Desde Ankara, enviado especial.– La ciudad de Ankara calienta motores para la reunión anual de los líderes de la OTAN. El encargado de dar el chupinazo de salida a una semana decisiva para la Alianza Atlántica ha sido el secretario general, Mark Rutte, que ha adelantado una cumbre sin grandes sorpresas ni sobresaltos de última hora. Los equipos diplomáticos han trabajado durante meses con un objetivo claro: dejar todo “atado y bien atado” en las reuniones preparatorias celebradas en Bruselas para que, cuando los jefes de Estado y de Gobierno se sienten alrededor de la mesa y las puertas de la sesión plenaria se cierren, ningún desacuerdo de última hora termine por torpedear la adopción de las conclusiones finales.
La estrategia responde a una lógica sencilla. La OTAN llega a Ankara en un momento especialmente delicado para la seguridad internacional, con la guerra en Ucrania todavía abierta, un Oriente Próximo cada vez más inestable y una creciente preocupación por la capacidad industrial de Occidente para sostener un eventual conflicto prolongado. En ese contexto, la organización busca proyectar una imagen de unidad y determinación. Las primeras palabras de Rutte ante la prensa acreditada han ido precisamente en esa dirección. El neerlandés ha querido transmitir la sensación de que las principales decisiones ya están tomadas y que Ankara debe servir para consolidar compromisos más que para abrir nuevos debates.
Rutte despeja el camino hacia una cumbre sin sobresaltos
El secretario general ha aprovechado su comparecencia para respaldar abiertamente la estrategia del presidente estadounidense, Donald Trump, destinada a presionar a los aliados más reticentes a incrementar el gasto en Defensa. Entre esos países figura España, a la que el mandatario republicano calificó la semana pasada de “perdedora” por no avanzar con la rapidez que Washington considera necesaria. “Al final depende de cada aliado, incluidos los Estados Unidos, decidir cómo construyen esa relación con los otros treinta y uno”, ha respondido Rutte al ser preguntado por las críticas del líder republicano.
Sin embargo, lejos de desautorizar a Trump, el secretario general ha defendido que este tipo de mensajes persiguen un objetivo concreto: “alentar fuertemente a los aliados a moverse hacia el 5% para asegurarse de que la producción de la industria de Defensa esté aumentando”.

La intervención del máximo responsable político de la OTAN confirma hasta qué punto el debate sobre el gasto militar ha dejado de ser una cuestión técnica para convertirse en el eje central de la agenda atlántica. Durante años, los aliados discutieron sobre cómo alcanzar el compromiso del 2% del PIB. Ahora, el listón se ha desplazado hasta el 5%, una cifra que hace apenas unos años parecía completamente inalcanzable.
Rutte ha ido incluso un paso más allá al reconocer el papel desempeñado por Trump en esta transformación. “Cuando miras a países como España, Italia, Bélgica y Canadá ves que todos llegaron al 2%”, ha celebrado. Según el secretario general, si bien una parte importante de este cambio responde a la invasión rusa de Ucrania y al deterioro general de la seguridad europea, también existe otro factor determinante: la presión ejercida desde Washington. “Tal vez una parte se deba a Trump”, ha admitido. “Lo felicito por ello, porque es el primero desde Eisenhower que está asegurándose de que Estados Unidos gaste lo mismo que el resto de aliados”.
Las palabras del neerlandés evidencian la buena sintonía que busca entre la dirección política de la OTAN y la Casa Blanca. De hecho fuentes de la Alianza en alguna ocasión han asegurado que su única misión al frente del organismo es garantizar la presencia estadounidense. También reflejan un cambio de paradigma en el seno de la organización. Durante décadas, Europa asumió que Estados Unidos actuaría como garante último de su seguridad. Ahora, Washington exige una redistribución mucho más equilibrada de las cargas. El mensaje es especialmente relevante porque llega en vísperas de una cumbre donde la principal discusión ya no gira en torno a si los aliados deben gastar más, sino sobre la velocidad con la que deben hacerlo y las consecuencias para quienes se queden atrás.
La presión sobre los aliados rezagados
En la última reunión celebrada en La Haya hace ahora un año, los socios se comprometieron a invertir el 5% del PIB en Defensa y seguridad durante la próxima década. La cita de Ankara se presenta, por tanto, como el primer gran examen para comprobar si ese compromiso empieza a traducirse en resultados tangibles.
Rutte ha querido poner en valor los avances logrados en apenas doce meses. “Estoy orgulloso de que apenas un año después de aprobarse un proyecto a diez años ya veamos cómo los aliados europeos están invirtiendo alrededor del 4% de su PIB”, ha señalado.
Una vez más, el ex primer ministro neerlandés ha asumido buena parte del discurso tradicional de Trump. “No es sostenible que países europeos pidan a un país con más de cincuenta millones de personas viviendo a ocho horas de vuelo de aquí que nos defienda de los rusos”, ha afirmado. Aunque evitó señalar directamente a ningún gobierno, el mensaje estaba dirigido a aquellas capitales que todavía muestran dudas respecto al incremento del gasto militar. Rutte también ha dejado caer que la presión no será únicamente política. “Si algún aliado no está convencido, hay maneras de hacerlo”, ha advertido.

Precisamente, el representante permanente de Estados Unidos ante la OTAN, Matthew Whitaker, había planteado previamente la posibilidad de que Washington ofrezca ventajas concretas a los países más comprometidos con los objetivos de gasto. Entre esas ventajas figuran la prioridad en los procesos de adquisición de armamento y tecnología militar estadounidense, así como un acceso privilegiado a responsables políticos y militares de la Administración Trump. La idea introduce un nuevo elemento en el funcionamiento de la Alianza: la posibilidad de que el cumplimiento de los compromisos económicos genere recompensas tangibles más allá del mero reconocimiento político.
Una Alianza decidida a evitar nuevas fracturas
A pesar de la creciente presión sobre algunos aliados, Rutte se ha esforzado por transmitir una imagen de cohesión interna. La relación entre Washington y varias capitales europeas ha atravesado momentos especialmente tensos durante los últimos meses. Las discrepancias sobre Oriente Próximo, las diferencias en torno al conflicto entre Israel e Irán y los debates sobre la financiación de la seguridad europea han generado fricciones visibles.
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Sin embargo, el secretario general ha restado importancia a esos desencuentros. “Siempre tendrás discusiones políticas y, a veces, desacuerdos. La gente suele emocionarse demasiado cuando eso sucede. Yo no”, ha afirmado que asegura que “internamente podemos tener estas discusiones, no hay problema, pero luego debemos resolverlas para unirnos”.
Fuentes diplomáticas coinciden en señalar que la organización ha trabajado intensamente para evitar que la reunión de Ankara reproduzca episodios de confrontación pública similares a los registrados en cumbres anteriores. La prioridad es que la fotografía final proyecte unidad en un momento en el que la OTAN considera que se enfrenta al entorno estratégico más complejo desde el final de la Guerra Fría.
La OTAN 3.0: del compromiso político a las capacidades militares
Más allá del debate presupuestario, la gran aspiración de la cumbre será convertir los compromisos financieros en capacidades militares reales. Dentro de la organización se ha popularizado en los últimos meses el concepto de “OTAN 3.0”, una expresión que resume la ambición de adaptar la Alianza a los desafíos del siglo XXI. “Ahora debemos asegurarnos de que estamos traduciendo nuestro poder económico en capacidades”, ha señalado Rutte. “Tenemos que poner el dinero a trabajar: desde planes de Defensa hasta drones, desde financiación hasta misiles e interceptores”.
El dirigente atlántico ha insistido especialmente en la necesidad de impulsar la innovación tecnológica y de superar las limitaciones derivadas de la fragmentación industrial europea. “Debemos superar nuestras industrias nacionales fragmentadas y reducir la burocracia”, ha reclamado. La preocupación es compartida por buena parte de los aliados. Durante años, numerosos gobiernos europeos anunciaron incrementos presupuestarios que no siempre se tradujeron en mejoras operativas. Ahora, la prioridad consiste en garantizar que cada euro adicional invertido tenga un impacto real sobre las capacidades militares disponibles.
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Esa filosofía explica la principal novedad de la cumbre de Ankara. Por primera vez, la OTAN ha decidido organizar un gran foro paralelo dedicado exclusivamente a la industria de Defensa. La iniciativa refleja la creciente convicción de que la seguridad colectiva depende tanto de las decisiones políticas como de la capacidad de producir armamento, munición y sistemas tecnológicos a gran escala.
Dentro de la Alianza se ha extendido la idea de que se necesitan “más fuerzas, más recursos y una base industrial mucho más fuerte”. Después de años de infrafinanciación, los aliados consideran que ha llegado el momento de transformar los compromisos presupuestarios en producción efectiva.
Será precisamente en este foro donde, según adelantó Rutte, se anunciarán “decenas de miles de millones de euros en nuevos contratos” destinados a reforzar la capacidad militar aliada. Los acuerdos abarcarán desde sistemas antimisiles hasta drones, pasando por municiones, plataformas terrestres y nuevas tecnologías destinadas a reforzar la capacidad de disuasión de la organización.

Con ese objetivo, el secretario general ha lanzado un llamamiento a la cooperación transatlántica. Desde “Arkansas hasta Ankara”, ha dicho, los aliados deben combinar sus fortalezas industriales y tecnológicas para garantizar que la OTAN pueda responder a los desafíos de seguridad que marcarán las próximas décadas. La cita de Ankara arranca así con un mensaje claro: la Alianza ya no quiere limitarse a debatir sobre cuánto gastar, sino demostrar que es capaz de transformar ese dinero en poder militar efectivo. Ese será, en última instancia, el verdadero examen de una organización que busca reinventarse mientras afronta algunos de los desafíos más complejos de su historia reciente.