Irene Montero, el precio de ser una mujer con ambición política

La candidata ha decidido prescindir de las siglas de Podemos para convertir su nombre en el centro de la campaña. Una decisión que obliga a preguntarse cómo influyen los estereotipos de género en la percepción de las mujeres que ejercen el poder y si los ataques que reciben pueden terminar movilizando el voto femenino

Imma Aguilar Nàcher, consultora y experta en comunicación política

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Irene Montero se presenta a las elecciones generales del 29 de noviembre sin que la palabra Podemos aparezca en sus principales materiales de campaña. En los carteles encontramos un nombre, Irene, acompañado de un lema, “Paz, casa y trabajo”. Desaparecen las siglas del partido que la llevó al Gobierno y pierde protagonismo el morado que identificó durante años a una de las formaciones más reconocibles de la política española. Permanece ella, convertida en la principal referencia de una candidatura que parece confiar más en el reconocimiento de su líder que en la capacidad de atracción de su organización.

La decisión se explica por el hecho de que Podemos arrastra el desgaste de años de enfrentamientos internos y retrocesos electorales, mientras que Montero conserva una notoriedad pública importante. Sin embargo, la operación plantea una pregunta interesante desde la comunicación política: ¿qué ocurre cuando una candidata convierte su propia personalidad en el principal argumento de campaña, especialmente si se trata de una mujer que despierta reacciones de rechazo?

También podríamos pensar en una estrategia dirigida a feminizar su perfil, usando su nombre de pila, que es algo que suele emplearse más cuando nos referimos a mujeres que cuando lo hacemos con hombres. O a humanizarla y acercarla, casi como si fuera una nueva amiga.

Y es que Irene Montero es una política que genera adhesiones y antipatías profundas. Su figura ha quedado asociada al feminismo, a la confrontación con sus adversarios y a decisiones controvertidas de su etapa como ministra de Igualdad, especialmente la aplicación de la ley del “solo sí es sí”. También ha sido objeto de ataques personales y comentarios sexistas que exceden, y mucho, la crítica legítima a su gestión. Reducir todo ese rechazo a una cuestión de género es un análisis simplista, pero ignorar que el género interviene en la manera de juzgar a una dirigente de sus características resulta igualmente equivocado.

Desaparecen las siglas del partido que la llevó al Gobierno y pierde protagonismo el morado que identificó durante años a una de las formaciones más reconocibles de la política española

En un cuestionario que ha respondido al influencer “NoSoloViernes” y emitido en redes sociales, la escuchamos afirmar que sus cualidades son casi defectos. En su caso, el resultado es que una intervención que sus seguidores consideran valiente puede parecer arrogante a sus adversarios. La misma firmeza que unos interpretan como coherencia puede ser percibida por otros como dogmatismo. Y cuanto más reconocible se vuelve la figura pública, más difícil resulta separar la valoración de sus argumentos de la reacción emocional que provoca su presencia.

La investigación en psicología social lleva décadas estudiando lo que se conoce como teoría de la congruencia de roles, que explica que los prejuicios pueden aparecer cuando las características que tradicionalmente se atribuyen a un grupo social entran en conflicto con las que se consideran necesarias para desempeñar un determinado papel. En el caso de las mujeres que aspiran al liderazgo, esto puede generar expectativas contradictorias: se espera que sean capaces de ejercer autoridad y tomar decisiones difíciles, pero también cercanas y conciliadoras. Los atributos que se consideran propios del liderazgo, como la ambición o la disposición al conflicto, algunos espectadores los interpretan como incompatibles con sus expectativas sobre el comportamiento femenino.

La ciencia del comportamiento explica que los juicios sobre las personas dependen de categorías y expectativas previamente aprendidas. Cuando observamos a alguien, no evaluamos cada gesto desde cero, sino que lo interpretamos a partir de experiencias anteriores y estereotipos culturales que pueden operar incluso sin una intención consciente de discriminar.

Por eso, en política, la impresión de que alguien cae mal merece un análisis más profundo del que solemos dedicarle. La antipatía no es necesariamente una reacción irracional. Puede estar fundamentada en discrepancias políticas, experiencias anteriores o valoraciones perfectamente legítimas. Pero también puede incorporar expectativas sobre cómo debería comportarse una mujer que ejerce el poder.

Irene Montero presenta un perfil especialmente interesante para estudiar este fenómeno porque su identidad política se ha construido, en buena medida, alrededor del conflicto. Su manera de comunicar suele ser contundente, con una fuerte delimitación entre las posiciones que defiende y aquellas que combate. Además, su trayectoria está estrechamente vinculada a un feminismo que cuestiona precisamente algunas de las normas sociales sobre el comportamiento esperado de las mujeres. No estamos, por tanto, ante una dirigente que intente suavizar sistemáticamente sus posiciones para resultar agradable. Y esa elección tiene consecuencias sobre la percepción pública, aunque no todas puedan atribuirse a sesgos de género.