En las relaciones, una de las cosas más importantes es definir qué somos. También entre países. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha llamado “membresía asociada” a los nuevos lazos entre la Unión Europea y Canadá. Su homólogo canadiense, Mark Carney, ha dado este jueves su particular “sí, quiero”. “Es una decisión, no una coincidencia”, ha rematado ante la Eurocámara.
Carney se ha dirigido al Parlamento Europeo solo unas horas después de que el inquilino de la Casa Blanca amenazase con nuevos aranceles a ambos socios si confirmaban su nuevo vínculo. La nueva aproximación entre Bruselas y Ottawa no ha sentado bien en la Administración republicana. El canadiense, sin embargo, no ha rehusado sacar pecho de esta asociación frente a quienes “instrumentalizan el comercio como arma de presión”. Más tarde, ante la prensa presente en Estrasburgo, ha afirmado que "nadie le dice a Canadá con quién debe reolacionarse".
Una alianza para reducir dependencias
Carney pretendía este jueves dejar claras las bases de esta nueva relación. “No propongo un tercer bloque para convertirme en un rival de las grandes potencias, solo que con mejores modales”, ha pronunciado para diferenciarse de quienes utilizan el “poder para dominar a otros”. Canadá y la UE, ha defendido, deben reforzar su resiliencia “para que nadie pueda controlar nuestros mercados abiertos”. Según el dirigente canadiense, “la influencia de los poderosos en una relación de explotación colapsa mucho antes de que se alcance la independencia completa”.
Por ello, Carney considera que la ventaja mutua constituye el núcleo de los argumentos a favor de una asociación más profunda entre Canadá y Europa. Su intervención ante la Eurocámara ha servido también para poner sobre la mesa las prioridades de Ottawa para esta nueva etapa. La presidenta Roberta Metsola se ha mostrado convencida de que el aplauso recibido por Carney a cada una de sus conclusiones se "mtearializará en las comisiones parlamentarias".

Canadá quiere avanzar hacia un comercio digital más fluido, tanto en bienes no agrícolas como en una amplia gama de servicios. Pero la propuesta canadiense va más allá del intercambio comercial.
Erasmus, minerales críticos e hidrógeno
“Deberíamos profundizar nuestros lazos entre personas, permitiendo que nuestros jóvenes vivan y estudien donde quieran”, ha defendido Carney. Para ello, ha planteado la adhesión de Canadá al programa Erasmus, con el objetivo de ofrecer a estudiantes europeos y canadienses mayores oportunidades de formación y movilidad en universidades de ambos lados del Atlántico.
La cooperación en materias primas críticas ocupa también un lugar central. Tras el anuncio de Von der Leyen durante el discurso sobre el Estado de la Unión de una nueva Corporación Europea de Materias Primas Críticas, Carney ha ofrecido a los Veintisiete los recursos canadienses.
Ottawa cuenta con yacimientos de más de 34 minerales críticos y, según ha destacado el primer ministro, se encuentra entre los principales productores de diez de los minerales considerados esenciales para la transición energética mundial. La lógica de la propuesta es de interdependencia: Canadá puede contribuir a garantizar un suministro fiable para la industria europea, mientras que el país norteamericano busca aprovechar las capacidades europeas de procesamiento avanzado.
El mismo planteamiento se extiende al sector energético. Carney ha tendido la mano a Bruselas con una oferta de hidrógeno a gran escala para reforzar la seguridad energética europea, entre otras vías mediante el desarrollo y aprovechamiento de las infraestructuras portuarias del extremo norte canadiense. A cambio, Ottawa busca contar con el liderazgo comunitario en tecnologías de energía limpia y avanzar en una nueva capacidad de computación soberana compartida.
Un mercado financiero más integrado
La propuesta canadiense incluye además una dimensión financiera. Carney ha abierto la puerta a la creación de un mercado integrado de servicios financieros entre Canadá y la UE, con el objetivo de ampliar la oferta disponible y reducir costes para ciudadanos y empresas.
“Mejorar el acceso al capital para nuestras empresas y mantener al mismo tiempo una resiliencia financiera de clase mundial”, ha explicado el primer ministro.
La propuesta encaja con una de las prioridades que comparten Bruselas y Ottawa: reducir vulnerabilidades derivadas de dependencias externas sin cerrar sus economías al exterior.
Bruselas defiende que ambas potencias comparten un océano, un conjunto de valores y una determinada forma de entender el orden internacional. “Ahora construiremos también nuestro futuro compartido”, declaró Von der Leyen durante su discurso sobre el Estado de la Unión.
Carney ha querido, por su parte, desprenderse de las etiquetas construidas “por aquello a lo que nos oponemos” para centrar la nueva relación en aquello que ambos socios defienden: libertad, solidaridad, prosperidad y sostenibilidad. El objetivo, ha planteado, es que esta alianza permita que “nadie pueda dictar nuestras elecciones”, pero que al mismo tiempo permanezca suficientemente abierta para que otros países puedan incorporarse. Y, sobre todo, que esté “lo suficientemente fundamentada en principios como para que nuestra fuerza refuerce el derecho internacional en lugar de sustituirlo”.