No es el argumento principal de Moscú para unas negociaciones de paz que partan del análisis y la solución de las causas originales del conflicto?

No se trata de volver a Yalta. Se trata de recuperar Helsinki. En 1975, los acuerdos de Helsinki establecieron reglas de convivencia basadas en el respeto a la soberanía y la integridad territorial, la no injerencia, la cooperación y la búsqueda de una seguridad compartida. En 1990, la Carta de París intentó construir una Europa “entera, libre y en paz”. No llegó a construirse, no por ambición sin por desidia y prepotencia. Quizá haya llegado el momento de intentarlo de nuevo.

¿Quién podría poner en marcha una iniciativa semejante? Difícilmente los grandes dirigentes europeos, demasiado comprometidos ya con una estrategia belicista y enfrentados políticamente con Moscú. Quizá la iniciativa debiera partir de uno o varios países pequeños, con tradición de neutralidad, mediación y diplomacia, y ponerse en manos de diplomáticos capaces de hablar con todas las partes. No necesitamos nuevos Talleyrand ni Metternich, sino diplomáticos que conozcan al adversario, sepan hablar con él sin justificarlo y entiendan que negociar con quien consideramos enemigo no es una traición, sino el principio de cualquier paz.

La seguridad de uno no puede ser la inseguridad del otro

Hay un principio que debería volver al centro de la política europea: la indivisibilidad de la seguridad.

Ningún país puede tener derecho de veto sobre las decisiones soberanas de otro. Ucrania tiene derecho a decidir su futuro y los Estados europeos, sus alianzas. Pero tampoco puede construirse una paz estable ignorando que Rusia es una potencia nuclear, con síndrome de inseguridad, que forma parte de la geografía y la historia europea y seguirá siendo nuestro vecino cuando termine esta guerra.

Si la seguridad de Rusia exige que Ucrania sea insegura, tenemos un problema. Si la seguridad de Ucrania exige que Rusia se sienta permanentemente amenazada, tenemos otro. Y si la seguridad de Europa depende exclusivamente de que Estados Unidos decida seguir garantizándola, tenemos un problema todavía mayor. La solución no puede consistir en que uno gane y los demás se resignen. Necesitamos un sistema en el que todos tengan algo que ganar con la paz y algo que perder con la guerra. Eso es mucho más difícil que enviar armas, pero eso es precisamente hacer política.

Necesitamos políticos que sepan hablar de paz

Echo de menos algo esencial en el lenguaje político europeo: la palabra paz, no como eslogan, sino como proyecto político. Europa necesita líderes que recuperen el espíritu de Helsinki y de París: la idea, hoy casi olvidada, de que la seguridad no se construye únicamente acumulando armas, sino también creando reglas, canales de comunicación, garantías y mecanismos de confianza. No se trata de ser ingenuos, se trata de ser inteligentes. Hay que rearmarse, reforzar la OTAN, proteger nuestro espacio aéreo, responder a los sabotajes y a las amenazas híbridas si es necesario, pero simultáneamente hay que abrir las puertas de la diplomacia.

No mañana. Ahora.

Si esperamos a que desaparezcan todos los riesgos para negociar, jamás lo haremos. La situación actual es insostenible. Ucrania no puede vivir indefinidamente en guerra. Rusia no puede convertir la confrontación con Occidente en su proyecto histórico. Europa no puede prepararse indefinidamente para una guerra y Estados Unidos no puede ser eternamente el árbitro de la seguridad europea.

Ha llegado la hora de agrandar el problema, no para agrandar la contienda, sino para encontrar la paz. Quizá esa sea la paradoja de Eisenhower que todavía no hemos entendido: cuando un problema parece no tener solución, a veces no hay que aumentar la presión sobre él, sino ampliar el horizonte en el que intentamos resolverlo.

La guerra de Ucrania no puede terminar solamente con un alto el fuego. Necesitamos un nuevo acuerdo de seguridad para Europa, un nuevo Helsinki y dirigentes con el valor de construirla antes de que un dron, un error de cálculo o una provocación -real o atribuida- haga lo que ningún político debería permitir: convertir una guerra europea en una guerra de Europa. No volvamos a cometer los mismos errores. Ya hemos tenido bastantes en los últimos siglos y muchos hijos muertos.

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