Bruselas contiene el bostezo

Hay momentos en la vida diplomática que merecerían una cámara oculta. Este es uno de ellos.

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El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares Eduardo Parra - Europa Press

El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares Eduardo Parra - Europa Press

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Pregunta a FREN

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Imaginen una sala de Bruselas. Embajadores y ministros representantes de los Veintisiete alrededor de una mesa en la que están los asuntos que quitan el sueño a Europa: la guerra a las puertas de la Unión, Rusia, Trump, la amenaza de una guerra comercial, la defensa europea, la energía, China, la inmigración, el Sahel, la competitividad perdida y una ampliación que ya no es un capricho sino una cuestión geopolítica.

Y entonces toma la palabra España. Los Ministros y embajadores se incorporan ligeramente en sus sillas, esperando quizá una propuesta sobre defensa, Ucrania o los Balcanes.

Pero no. España tiene algo mucho más importante que decir: el catalán, el euskera y el gallego. Sin el menor sonrojo, el ministro lo deja claro, ante la inevitable cara de circunstancia del embajador: España no aceptará nuevas lenguas oficiales en la Unión si antes no se reconoce la oficialidad de las tres.

Montenegro, que lleva años negociando su entrada, debe de haberse quedado también bastante sorprendido. Uno imagina al embajador montenegrino mirando a su colega francés.

—¿Nos hemos equivocado de reunión?

—No. Es la ampliación.

—¿Y entonces por qué hablamos del catalán?

—Es España…

Ahí aparece esa sonrisa diplomática perfeccionada durante siglos: ni sonrisa ni carcajada, sino una ligera elevación de las comisuras y una mirada de soslayo que significa “¿está hablando en serio?”. Porque en Bruselas puede haber vetos, bloqueos y ultimátum, pero hay algo mucho más difícil de conseguir: que alguien se crea, a estas alturas y con la que le esta cayendo, la amenaza hispana.

Lo que han dicho, y lo que no

Para entender el numerito hay que saber quién lo protagoniza. El ministro José Manuel Albares lo dejó caer, de pasada, ante periodistas en Bruselas -en una visita que en teoría era sobre la integración de Ceuta y Melilla en el mercado único-: le parece “impensable” que la Unión admita una lengua nueva sin resolver antes el catalán, el euskera y el gallego.

El secretario de Estado para la UE, Fernando Sampedro, defendió lo mismo en una reunión informal en Dublín; pero cuando le preguntaron sin rodeos si España llegaría a bloquear la entrada de Montenegro, no lo confirmó ni lo descartó: se limitó a decir que confiaba en que el asunto estaría resuelto mucho antes de que hiciera falta decidir nada. Es la amenaza más elegante posible: se lanza, pero no se firma. Entre los dos estadistas han conseguido elevar una cuestión lingüística doméstica a la categoría de gran asunto estratégico europeo, con la misma solemnidad con la que otros hablan de Rusia o de la defensa continental.

Y no es la primera temporada de esta serie. España pidió esto formalmente en agosto de 2023, como parte del peaje pagado a Junts por su investidura. En julio de 2025 lo intentó colar en el Consejo y se llevó un portazo de una docena de países. Ahora, en septiembre de 2026, el asunto vuelve a la agenda del Consejo de Asuntos Generales del día 22, con un matiz delicioso: la propia presidencia ya ha aclarado que el punto se trata “sin previsión de decisión”. Es decir, España amenaza con bloquear la ampliación en una reunión en la que, por escrito, ya se avisa de que no se va a decidir nada. La primera amenaza de la historia con su desmentido de fábrica incorporado.

La diplomacia como extensión del Congreso

Nadie discute el derecho de España a defender sus lenguas. Lo difícil de explicar es por qué Montenegro tiene que ser el rehén. Montenegro no tiene nada que ver con esto: lleva años negociando, ha cerrado capítulos, ha hecho reformas. Y ahora descubre una condición que no está en ningún tratado ni en los criterios de Copenhague: para entrar en la Unión hay que esperar a que España consiga oficializar el catalán.

Uno imagina a los negociadores montenegrinos preguntándose qué reformas les quedan por aprobar cuando descubren que el último obstáculo no está en Podgorica, sino en el Congreso de los Diputados. A este paso, los candidatos a la Unión tendrán que estudiar no solo el acervo comunitario, sino también los pactos de investidura de los gobiernos españoles.

La escena sería cómica si detrás no hubiera algo más serio: España está usando un asunto estratégico de la Unión para resolver un problema político interno, y nuestros socios no tienen por qué entenderlo ni comprarlo. Bruselas no es el Congreso español ni Montenegro una ficha para saldar compromisos de investidura. El Gobierno, eso sí, ha descubierto una fórmula de política exterior verdaderamente creativa: exportar a Europa los problemas que no resuelve en casa. El Ministerio de Exteriores podría rebautizarse como “Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Asuntos Internos que Conviene Resolver en Bruselas”.

“Bruselas no es el Congreso español ni Montenegro una ficha para saldar compromisos de investidura”

Una cuenta que no cuadra

El argumento numérico del Gobierno suena contundente hasta que se piensa dos segundos: 260.000 montenegrinos frente a diez millones de catalanohablantes, tres millones de gallegohablantes y más de un millón de vascoparlantes. Pero la Unión no reparte turnos por número de comensales, sino por unanimidad, y lleva tres años sin dar el sí. Además, Luxemburgo, miembro fundador y sede de media Unión, no tiene el luxemburgués como lengua oficial y sobrevive sin trauma. Porque, en Europa, una lengua puede tener millones de hablantes y no convertirse por ello en un derecho de veto sobre las decisiones de los demás. El Gobierno parece haber descubierto una nueva regla europea: las lenguas se cuentan por hablantes y los vetos, por millones.

Por si acaso, España se ha ofrecido a pagar los 132 millones de euros que costaría traducirlo todo, según cálculos de la propia Comisión. Es el gesto de quien se cuela en la boda de un desconocido y, al ser descubierto, se ofrece a pagar la barra libre con tal de quedarse al baile. Queda generoso. No arregla que la reforma sigue exigiendo unanimidad y que una docena de países, con Alemania y Francia a la cabeza, tienen serios reparos jurídicos y políticos sobre el precedente que sentaría. El Gobierno repite que una veintena de socios no se opone -pero tampoco apoyan, callan para no ofender- como si en Bruselas ganara la mayoría y no la unanimidad, que es justo la regla que convierte este empeño en papel mojado cada vez que se repite.

El tabú que nadie quiere abrir

Y hay una razón todavía más incómoda por la que en Bruselas nadie quiere entrar a fondo en este debate: no es solo que la petición española parezca desproporcionada, es que abrir la puerta a las lenguas regionales como asunto europeo es un jardín que casi ningún otro socio quiere pisar. Francia tiene el bretón, el occitano y su propio vasco esperando en un cajón que prefiere mantener cerrado. Italia tiene el sardo y el alemán del Tirol del Sur. Rumanía convive con una minoría húngara a la que no le conviene ningún precedente y los países bálticos el ruso. Hay que reconocer que una lengua regional puede convertirse en cuestión de Estado en Bruselas y que es abrir un melón que casi ningún Gobierno europeo quiere cortar en su propia mesa. Así que el silencio incómodo que rodea al catalán, al euskera y al gallego no es solo desconfianza hacia España: es autoprotección colectiva. Nadie quiere que su propia periferia tome nota.

El problema de que nadie se lo crea

Lo preocupante no es que Albares hable con solemnidad o que Sampedro advierta de consecuencias que luego no concreta. Lo preocupante es que una amenaza diplomática solo funciona si es creíble, y esta lleva tres años sin serlo. Europa, que domina la representación política como nadie, reconoce perfectamente cuándo alguien interpreta un papel: no hace falta que ningún embajador diga en público que la posición española es disparatada, basta con la ceja levantada, el sorbo de agua, el mensaje de WhatsApp y la lectura del Financial Times mientras dura el discurso.

“Lo preocupante es que una amenaza diplomática solo funciona si es creíble, y esta lleva tres años sin serlo”

—¿Qué hacemos con Montenegro?

—Lo de siempre. Que sigan negociando.

Y nadie vuelve a mencionar el catalán, porque en Europa no todo lo que es útil en España resulta importante fuera de ella.

Una política exterior de usar y tirar

Y esto llega en un momento muy concreto: un Gobierno que muchos dan por amortizado en meses, con encuestas ya circulando sobre la sucesión de Sánchez y Vox capitalizando cualquier resquicio, de la excarcelación de un antiguo dirigente de ETA a la gestión de la crisis migratoria en Ceuta. Sacar la bandera lingüística no cuesta nada y rinde mucho en campaña, aunque nunca haya dependido de las ganas de España sino del consenso de otros veintiséis países que siguen diciendo que no.

El riesgo es que los socios europeos empiecen a hacerse una pregunta sencilla y devastadora: ¿esta gente negocia con nosotros o habla con sus votantes a través de nosotros? Si la respuesta es la segunda, el diplomático deja de escuchar las palabras y busca la letra pequeña.

La Unión atraviesa uno de sus momentos más delicados: necesita defensa, competitividad, energía, fronteras seguras, y ampliarse hacia los Balcanes antes de que otros ocupen ese espacio. Pero España ha encontrado algo más urgente: tres lenguas. Es como detener los cañones en plena batalla para discutir la ortografía. Y lo más extraordinario es que el Gobierno cree que esta estrategia le hace parecer firme. No. Le hace parecer aislado, porque la influencia no consiste en amenazar con bloquear, sino en que los demás sepan que, cuando España habla, merece la pena escucharla. Si cada amenaza se recibe con una sonrisa y una mirada de soslayo, el problema ya no es lo que España quiera bloquear: es que nadie teme que lo haga. Y ahí la diplomacia entra en una categoría peor que la irrelevancia: el ridículo.

Y aquí está el coste que no aparece en ninguna partida presupuestaria: la credibilidad no es un recurso renovable. Se acumula despacio, con años de coherencia, y se gasta rápido, con un golpe de bandeja cada vez que se usa un Consejo europeo como escenario de un ajuste de cuentas doméstico. El problema no es lo que España pierda hoy con Montenegro esperando en la puerta. El problema es lo que estará dispuesta a conceder, o a callar, la próxima vez que necesite de verdad a sus socios: en fondos, en defensa, en migración, en cualquier negociación en la que el resultado sí importe de verdad. Un país que agota su margen de confianza en gestos simbólicos para consumo interno se encuentra, cuando llega el momento serio, con la sala más fría y la paciencia ajena ya gastada. La factura de la desconfianza no llega en el minuto en que se pronuncia la amenaza; llega después, cuando de verdad hace falta que alguien te crea y ya nadie se acuerda de cómo hacerlo.

Mientras tanto, Montenegro sigue esperando, sin demasiada prisa. Ha descubierto que para entrar en la Unión no basta con cumplir las condiciones europeas: primero hay que sobrevivir a las condiciones españolas, que no figuran en ningún tratado pero que, a fuerza de repetirse, casi han conseguido parecer un capítulo más de la negociación.

“Para entrar en la Unión no basta con cumplir las condiciones europeas: primero hay que sobrevivir a las condiciones españolas”

Y quizá algún día, cuando finalmente entre, alguien en Bruselas proponga una pequeña celebración con banderas y champán, y alguien pregunte:

—¿Y el catalán?

Otro diplomático sonreirá, mirará de soslayo a su vecino, y responderá:

—Déjalo. Eso es otra guerra.

Una guerra que, por fortuna, solo existe en Madrid.

Hola, soy Fren. ¿Cómo te ayudo?