El terremoto que sacudió Ayacucho este jueves alcanzó magnitud 7,2 según el IGP, pero los primeros balances no registraron víctimas ni daños graves. Apenas un mes antes, un terremoto mucho menor golpeó Junín y mató al menos a seis personas, dejó más de 30 heridos y alrededor de 300 damnificados.
La aparente contradicción tiene explicación: la magnitud no determina por sí sola la capacidad destructiva de un terremoto.
5,5 frente a 7,2
El terremoto de julio fue situado por el USGS en magnitud 5,5, con epicentro apenas dos kilómetros al oeste-suroeste de Sicaya, en la provincia de Huancayo, y a solo 10 kilómetros de profundidad.
Las autoridades peruanas utilizaron parámetros diferentes. Reuters recogió una magnitud de 5,1 y una profundidad de 24 kilómetros para el primer terremoto, seguida de una réplica de magnitud 3,7.
El terremoto de Ayacucho de este jueves fue sustancialmente mayor: el IGP estableció una magnitud de 7,2 y una profundidad de 108 kilómetros.
Y, sin embargo, sus consecuencias iniciales fueron mucho menores.
La profundidad puede cambiarlo todo
La distancia entre el foco sísmico y la superficie ayuda a entender la diferencia.
Un terremoto superficial libera su energía mucho más cerca de edificios, carreteras y personas. Si además el epicentro se encuentra junto a localidades vulnerables, incluso una magnitud moderada puede producir daños muy graves.
El de Junín tenía precisamente esas características según el USGS: 10 kilómetros de profundidad y un epicentro prácticamente junto a Sicaya.
El de Ayacucho, en cambio, se originó mucho más abajo según el IGP: 108 kilómetros de profundidad.
La mayor profundidad favorece que las ondas sísmicas puedan sentirse en una superficie extensa, pero reduce la sacudida que llega a determinados puntos respecto de lo que podría producir un terremoto igualmente potente y mucho más superficial.
Las viviendas de adobe agravaron el desastre de Junín
Hay otro factor fundamental: cómo están construidos los edificios.
Tras el terremoto de julio, el responsable de Defensa Civil Luis Vásquez explicó que el uso de materiales rústicos de adobe había contribuido al mayor impacto y a los daños.
Varias construcciones colapsaron o sufrieron daños estructurales. Entre ellas estuvo la histórica iglesia y antiguo convento de Santiago de León, en Chongos Bajo, levantado en el siglo XVI.
Reuters contabilizó en los balances preliminares 48 viviendas destruidas y otras 18 dañadas, con unas 300 personas afectadas.
Magnitud no es lo mismo que intensidad
Esta diferencia permite distinguir dos conceptos que suelen confundirse.
La magnitud representa el tamaño del terremoto. Es una medida del propio fenómeno sísmico.
La intensidad, en cambio, describe los efectos de la sacudida en un lugar determinado. Puede cambiar enormemente de una población a otra dependiendo de la distancia al foco, la profundidad, las características del terreno y la vulnerabilidad de las construcciones.
Por eso un terremoto de magnitud inferior puede resultar mucho más mortal que otro considerablemente mayor.
El ejemplo de Perú
La comparación de ambos terremotos resulta especialmente clara:
Junín, julio de 2026
- Magnitud: 5,5 según USGS; 5,1 según el centro peruano citado por Reuters.
- Profundidad: 10 km según USGS; 24 km según la referencia peruana recogida por Reuters.
- Muertos: al menos seis.
- Heridos: más de 30 según AP.
- Damnificados: alrededor de 300.
- Factor de vulnerabilidad: numerosas construcciones de adobe.
Ayacucho, 20 de agosto de 2026
- Magnitud: 7,2 según IGP; 6,7 según USGS.
- Profundidad: 108 km según IGP; 66 km según USGS.
- Daños graves iniciales: no comunicados en los primeros balances.
- Intensidad confirmada en Coracora: III-IV.
El terremoto más potente, por tanto, no tiene por qué ser el más destructivo.