Del bikini a la cruz: cómo Benidorm convirtió el “pecado” en motor de su transformación

La primera cruz de Serra Gelada fue levantada en 1961, durante una misión religiosa contra la fama “pecadora” de una localidad que había convertido el bikini y el turismo extranjero en motores de su transformación

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Imagen obtenida de Histobenidorm - Francisco Amillo Alegre

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Corría la década de 1950. El franquismo llevaba más de diez años instalado en España y el nacionalcatolicismo condicionaba la vida cotidiana mediante una legislación restrictiva y una estricta vigilancia de la moral pública. Mientras buena parte de Europa avanzaba hacia una sociedad de consumo, el país permanecía sometido al aislamiento, la autarquía y el control de las costumbres.

Pedro Zaragoza Orts, alcalde entre 1950 y 1967 de Benidorm, desempeñó un papel central en su transformación. No fue un opositor al franquismo, sino un dirigente integrado en el régimen que comprendió antes que muchos otros que el turismo extranjero podía convertirse en una fuente de ingresos decisiva. Su pragmatismo económico terminó chocando con la moral que defendían determinados sectores de la Iglesia.

El resultado de aquel conflicto todavía puede contemplarse desde la ciudad. En lo alto de Serra Gelada se levanta una cruz que nació como símbolo de penitencia frente a la supuesta “inmoralidad” de las playas y que, con el tiempo, se ha convertido en uno de los miradores más visitados de Benidorm.

Audiencia en el Pardo 1964. Imagen obtenida de Histobenidorm, Francisco Amillo Alegre
Audiencia en el Pardo 1964. Imagen obtenida de Histobenidorm - Francisco Amillo Alegre

Pedro Zaragoza y el proyecto de transformar Benidorm

En 1950, Benidorm tenía 2.726 habitantes censados y una economía todavía dependiente de actividades tradicionales. Pedro Zaragoza llegó a la Alcaldía con la intención de convertir el turismo en el principal motor económico del municipio.

Durante sus mandatos se pavimentaron calles, se mejoró el suministro de agua, se promocionó la localidad en el extranjero y se desarrolló una planificación urbanística destinada a facilitar la construcción de hoteles y apartamentos.

El Plan General de Ordenación Urbana de 1956 estableció las bases de ese crecimiento. Siete años más tarde, una modificación aprobada en 1963 amplió las posibilidades de edificación en altura y consolidó el modelo vertical característico de la ciudad.

La ciudad apostó por concentrar las construcciones para reservar espacio entre ellas, acercar a los visitantes a las playas y permitir que un mayor número de apartamentos disfrutara de luz y vistas al mar. Con sus aciertos y sus costes ambientales, aquel modelo terminó dibujando el perfil de rascacielos que actualmente identifica a Benidorm.

El bikini que desafió la moral franquista

El bikini, presentado en Francia en 1946, tardó poco en convertirse en un símbolo de la transformación de las costumbres europeas. En España, sin embargo, su utilización podía provocar la intervención de policías, guardias civiles o autoridades locales amparadas en las normas sobre moralidad y escándalo público.

Pedro Zaragoza entendió que perseguir a las turistas extranjeras por su indumentaria perjudicaría la imagen y la economía de Benidorm. A comienzos de la década de 1950, el Ayuntamiento adoptó una política de tolerancia hacia el uso del bikini en las playas.

La decisión despertó la oposición de sectores eclesiásticos, pero también dio origen a una de las historias más repetidas sobre la ciudad. Según el relato que el propio Zaragoza difundió durante años, el alcalde autorizó formalmente el bikini en 1953 y, ante la amenaza de excomunión, viajó durante horas en su Vespa hasta el palacio de El Pardo para pedir la protección de Francisco Franco.

La imagen resulta irresistible: un alcalde atravesando media España en motocicleta para defender ante el dictador los bikinis de las turistas. Sin embargo, no se ha encontrado constancia documental de aquella audiencia en los registros de visitas de Franco, y los investigadores consideran que el episodio fue exagerado o construido posteriormente. También se discute la existencia de un decreto municipal en los términos en que se ha contado tradicionalmente. 

La modernización de la ciudad no fue una rebelión democrática contra la dictadura, sino una apertura selectiva promovida desde dentro del franquismo cuando la llegada de visitantes y divisas comenzaba a resultar imprescindible para la economía española.

Pedro Zaragoza visita a Franco
Pedro Zaragoza visita a Franco. Imagen obtenida de Histobenidorm - Francisco Amillo Alegre

Una cruz para redimir los pecados de Benidorm

La permisividad de las playas alimentó la fama de Benidorm como un lugar dominado por costumbres consideradas pecaminosas. En diciembre de 1961, una Santa Misión dirigida por el sacerdote Salvador Perona impulsó la colocación de una gran cruz en lo alto de Serra Gelada.

La cruz fue trasladada desde la iglesia de San Jaime y Santa Ana hasta la sierra por numerosos vecinos. La subida tuvo un marcado carácter religioso y penitencial: pretendía reafirmar públicamente la fe católica y redimir simbólicamente una ciudad señalada por los bikinis, los turistas extranjeros y la relajación de las costumbres.

Aquella primera estructura, construida con postes, fue destruida por un temporal. La cruz actual fue instalada en 1975 y mantiene viva la silueta que domina el Rincón de Loix. 

De símbolo de penitencia a mirador turístico

La historia terminó produciendo una paradoja. La cruz levantada para combatir la fama turística y pecadora de Benidorm acabó integrada en la propia oferta de la ciudad.

El camino de subida es actualmente una de las rutas más frecuentadas de Serra Gelada. Vecinos y visitantes ascienden para contemplar las playas de Levante y Poniente, el casco urbano y la concentración de rascacielos que nació del proyecto impulsado en los años cincuenta.

Pocos realizan el recorrido como un acto de penitencia. La mayoría busca el paisaje, una fotografía o una panorámica del Mediterráneo. La cruz dejó de funcionar exclusivamente como advertencia moral y pasó a convertirse en un icono turístico, precisamente la actividad contra cuyos excesos pretendía reaccionar.

Benidorm sintetizó así algunas de las contradicciones de la España franquista: rigor moral y apertura económica, nacionalcatolicismo y turistas en bikini, procesiones religiosas y hoteles llenos de visitantes extranjeros.

Desde lo alto de Serra Gelada, el antiguo símbolo de redención contempla ahora el triunfo del modelo turístico que pretendía corregir.

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