Organizar el presente para disputar el futuro

Con motivo del Día Internacional de la Juventud, Pau Garcia (CCOO), aborda en DEMÓCRATA los prejuicios que pesan sobre las nuevas generaciones y reivindica respuestas colectivas frente a la precariedad, la crisis de salud mental y los cambios en el mundo laboral

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Pau Garcia Orrit es secretaria confederal de Juventud de CCOO

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Existe una tendencia histórica a acusar a las nuevas generaciones de ser demasiado “frágiles” cuando soportamos la precariedad con mayor intensidad que ningún otro grupo de edad, de “vagos”  mientras encadenamos contratos temporales, jornadas parciales y salarios insuficientes, de “derrochadores”  cuando destinamos la mayor parte de sus ingresos al alquiler o de ser  una generación de cristal” cuando la realidad es que afrontamos una crisis de salud mental de una magnitud inasumible para una sociedad como la nuestra.

Este mes de agosto se celebra el Día Internacional de la Juventud. Será también el momento en el que volveremos a ser señaladas como responsables de casi todos los males de nuestra generación e incluso de la sociedad en general.

Como decíamos, este discurso no es una novedad. Ya lo vimos cuando un mercado laboral incapaz de ofrecer empleo de calidad a las personas jóvenes y un sistema educativo insuficientemente preparado para combatir el abandono escolar temprano, dejaron a miles de jóvenes sin expectativas de futuro. En lugar de señalar las causas estructurales de aquella situación, nuestra sociedad acuñó el término “ninis” y trasladó la responsabilidad a quienes eran, precisamente, las principales víctimas de ese fracaso colectivo.

Es un patrón que se repite con demasiada frecuencia. Resulta mucho más sencillo convertir los problemas colectivos en supuestos fracasos individuales que afrontar las causas profundas que explican por qué nuestro modelo económico y social deja de garantizar oportunidades de vida dignas para toda una generación.

Las personas jóvenes siempre han estado en el origen de las grandes transformaciones sociales

Por eso, para una sindicalista joven hoy en día, es imperativo combatir contínuamente el prejuicio de que la juventud actual vive alejada de la política. Primero, porque es falso y segundo, porque impide comprender los verdaderos desafíos de una generación que ha decidido dejar de esconder su malestar y, con ello, encontrar respuestas colectivas capaces de transformarlos.

Las personas jóvenes siempre han estado en el origen de las grandes transformaciones sociales. La historia del sindicalismo de clase en general, y de nuestro sindicato en particular, son buena muestra de ello. No porque fueran un sujeto aparte o especial, sino porque eran quienes ocupaban los nuevos sectores productivos, quienes sufrían antes la precariedad y quienes obligaban al movimiento sindical a reinventar y reimaginar sus formas de organización.

Ocurrió con la industrialización, con las migraciones interiores, con la incorporación masiva de las mujeres al empleo y vuelve a ocurrir hoy con la digitalización, las plataformas, la externalización y la fragmentación y atomización del trabajo. La juventud no es ni puede ser un asunto sectorial para el sindicato: es el lugar donde antes se manifiestan las mutaciones del mundo laboral.

Por eso, desde CCOO lo tenemos claro, lo verdaderamente transformador consiste en demostrar que aquello que parece un fracaso individual responde a causas estructurales y, por tanto, sólo admite respuestas colectivas. Por eso necesitamos multiplicar espacios donde la juventud pueda encontrarse, debatir, equivocarse, organizarse y asumir responsabilidades propias. No como destinataria de políticas juveniles, sino como protagonista de la vida sindical.

Basta con mirar atrás para ver que sólo intensificando las experiencias compartidas conseguiremos hegemonizar la conciencia sindical. Nuestra organización creció cuando fue también un espacio de socialización, de formación y de cultura para generaciones enteras. Promover esa dimensión no es un ejercicio de nostalgia: es una condición para fortalecer el sindicalismo de clase y confederal en un tiempo marcado por el aislamiento y la individualización.

La modernidad del sindicalismo no depende solo de su estética, sino de su ética

Debemos hacerlo, además, desde  la convicción de que incorporar personas jóvenes a los espacios de decisión no responde a una lógica de cuotas ni de equilibrios, sino a una necesidad política y democrática. Nuestra organización solo puede interpretar un mundo del trabajo que cambia aceleradamente si quienes toman las decisiones incorporan la experiencia de quienes lo habitan en primera persona.

Las personas jóvenes no pedimos organizaciones más modernas en el sentido simple de la palabra, sino, como mencionaba, a la vanguardia. No basta con invertir recursos en redes sociales, hacer muchos tiktoks y gastar mucho tiempo intentando descifrar cómo “utilizar nuevos lenguajes”. La verdadera innovación consiste en escuchar y adaptarse de formas nuevas a esta realidad de cambios frenéticos para poder organizar a quienes aún no están, pero más nos necesitan. La modernidad del sindicalismo no depende solo de su estética, sino de su ética, de su capacidad para reconocer antes que nadie dónde está naciendo la nueva clase trabajadora y construir organización a su lado. Eso es lo que nos hará útiles y nos hará seguir siendo quienes somos.

sobre la firma:

Pau Garcia Orrit es secretaria confederal de Juventud de CCOO

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