Pedro Sánchez sigue ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Y por eso, hablar de su sucesión tiene algo de conversación prohibida pero inevitable. Se sabe que llegará y ya se reconocen ciertos movimientos, aunque nadie está dispuesto a reconocerlo. Más que el nombre de quien pueda sustituirlo, importa saber qué PSOE surgirá cuando Sánchez deje la secretaría general y cómo juzgará la historia su legado, una cuestión que preocupa especialmente al presidente.
Antes de hacer quinielas hay que tener en cuenta que el relevo no será igual si lo fuerza una derrota electoral o si Sánchez cierra su etapa en España para dar el salto a un organismo internacional. En ese caso podría ordenar los tiempos e influir en una transición continuista. Una derrota abriría un escenario más agrio, con el aparato debilitado y las federaciones discutiendo el rumbo a seguir.
Por ahora, las apuestas se concentran en dirigentes construidos políticamente dentro del actual ciclo. Óscar Puente, Félix Bolaños, Óscar López y María Jesús Montero aparecen de manera recurrente por su proximidad al núcleo de decisión. Sus posibilidades crecerían en una sucesión pactada y se volverían más inciertas si el relevo llegara después de perder unas elecciones.
Óscar Puente es quizá el más reconocible. Ha convertido la confrontación en una marca personal y posee algo que no abunda en el PSOE actual fuera de Sánchez, una voz propia. El ministro de transportes genera adhesiones fuertes pero también un rechazo considerable. Además, su eficacia como escudo del líder no garantiza que tenga la capacidad de integrar el partido cuando llegue la hora de recomponerlo.
Félix Bolaños juega otra partida. Conoce el Estado y las costuras internas del poder socialista. Su cercanía a Sánchez constituye su principal capital, aunque podría convertirse en una carga si el partido buscara un cambio tras una derrota. Para suceder a un líder tan dominante tendría que demostrar que puede abrir un proyecto propio. Una posible debilidad es que su notoriedad es menor que la de otros aspirantes y todavía no ha construido una voz reconocible fuera de su papel institucional.
Óscar López tiene una ventaja diferente. Conoce la organización, ha sobrevivido a distintas etapas del PSOE y ha recuperado protagonismo orgánico y político. Si la sucesión se resolviera desde la lógica del aparato, sería uno de los nombres difíciles de sacar de la ecuación. Arrastra, no obstante, cierto desgaste y la percepción de pertenecer a una generación política anterior.
María Jesús Montero posee experiencia de gobierno y peso orgánico, pero verla como amortizada tras su derrota electoral es inevitable. Su nombre introduce una pregunta que el PSOE tendrá que afrontar llegado el momento. ¿Puede el cambio de etapa ser la ocasión para que, por primera vez, una mujer ocupe el primer lugar de la cúpula socialista?
En una perspectiva más larga aparecen perfiles que hoy no participan en la carrera. Salvador Illa dispone de poder territorial y de una imagen serena, aunque su opción dependería de la evolución de su gobierno en Cataluña y de su disposición a dejarlo. Teresa Ribera aporta experiencia, prestigio europeo y distancia respecto de la política española, pero está alejada del trabajo orgánico y no parece que sea su prioridad atender la política española. María Chivite representa una generación distinta y podría encarnar un liderazgo femenino sólido con experiencia de gestión y de negociación política, aunque necesitaría mucha más proyección nacional. De hecho es la única mujer con poder territorial en el PSOE.
Pensar que el PSOE después de Sánchez saldrá exclusivamente del actual núcleo dirigente sería, en cualquier caso, simplificar demasiado. Fuera de ese espacio está Emiliano García-Page, el socialista que lleva más tiempo diciendo en público lo que otros prefieren comentar en privado. Page ha convertido su distancia con Sánchez en una posición política y cuenta con poder institucional propio y un electorado fiel, sin embargo, su identidad se encuentra tan ligada al anti-sanchismo que una parte de la militancia difícilmente lo percibirá como candidato de reunificación. Lo que sí que puede hacer es condicionar el debate o apoyar a otro aspirante que quiera cerrar la etapa Sánchez de manera más explícita.
En ese espacio aparecen perfiles menos evidentes. Uno de esos perfiles es el de Juan Lobato, que merece más atención de la que suele recibir. Su salida de la secretaría general del PSOE de Madrid en noviembre de 2024 abrió una distancia visible con Ferraz y dejó una imagen de alguien que prefirió abandonar una posición de poder antes que asumir determinadas formas de funcionamiento interno. Desde entonces ha defendido una cultura política más institucional y menos dependiente de la confrontación. Lobato puede presentarse como alguien que marcó distancia cuando hacerlo todavía tenía coste. También le favorecen su edad y un perfil atractivo para un PSOE interesado en cambiar de etapa sin provocar una guerra interna. Tiene relato, pero le falta estructura.
Ignacio Urquizu ocupa otro lugar. No existe una operación conocida para situarlo como candidato a la secretaría general y sería exagerado incluirlo entre los aspirantes reales. Las sucesiones, sin embargo, no empiezan siempre con candidatos. A veces comienzan con un diagnóstico, y Urquizu está construyendo uno. Su reflexión sostiene que el problema socialista no se limita a movilizar a quienes se sitúan más a la izquierda o a conservar el bloque que ha sostenido a Sánchez. Plantea recuperar a votantes que después se desplazaron hacia el PP y reconstruir el poder municipal y territorial del partido. Si el relevo llega tras una derrota, ese diagnóstico podría pesar más que cualquier candidatura prematura.
La pregunta empieza a ser menos quién sucederá a Pedro Sánchez y más quién podrá explicar por qué el PSOE necesita una nueva etapa
Queda todavía la figura más interesante, el candidato o la candidata que hoy no conocemos. En las sucesiones conviene distinguir entre quienes se postulan pronto y quienes acaban siendo llamados cuando nadie logra imponerse, o como solemos decir, “un tapado” Ese espacio, el del candidato de síntesis, continúa vacío.
Si tuviéramos que definir a este candidato de síntesis tendría que ser alguien sin lastres, capaz de reconocer los éxitos electorales de Sánchez sin reproducir todo su modelo, conservar el vínculo con la militancia que lo sostuvo y recuperar la conversación con los sectores que se alejaron. Nadie encarna hoy con claridad ese perfil y es posible que por eso quien consiga ocuparlo parta con ventaja cuando la sucesión deje de ser clandestina.
Creo que la pregunta empieza a ser menos quién sucederá a Pedro Sánchez y más quién podrá explicar por qué el PSOE necesita una nueva etapa y cómo se quiere iniciar cuando llegue el momento.
sobre la firma:
Imma Aguilar Nàcher es consultora y asesora en comunicación política, estrategia electoral, reputación y relaciones institucionales. Fue directora del Gabinete del ministro de Ciencia, Innovación y Universidades. Ha asesorado a gobiernos, partidos, empresas y figuras públicas en España y América Latina, donde ha participado en campañas presidenciales.
También ha sido directora de comunicación y coordinadora de grupos parlamentarios en el Congreso y el Senado. Actualmente es profesora de campañas políticas y comunicación de gobierno en universidades españolas y latinoamericanas. Su trayectoria reúne experiencia institucional al más alto nivel, estrategia electoral, docencia universitaria y una amplia carrera periodística en televisión.