El coordinador del Grupo de Trabajo de Cardiología de la Sociedad Española de Medicina Nuclear e Imagen Molecular (SEMNIM), el doctor Francisco Sebastián Palacid, ha explicado que la toxicidad cardíaca derivada de un tratamiento oncológico "puede aparecer de forma aguda, en el primer año postratamiento, o de forma tardía, 10 o 20 años después".
Este efecto adverso de los tratamientos se observa "sobre todo en quienes fueron tratados de niños", ha señalado, por lo que ha subrayado que "el seguimiento de estos pacientes no puede limitarse a la fase de tratamiento activo, sino que debe prolongarse mucho más allá de la finalización del tratamiento en los casos de mayor riesgo".
En esta línea, Sebastián Palacid ha indicado que una de las principales técnicas empleadas en este contexto "es la ventriculografía isotópica, conocida como 'MUGA', que se realiza antes de iniciar la quimioterapia para obtener una imagen basal del miocardio y se repite de forma periódica durante el tratamiento en los pacientes que reciben fármacos con mayor riesgo cardiotóxico".
Ha detallado que se trata de "una técnica complementaria dentro de un seguimiento que hoy debe ser multimodal, junto con la ecocardiografía, los biomarcadores y, cuando es necesario, la resonancia cardiaca", para remarcar a continuación que "su principal ventaja frente a otras pruebas es la reproducibilidad". "Si la función del corazón baja entre un estudio y otro, sabemos que es un cambio real, no un error de medición", ha precisado.
Factores de riesgo y pacientes más vulnerables
Con motivo del Día Mundial del Corazón, que se conmemora el 29 de septiembre, el especialista ha remarcado la importancia de vigilar de forma estrecha a los pacientes con factores de riesgo añadidos, como la edad avanzada, la diabetes o una cardiopatía previa, así como a quienes han recibido dosis acumuladas elevadas de fármacos cardiotóxicos. "En los casos de dosis elevadas o pacientes jóvenes, el seguimiento debe prolongarse incluso años después de terminado el tratamiento, ya que la cardiotoxicidad puede aparecer de forma tardía", ha recalcado.
Asimismo, ha advertido de que "las mujeres con cáncer de mama tratadas con antraciclinas combinadas con trastuzumab presentan un riesgo cardiaco especialmente elevado, al igual que los pacientes con linfoma tratados con esquemas que incluyen antraciclinas y, en muchos casos, radioterapia torácica". "Además, el grupo más sensible son los niños y adolescentes tratados de leucemias o sarcomas, ya que reciben dosis relativamente altas en un músculo cardíaco todavía en desarrollo, y ese daño puede no manifestarse hasta la edad adulta", ha añadido.
"A estos pacientes se les debería seguir durante décadas, no solo durante el tratamiento", ha insistido, antes de apuntar que "este tipo de seguimiento permite evitar pruebas invasivas innecesarias en algunos pacientes y, en otros, anticiparse a un daño real que de otra forma podría pasar desapercibido durante años".
Por último, tras lamentar que "existe una notable disparidad entre comunidades autónomas, e incluso entre hospitales de una misma comunidad, en el acceso a las técnicas de Medicina nuclear aplicadas en Cardiología", ha puesto en valor que esta área "va mucho más allá del diagnóstico oncológico". Estas técnicas, ha recordado, "se usan también para evaluar la viabilidad del músculo cardiaco o estudiar la circulación sanguínea del corazón en pacientes con cardiopatía isquémica, sin ninguna relación con el cáncer".