De Merkel a Meloni: cómo ha cambiado la respuesta de Europa ante las crisis migratorias

La respuesta europea a la entrada masiva desde Marruecos permite trazar un recorrido sobre cómo Bruselas ha reaccionado en la última década frente a la entrada de migrantes en sus fronteras de forma irregular desde la crisis de los refugiados de 2015

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Las banderas de la Unión Europea ondean frente al edificio Berlaymont en Bruselas, sede de la Comisión Europea Alicia Windzio/dpa

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Cuando la excanciller alemana Angela Merkel pronunció su histórico "Wir schaffen das" ("Lo conseguiremos") en 2015, Europa vivía su mayor crisis humanitaria desde la Segunda Guerra Mundial.

Más de un millón de personas llegaron aquel año por el Mediterráneo y la llamada ruta de los Balcanes huyendo de la guerra en Siria, Irak o Afganistán. Alemania acogió cerca de un millón de solicitantes de asilo y la solidaridad se convirtió en el eje del discurso europeo.

Once años después, la imagen es radicalmente distinta. La entrada masiva de decenas de miles de personas por Ceuta procedentes de Marruecos ha centrado la prioridad de la Unión Europea en recuperar el control de la frontera, acelerar los retornos y evitar que alcanzaran el territorio continental europeo.

La crisis de Ceuta ha servido para constatar una tendencia que lleva años gestándose, pero que ahora se manifiesta de forma abierta. Europa ya no concibe el fenómeno migratorio únicamente como un desafío humanitario, sino también como una cuestión de seguridad y estabilidad.

Del "Wir schaffen das" al "proteger las fronteras"

Pero esa tendencia no arranca en la frontera sur española. El punto de inflexión llegó en 2021, cuando Bielorrusia facilitó la llegada de miles de migrantes a las fronteras de Polonia, Lituania y Letonia.

Bruselas dejó entonces de hablar exclusivamente de refugiados y calificó aquella presión migratoria como un "ataque híbrido" organizado por el régimen de Aleksandr Lukashenko.

La Comisión Europea respaldó plenamente a Varsovia, permitió medidas excepcionales en la frontera y reforzó la idea de que la inmigración podía utilizarse como instrumento de presión entre Estados. Aquella crisis cambió buena parte del lenguaje europeo.

Desde entonces, la Comisión ha impulsado reformas para agilizar expulsiones, fortalecer Frontex, negociar acuerdos con países de origen y tránsito y endurecer el control de las fronteras exteriores. La crisis de Ceuta encaja plenamente en esa nueva lógica. Aunque Bruselas evita señalar directamente a Marruecos, la dimensión geopolítica del episodio ha estado presente desde el primer momento.

La solidaridad con España no evita las diferencias

Tras la entrada masiva registrada en Ceuta el pasado 30 de julio, los ministros de Interior de la Unión Europea han trasladado su respaldo a España este martes y han reconocido la rapidez con la que el Gobierno consiguió reducir la presión migratoria mediante los retornos y el refuerzo de la frontera.

El comisario europeo de Interior y Migración, Magnus Brunner, ha trasladado a los Estados miembro -en línea con el discurso de Fernando Grande-Marlaska- que la situación se encuentra ya bajo control y ha subrayado que ninguna de las personas que cruzaron desde Marruecos ha accedido al territorio continental español ni al resto del espacio Schengen.

La Comisión Europea ha ofrecido además asistencia financiera, apoyo técnico y un eventual refuerzo de Frontex, Europol y la Agencia Europea de Asilo para seguir gestionando la situación si España lo consideraba necesario. Sin embargo, el consenso acaba ahí.

Roma, Helsinki y Copenhague rompen la unidad

Pero miembtras Bruselas ha mostrado su apoyo a España, varios gobiernos europeos han endurecido su discurso. Italia, respaldada por Finlandia, Dinamarca y posteriormente por otros dirigentes europeos, planteó la semana pasada estudiar medidas extraordinarias dentro del espacio Schengen tras la crisis de Ceuta.

Aunque jurídicamente ningún Estado puede expulsar unilateralmente a otro del espacio Schengen, Italia decidió restablecer controles selectivos para viajeros extracomunitarios procedentes de España, una medida que Madrid consideró innecesaria.

La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, defendió que la inmigración irregular constituye una amenaza para la seguridad europea y reclamó herramientas más contundentes para proteger las fronteras exteriores. Francia, sin llegar tan lejos, reforzó también la vigilancia en su frontera con España.

Portugal, por el contrario, rechazó cualquier suspensión de Schengen y defendió mantener la coordinación con Madrid. Las diferencias reflejan que la política migratoria europea ya no gira únicamente en torno a Bruselas, sino también alrededor de las prioridades nacionales de cada gobierno.

Bruselas endurece su posición

Aunque la Comisión Europea ha respaldado la actuación española durante la crisis, también ha dejado claro que el futuro pasa por una política migratoria mucho más estricta.

Durante la reunión extraordinaria de ministros, Brunner ha presentado una hoja de ruta basada en cinco prioridades: reforzar la cooperación con países de origen y tránsito, acelerar los retornos, ampliar las capacidades de Frontex, mejorar los sistemas de alerta temprana frente a campañas organizadas en redes sociales y perseguir con mayor intensidad a las redes de tráfico de personas.

Además, Bruselas ha vuelto a abrir el debate sobre los centros de retorno en terceros países, una propuesta impulsada principalmente por Italia para tramitar fuera del territorio comunitario determinados procedimientos de expulsión. Hace apenas unos años una iniciativa así habría resultado impensable dentro de la Comisión. Hoy forma parte del debate oficial europeo.

La inmigración, cada vez más ligada a la geopolítica

La crisis de Ceuta también ha vuelto a demostrar que la inmigración puede convertirse en un instrumento de presión internacional. No es la primera vez. Turquía ya utilizó la apertura de sus fronteras durante sus negociaciones con la Unión Europea. Bielorrusia hizo lo propio frente a Polonia en 2021.

Y el precedente de Ceuta en mayo de ese mismo año, coincidiendo con la crisis diplomática entre España y Marruecos por la acogida del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, sigue muy presente en las instituciones europeas.

Ahora Bruselas evita establecer una relación directa entre Rabat y la entrada masiva registrada la pasada semana, pero el episodio ha reforzado la convicción en el seno de la Unión de que la protección de las fronteras exteriores forma parte también de la seguridad estratégica de la UE.

Las víctimas siguen siendo las mismas

Pero mientras Europa debate sobre Schengen, Frontex o los retornos, la dimensión humana continúa marcando la crisis. En Ceuta todavía permanecen centenares de menores extranjeros no acompañados a la espera de una solución estable.

Al otro lado de la frontera, numerosas familias marroquíes siguen buscando noticias de hijos, hermanos o padres desaparecidos durante los cruces, después de una tragedia que ha dejado decenas de fallecidos.

De la acogida masiva de refugiados en 2015 se ha pasado a una estrategia basada en el control fronterizo, la cooperación con terceros países y las expulsiones rápidas. Pero, pese al cambio de paradigma, las consecuencias humanas siguen siendo prácticamente las mismas.

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