En un momento marcado por guerras prolongadas, crisis climáticas, desplazamientos forzosos y una presión creciente sobre la cooperación internacional, pocas decisiones son tan relevantes como sostener el compromiso con la educación global. El reciente anuncio de compromiso por parte de España de 25 millones de euros a la campaña “Multiplica las Posibilidades” de la Alianza Mundial por la Educación (GPE, por sus siglas en inglés), que supone un incremento del 25% respecto a su anuncio de 2021, refleja una convicción compartida: invertir en educación es invertir en desarrollo, estabilidad, igualdad y oportunidades.
Vivimos una época de crisis superpuestas. Las guerras interrumpen la escolarización, los fenómenos climáticos extremos destruyen escuelas y desplazan comunidades, y las restricciones económicas limitan la inversión pública en servicios básicos. En este contexto, la educación corre el riesgo de quedar relegada. Sin embargo, precisamente en tiempos de incertidumbre es cuando más necesario resulta protegerla y reforzarla.
La educación no es únicamente un derecho fundamental. Es también una herramienta decisiva para construir sociedades más estables, más prósperas y más resilientes. Allí donde los niños, niñas y jóvenes tienen acceso a una educación de calidad, aumentan las oportunidades económicas, mejora la salud pública, se fortalece la participación ciudadana y se reducen las desigualdades. Invertir en educación significa invertir en paz, crecimiento sostenible e instituciones más sólidas.
Las guerras interrumpen la escolarización, los fenómenos climáticos extremos destruyen escuelas y desplazan comunidades, y las restricciones económicas limitan la inversión pública en servicios básicos
Desde la Agencia Española de Cooperación Internacional al Desarrollo (AECID) y desde el GPE compartimos una misma certeza: no puede haber desarrollo sostenible sin sistemas educativos fuertes, inclusivos y capaces de llegar a quienes más lo necesitan. Esta es la base de una alianza que combina el compromiso político y financiero de España con la experiencia multilateral de GPE en el acompañamiento a los países socios para transformar sus sistemas educativos.
El compromiso por parte de España llega en un momento clave para la financiación internacional al desarrollo. Las necesidades crecen y los recursos están bajo presión. En un escenario en el que muchos países revisan sus prioridades presupuestarias, sostener la educación exige liderazgo, visión a largo plazo y responsabilidad compartida. También exige reconocer que algunas inversiones no producen réditos inmediatos, pero sí transformaciones profundas y duraderas.
Para la AECID, esta apuesta se inscribe en una trayectoria de defensa del multilateralismo eficaz, de los bienes públicos globales y de una agenda de desarrollo centrada en las personas. Para GPE, refuerza un esfuerzo colectivo orientado a apoyar a los países en la construcción de sistemas educativos más equitativos, inclusivos y resilientes. Ambas perspectivas confluyen en una misma prioridad: ampliar oportunidades educativas allí donde los desafíos son mayores.
GPE ofrece un marco multilateral desde el que gobiernos, organizaciones internacionales, sociedad civil, docentes y comunidades locales trabajan conjuntamente para fortalecer los sistemas educativos. El objetivo no es únicamente aumentar el acceso escolar, sino garantizar que los niños y niñas aprendan, permanezcan en el sistema educativo y desarrollen las capacidades necesarias para afrontar los retos del siglo XXI. Para lograrlo, es necesario apoyar reformas estructurales, promover la formación docente, impulsar la igualdad de género y acompañar a los países en la construcción de sistemas educativos capaces de responder a crisis y desigualdades.
Los resultados de este esfuerzo colectivo son tangibles. Entre 2021 y 2025, las subvenciones de GPE y la cofinanciación de sus socios han apoyado a 372 millones de niños y niñas con una educación de mayor calidad, llegando a cerca de la mitad de la población en edad escolar de los países socios. Estos avances muestran que la cooperación internacional, cuando se articula en torno a prioridades compartidas y sistemas nacionales sólidos, puede transformar vidas y ampliar oportunidades a gran escala.
La educación de las niñas merece una atención especial. A pesar de los avances registrados en las últimas décadas, 119 millones de niñas siguen privadas de educación en el mundo y millones más se enfrentan a barreras que limitan su acceso a la escuela y sus oportunidades de aprendizaje. Cuando una niña recibe educación, aumentan sus posibilidades de acceder a un empleo digno, mejora su salud y la de su futura familia, y se amplían sus oportunidades de participación social y económica. Una niña cuya madre sabe leer tiene un 50 % más de probabilidades de vivir más allá de los cinco años, estar vacunada y asistir a la escuela. La educación de las niñas no solo transforma trayectorias individuales: multiplica oportunidades dentro de las familias, las comunidades y las economías.
La educación también desempeña un papel esencial en la prevención de conflictos y en la reconstrucción de comunidades afectadas por la violencia. En contextos frágiles, las escuelas son espacios de protección, estabilidad y esperanza. Allí donde las instituciones son débiles, pueden convertirse en un factor decisivo para fortalecer la cohesión social y reducir las tensiones que alimentan la inestabilidad. Garantizar la continuidad educativa en estos contextos es también una inversión en paz, protección y futuro.
La educación también desempeña un papel esencial en la prevención de conflictos y en la reconstrucción de comunidades afectadas por la violencia
La participación de España en el GPE permite a nuestro país participar en una forma novedosa de afrontar el reto que supone el ODS4 en el marco de la Agenda 2030. Esta alianza refleja una comprensión compartida de interacción global. Los desafíos que afectan a una región terminan teniendo consecuencias para toda la humanidad. La estabilidad, la prosperidad y la seguridad son bienes comunes que requieren esfuerzos comunes. Por eso, reforzar la financiación de la educación no debe entenderse solo como una contribución económica, sino como una apuesta estratégica por un orden internacional basado en la cooperación, la solidaridad y las oportunidades.
En tiempos de incertidumbre, pocas decisiones tienen un alcance tan duradero como garantizar que cada niño y cada niña, nazca donde nazca, pueda aprender, crecer y construir su propio futuro. Esa es la responsabilidad que compartimos: defender la educación como derecho, como inversión estratégica y como base indispensable para un mundo más justo, más estable y más resiliente.