Septiembre llega con más presión sobre el bolsillo de los hogares españoles. El indicador adelantado del Índice de Precios de Consumo (IPC) publicado por el Instituto Nacional de Estadística sitúa la inflación de agosto en el 4,3% interanual, siete décimas por encima del 3,6% registrado en julio.
Es el nivel más elevado desde febrero de 2023 y supone una aceleración considerable respecto al comienzo del verano. España entra así en el nuevo curso con tres focos especialmente sensibles: los carburantes, la factura eléctrica y la alimentación.
El dato tiene todavía carácter adelantado y deberá ser confirmado por el INE en septiembre. La inflación subyacente, que elimina del cálculo la energía y los alimentos no elaborados por su mayor volatilidad, ofrece una imagen algo menos negativa: baja una décima y se sitúa en el 2,9%.
La gasolina y el diésel disparan el IPC
El principal responsable del salto de agosto está en las estaciones de servicio. El INE explica que los combustibles y lubricantes para vehículos personales han subido este año, mientras que en agosto de 2025 habían bajado, provocando un fuerte efecto sobre la comparación interanual.
La escalada se ha intensificado durante todo el verano. Desde su comienzo, la gasolina se ha encarecido alrededor de un 20% y el diésel cerca de un 24%, hasta alcanzar precios medios próximos a 1,72 euros por litro para la gasolina y 1,86 euros para el gasóleo.
El conflicto en Oriente Medio y las dificultades para el suministro internacional de petróleo están detrás de buena parte de estas tensiones. El resultado llega justo cuando numerosos hogares afrontan en septiembre la vuelta al trabajo y al colegio, con un incremento habitual de los desplazamientos diarios.
El Gobierno ya ha previsto reforzar durante septiembre las medidas para contener el precio del gasóleo. La bonificación prevista para este combustible se elevará hasta los 20 céntimos por litro, después de que su encarecimiento activara el mecanismo incluido en el escudo anticrisis.
La factura de la luz sigue bajo presión
La segunda amenaza es la electricidad. Agosto ha estado marcado por precios elevados en el mercado eléctrico, impulsados por el mayor consumo durante las olas de calor y por el encarecimiento del gas utilizado en las centrales de ciclo combinado.
El recibo de un consumidor medio acogido al Precio Voluntario para el Pequeño Consumidor (PVPC) apuntaba durante agosto a un incremento superior al 20% respecto al mismo mes de 2025, según los cálculos realizados sobre la evolución del mercado.
La situación energética también ha obligado al Ejecutivo a mantener mecanismos fiscales de protección. El real decreto aprobado en junio establece que, si se cumplen determinados niveles de encarecimiento interanual, el IVA de la electricidad durante septiembre será del 10% para suministros con una potencia contratada de hasta 10 kW y para determinados consumidores vulnerables acogidos al bono social.
El mismo mecanismo contempla un Impuesto Especial sobre la Electricidad del 0,5% en septiembre si se cumplen las condiciones fijadas por la norma.
El problema es que cualquier prolongación del encarecimiento de la energía tiene un impacto que va más allá de la propia factura doméstica: eleva los costes de transporte, industria, agricultura y distribución y puede acabar trasladándose a otros productos.
Los alimentos vuelven a preocupar
Los alimentos son precisamente el tercer elemento que vigilan los hogares de cara al otoño. El avance del IPC indica que alimentos y bebidas no alcohólicas contribuyeron también al aumento de la inflación en agosto, debido a que sus precios bajaron menos que en el mismo mes del año anterior.
Los productos frescos muestran además señales de mayor tensión. Su inflación habría alcanzado aproximadamente el 4,5% en agosto, en un contexto en el que agricultores, ganaderos, transportistas y fabricantes soportan mayores costes relacionados con los combustibles y la energía.
Esta transmisión no es automática ni inmediata, pero una energía persistentemente cara puede terminar repercutiendo en el precio final de los productos que llegan al supermercado.
El comienzo de septiembre añade además gastos estacionales importantes para muchas familias: material escolar, libros, ropa, transporte y recuperación de los desplazamientos cotidianos después de las vacaciones.
España entra en septiembre con una inflación del 4,3%
La cifra del 4,3% corresponde al avance de la inflación de agosto, no a la inflación de septiembre, que no se conocerá hasta finales del próximo mes. Sin embargo, es el dato con el que España entra en septiembre y sirve como referencia para medir el deterioro reciente del coste de la vida.
En apenas un mes, la tasa ha pasado del 3,6% al 4,3%. Y si se utiliza el Índice de Precios de Consumo Armonizado, que permite realizar comparaciones con el resto de Europa, la inflación española escala incluso hasta el 4,5%.
La evolución de los próximos meses dependerá en gran medida de lo que ocurra con la energía. Si los carburantes moderan su escalada y las medidas fiscales reducen parte del impacto sobre electricidad y gas, la presión podría aliviarse. Si los costes energéticos permanecen elevados, el riesgo es que el encarecimiento se extienda a más bienes y servicios y termine alimentando nuevamente la inflación subyacente.
Por ahora, septiembre comienza con una advertencia clara para las economías domésticas: llenar el depósito, encender determinados aparatos eléctricos y hacer la compra son ya más caros que hace un año, y el otoño llega con pocas garantías de que la presión vaya a desaparecer a corto plazo.