¿Dimisión por amor? Cinco razones para una salida de Pedro Sánchez si pierde el Gobierno

El análisis de Imma Aguilar publicado en DEMÓCRATA abre una hipótesis: si Sánchez no logra formar Gobierno, dejar el PSOE podría desactivar parte del antisanchismo, facilitar acuerdos y dar margen a los territorios. También entrañaría riesgos

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el programa 'La Revuelta' de TVE TVE

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Si Pedro Sánchez no consigue formar Gobierno después del 29N, su continuidad al frente del PSOE abriría un dilema: conservar al dirigente que moviliza a una parte de la izquierda o relevar al político que concentra el rechazo de sus adversarios. Una dimisión podría perseguir algo más que cerrar una Presidencia. También podría buscar que los socialistas recuperasen espacio político antes de las municipales de 2027.

DEMÓCRATA publicó ayer, 22 de octubre, un análisis de la consultora Imma Aguilar Nàcher, que situaba esa posibilidad en el debate. Bajo el título ¿Y si la fuerza del amor no es suficiente?, planteaba que Sánchez abandonaría el liderazgo socialista si no lograse formar Gobierno. La autora lo presentaba como una interpretación de su comportamiento, no como información sobre sus intenciones. 

El argumento afectivo tiene antecedentes concretos. En su carta del 24 de abril de 2024, Sánchez se describió como un hombre "profundamente enamorado de mi mujer" al explicar sus dudas sobre la continuidad. El pasado 17 de octubre, en Fuenlabrada, volvió a colocar a Begoña Gómez en el centro de su intervención con una declaración de amor y un beso ante la militancia.

Analizar la dimensión política de esos gestos no cuestiona el afecto que pueda sentir por su esposa, como cualquier otro dirigente por su pareja. Sentimiento y comunicación pueden coexistir. Lo relevante es que Sánchez ya ha incorporado su vida familiar a la explicación pública de sus decisiones.

Ese precedente permite examinar una posible despedida, pero no anticiparla: en abril de 2024 decidió quedarse y su discurso actual sigue orientado a gobernar. Los cinco argumentos siguientes describen incentivos para una retirada si no pudiera hacerlo; no acreditan que la esté preparando.

1. Quitar a PP y Vox el adversario que mantiene unido su discurso

El primer incentivo sería alterar el eje de la confrontación. El antisanchismo permite reunir críticas a la gestión, a los pactos parlamentarios y al entorno del presidente bajo una misma figura. La campaña del PP ofrece ejemplos recientes: el 17 de octubre, Miguel Tellado centró parte de su intervención en Granada en identificar al sanchismo con la corrupción y en reclamar la salida de Sánchez. 

Si el PSOE perdiese el Gobierno y Sánchez siguiese como jefe de la oposición, sus adversarios conservarían un objetivo conocido. PP y Vox podrían prolongar la confrontación de la precampaña, ahora desde una posición reforzada por las urnas. Para el PSOE, el riesgo sería cambiar de posición institucional sin conseguir cambiar de conversación.

Una retirada dificultaría esa continuidad. Con otro liderazgo socialista, la derecha tendría que confrontar con un interlocutor distinto y dedicar más atención a sus propias decisiones. Si PP y Vox gobernasen juntos, sus acuerdos, discrepancias y compromisos incumplidos podrían adquirir más protagonismo frente a la denuncia permanente del anterior presidente.

El efecto tendría límites. La derecha podría seguir impugnando su legado y presentar al sucesor como una continuidad. Además, Sánchez también moviliza a quienes se oponen a PP y Vox. El relevo reduciría un foco de rechazo a costa de arriesgar una fuente de adhesión: el saldo electoral dependería de quién lo sustituyese y con qué proyecto.

2. Evitar que el PSOE afronte dos derrotas: perder el Gobierno y quedarse sin proyecto

La segunda razón sería organizativa. Perder La Moncloa supone perder capacidad de iniciativa gubernamental, visibilidad institucional y la posibilidad de convertir propuestas en decisiones. Un partido que pasa a la oposición necesita reconstruir su agenda con instrumentos distintos.

En ese escenario, un PSOE volcado en defender permanentemente a su líder y su etapa de Gobierno podría encontrar más dificultades para explicar qué propone para el futuro. La presión política sobre su gestión y el debate público sobre los procedimientos judiciales podrían absorber buena parte de su actividad. Una renovación ofrecería la oportunidad de separar la defensa de lo realizado de la elaboración de una alternativa.

Se trataría de recuperar autonomía política. La salida de Sánchez no alteraría por sí misma ningún procedimiento judicial ni eximiría a nadie de rendir cuentas. Tampoco la permanencia en el Gobierno debería confundirse con protección frente a los tribunales.

Ahora bien, la investigación comparada obliga a considerar el riesgo contrario. Despina Alexiadou y Eoin O’Malley estudiaron partidos de nueve países durante 25 años y encontraron evidencia compatible con una mayor inestabilidad de liderazgo y un deterioro electoral después de la marcha de dirigentes fuertes. Su trabajo, publicado en European Journal of Political Research, no permite pronosticar el caso español, pero cuestiona que sustituir al líder baste para recuperar al partido. 

Por eso, la utilidad de una dimisión dependería de la transición: una dirección reconocida, una estrategia y una distribución clara de responsabilidades. Si abriese una guerra de sucesión, podría agravar precisamente la debilidad que pretendía evitar.

3. Facilitar acuerdos con el PP: lo que sugiere Robles y lo que no demuestra

Un relevo podría reducir el coste político de determinados acuerdos entre PP y PSOE. Después de una campaña muy centrada en Sánchez, a los populares podría resultarles más sencillo justificar un pacto institucional con una nueva dirección socialista. El PSOE, por su parte, tendría margen para combinar oposición y acuerdos sin que cada negociación se interpretase exclusivamente como una victoria o una derrota personal del expresidente.

Esa posibilidad adquiere interés con la elección de Margarita Robles como número dos de la candidatura socialista por Madrid, confirmada. Su trayectoria institucional y su perfil moderado permiten interpretar la decisión como una señal hacia electores que valoran la experiencia y la interlocución entre partidos.

4. Dar voz a los territorios antes de las municipales de 2027

El calendario añade un incentivo concreto. Las elecciones locales y autonómicas previstas para mayo de 2027 llegarían pocos meses después del 29N. El propio PSOE ya ha organizado procesos de primarias para elegir esas candidaturas. El resultado de las generales condicionará, por tanto, una campaña territorial que tiene su propia agenda. 

Si el debate nacional siguiese concentrado en Sánchez, alcaldes y candidatos socialistas podrían volver a encontrarse defendiendo al líder antes de explicar su gestión o sus propuestas. Una salida les ofrecería la posibilidad de recuperar protagonismo: hablar de vivienda, transporte, servicios públicos o proyectos locales con menos dependencia de la confrontación de Madrid.

Para que funcionase, el relevo tendría que acompañarse de autonomía efectiva. Cambiar al secretario general manteniendo todas las campañas subordinadas al mismo debate nacional apenas modificaría el problema.

También importa el tiempo. Una sucesión rápida y aceptada podría permitir recomponer el partido antes de mayo. Una disputa prolongada consumiría esos meses y obligaría a los candidatos a competir bajo una imagen de división. El mismo calendario que aconsejaría renovar puede convertirse en una razón para aplazar el relevo si no existe una alternativa preparada.

5. Preservar su autoridad en la izquierda y dejar abierta una posible vuelta

La quinta razón afectaría al propio Sánchez. Una salida presentada como una decisión personal y un servicio al PSOE podría ayudarle a preservar el reconocimiento de sus seguidores, en lugar de someter su liderazgo a un desgaste prolongado desde la oposición.

Aquí encaja la hipótesis del amor planteada por Imma Aguilar. Si el proyecto de Gobierno dejase de ser viable, el coste familiar podría adquirir otro significado en su explicación pública. El dirigente que justificó resistir para continuar su tarea podría sostener que ha llegado el momento de cuidar su vida personal y dejar espacio a quienes deben reconstruir el partido.

La credibilidad de esa despedida dependería también de cómo asumiese el resultado y su responsabilidad. Una apelación emocional puede acompañar la rendición de cuentas; si pretendiese sustituirla, correría el riesgo de parecer una forma de eludir la derrota.

La posibilidad de volver tiene un precedente en su trayectoria. Sánchez dimitió como secretario general en octubre de 2016 y recuperó el puesto en las primarias de mayo de 2017. Esa experiencia explica por qué una retirada suya podría interpretarse como algo distinto de un final definitivo. 

Pero regresar tras una crisis interna no sería lo mismo que hacerlo después de una larga Presidencia y una pérdida del Gobierno. Mantener influencia pública tampoco garantiza recuperar votos. Un eventual retorno dependería de la evolución del país, de la nueva dirección socialista y de que militantes y electores quisieran volver a confiar en él.

La hipótesis encierra una tensión final: Sánchez podría marcharse para permitir que el PSOE dejase de depender de Sánchez. Si su sucesor viviese pendiente de su regreso, esa renovación quedaría incompleta. Preservar su autoridad exigiría también aceptar que el partido pudiera construir un futuro sin él.