Hay una pregunta que empieza a recorrer los pasillos del Gobierno: ¿hasta dónde está dispuesta Margarita Robles a mantener su versión sobre lo ocurrido en Ceuta? La ministra de Defensa se ha convertido en la excepción dentro de un Ejecutivo que intenta cerrar una explicación común sobre la entrada masiva del 30 de julio. Y, por ahora, no ha dado un paso atrás.
Robles sostuvo esta semana en el Congreso que el Centro Nacional de Inteligencia (CNI) y el Centro de Inteligencia de las Fuerzas Armadas realizaron la labor que les era exigible y que la información obtenida fue compartida con las fuerzas de seguridad. Según explicó ante la Comisión de Defensa, ya el 29 de julio se había detectado actividad relacionada con posibles cruces a nado desde Marruecos. Su relato contrasta frontalmente con el que ofreció horas después el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, quien aseguró que no hubo ningún informe que permitiera anticipar una entrada masiva como la que finalmente se produjo. La discrepancia ha quedado así instalada en el corazón del Gobierno.
La propia Robles no se limitó a defender al CNI. En su comparecencia introdujo también un elemento de autocrítica política que no había aparecido con esa claridad en otras intervenciones del Ejecutivo. “Si los ciudadanos de Ceuta se sienten abandonados, angustiados, solos y tristes es porque algo habremos hecho mal”, afirmó, antes de pedir disculpas a quienes pudieran haberse sentido abandonados. El Independiente recogió esa intervención como una de las claves de una comparecencia en la que la ministra mantuvo su versión pese a las preguntas de la oposición sobre quién estaba diciendo la verdad.
Ese gesto encaja con otra de las particularidades de Robles durante esta crisis: ha puesto el foco en Ceuta de una manera que ha ido más allá del relato estrictamente gubernamental. La ministra visitó la ciudad y mantuvo contacto directo con ciudadanos y autoridades, mientras defendía públicamente el trabajo de los servicios de información españoles y reclamaba a Marruecos que investigara hasta el final lo sucedido. La Vanguardia ya había destacado a comienzos de agosto su defensa del trabajo de los servicios de inteligencia y su exigencia a Rabat de esclarecer la entrada masiva.
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Una ministra que no milita en el PSOE
Hay además una circunstancia política que diferencia a Robles del resto del Consejo de Ministros. La titular de Defensa no es militante del PSOE. Su trayectoria política ha estado vinculada al socialismo, pero ejerce el cargo como independiente, una condición que adquiere especial relevancia cuando sus posiciones comienzan a diferir públicamente de las de otros ministros socialistas.
No significa que Robles haya roto con el Gobierno ni que exista constancia de que esté preparando una salida. Tampoco que sus discrepancias hayan desembocado en una confrontación política abierta con Pedro Sánchez. Lo que sí puede constatarse es que, en la cuestión de los avisos previos a la crisis, su versión no coincide con la de Interior.
Y la diferencia no es menor.
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Robles defiende que los servicios de inteligencia sí detectaron señales previas y que compartieron información con las fuerzas de seguridad. La Delegación del Gobierno en Ceuta, por su parte, ha negado haber recibido un aviso que anticipara lo sucedido. El resultado es un rompecabezas institucional en el que todavía no existe una explicación única.
La controversia ha llegado incluso a la Comisión de Secretos Oficiales. Alberto Núñez Feijóo ha reclamado su convocatoria precisamente por las contradicciones entre las versiones ofrecidas por Robles y Marlaska y ha pedido que se esclarezca qué información llegó al Gobierno y cuándo lo hizo.
El Gobierno frente a su propia versión
La presión sobre Robles llega además en un momento especialmente delicado para el Ejecutivo. Mientras la ministra de Defensa sostiene que los servicios de inteligencia cumplieron con su cometido, el Gobierno trata de fijar una posición común sobre una crisis que ha obligado a modificar su estrategia casi un mes después de la entrada masiva.
Félix Bolaños defendió este jueves en el Congreso que el Gobierno no disponía de información previa y precisa sobre la magnitud de lo que iba a suceder. La frase pretende cerrar una de las principales controversias abiertas, pero deja intacta la pregunta planteada por Robles: qué información existía, quién la conocía y cómo circuló dentro del Estado.
La comparecencia de Marlaska de este viernes añade presión a esa cuestión. El ministro del Interior acude al Congreso dispuesto a defender su versión sobre la actuación de su departamento, en un escenario en el que la discrepancia con Defensa ya no puede considerarse una diferencia menor de matiz.
La cuestión ha dejado de ser únicamente qué ocurrió en la frontera. Ahora también afecta a cómo funciona la cadena de información del Estado cuando los servicios de inteligencia detectan una amenaza y qué responsabilidad corresponde a cada departamento cuando esa amenaza se materializa.
¿Hasta dónde llegará Robles?
Ahí aparece la incógnita política.
Robles lleva años formando parte de los gobiernos de Pedro Sánchez y ha sobrevivido a diferentes crisis y remodelaciones. Pero en esta ocasión su posición tiene una particularidad: defender al CNI y a los servicios de inteligencia significa, al mismo tiempo, sostener una versión que deja preguntas abiertas sobre la actuación de Interior y sobre la capacidad de coordinación del propio Ejecutivo.
No hay constancia de que Moncloa haya decidido apartarla ni de que Robles esté preparando una ruptura. Tampoco puede afirmarse que exista una operación para forzar su salida. Sí existe, sin embargo, una presión creciente para que el Gobierno explique cómo pueden convivir dos versiones tan diferentes dentro del mismo Consejo de Ministros.
El Independiente ya había advertido antes de su comparecencia de que Robles se estaba desmarcando de sus compañeros de Interior y Exteriores en la gestión política de la crisis. Su decisión de comparecer también en el Senado, pese a la pretensión del Gobierno de concentrar las explicaciones en el Congreso, reforzó esa imagen de autonomía.
Ahora el escenario es distinto. Robles ya ha hablado. Ha defendido a los servicios de inteligencia, ha reconocido que algo pudo hacerse mal si los ceutíes se sintieron abandonados y ha mantenido su relato pese a que otro miembro del Gobierno sostiene el contrario.
La pregunta ya no es tanto qué dijo Margarita Robles. La pregunta es cuánto tiempo podrá mantenerlo sin que esa diferencia termine convirtiéndose en un problema político para el Gobierno de Pedro Sánchez.