Un equipo de la Universidad de Keio (Japón) ha hallado dos proteínas presentes en la sangre que se relacionan de forma consistente con el riesgo de discapacidad futura en personas de 85 años o más, un avance que podría facilitar la detección de quienes presentan mayor vulnerabilidad.
Japón es uno de los países donde el envejecimiento avanza con mayor rapidez. Casi el 60 por ciento de los japoneses de 85 años o más ya recibe apoyo a través del sistema nacional de Seguro de Cuidados de Larga Duración, lo que subraya la urgencia de localizar a quienes están en riesgo antes de que aparezca una discapacidad.
Aunque las analíticas sanguíneas habituales permiten diagnosticar muchas patologías vinculadas al envejecimiento, hasta ahora resultaba complicado encontrar biomarcadores sólidos capaces de anticipar una discapacidad futura en los mayores de más edad. Contar con estos indicadores permitiría actuar antes y favorecer que las personas sigan activas e independientes durante más tiempo.
Para dar respuesta a este reto, un grupo encabezado por el profesor asociado Yusuke Osawa, de la Escuela de Posgrado de Gestión de la Salud de la Universidad de Keio, junto con el profesor Yasumichi Arai, de la Facultad de Enfermería y Atención Médica de la misma institución, y el doctor Luigi Ferrucci, director científico de la División de Gerontología Traslacional del Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, examinó muestras de sangre de adultos de entre 85 y 89 años que residían en la comunidad, utilizando un análisis de proteínas circulantes guiado por datos y sin hipótesis previa.
Mediante técnicas de aprendizaje automático y modelos estadísticos multivariables, analizaron 29 proteínas plasmáticas para valorar su relación con la aparición de discapacidad y la mortalidad a futuro. Después, contrastaron los resultados de forma independiente en el estudio italiano sobre envejecimiento Invecchiare in Chianti (InCHIANTI). Las conclusiones se han publicado en la revista 'GeroScience'.
B2M y cistatina C, en el punto de mira
El análisis inicial se llevó a cabo con 230 participantes sin discapacidad del Kawasaki Aging Well-being Project (KAWP), seguidos durante unos 4,5 años. Los niveles altos de beta-2-microglobulina (B2M) y cistatina C se vincularon de manera consistente con una mayor probabilidad de desarrollar discapacidad.
Cada aumento en la concentración de estos biomarcadores se asoció con un incremento significativo del riesgo de discapacidad, incluso tras ajustar por edad, sexo, función renal, estilo de vida y otros posibles factores de confusión.
Para comprobar si los hallazgos podían extrapolarse a otros contextos, el equipo examinó a los participantes del estudio InCHIANTI, que ha seguido a personas mayores en Italia durante hasta 15 años. De nuevo, los niveles elevados de B2M y cistatina C se relacionaron con un mayor riesgo de discapacidad, sobre todo entre quienes tenían 80 años o más.
Por el contrario, las proteínas inicialmente asociadas con la mortalidad -como el factor de crecimiento epidérmico y la proteína 10 inducida por interferón gamma- no mostraron resultados reproducibles, lo que sugiere que los biomarcadores ligados a la discapacidad fueron el hallazgo más robusto del trabajo.
“Dado que la B2M y la cistatina C ya pueden medirse mediante análisis clínicos convencionales, tienen el potencial de convertirse en herramientas prácticas para identificar a las personas mayores que podrían beneficiarse de medidas preventivas”, señala Osawa.
Ambas proteínas también ayudan a comprender mejor los procesos biológicos implicados. Están relacionadas con la función renal y, en el caso de la B2M, además refleja la inflamación crónica de bajo grado, conocida como inflammaging o inflamación asociada al envejecimiento, cada vez más reconocida como un factor que impulsa el deterioro asociado a la edad. En conjunto, estos mecanismos podrían favorecer la pérdida paulatina de capacidad física que termina derivando en la necesidad de servicios de cuidados de larga duración.
“Nuestros resultados sugieren que para preservar un envejecimiento saludable no solo es necesario prestar atención a las enfermedades, sino también a los procesos biológicos que preceden a la discapacidad. Identificar antes a las personas con mayor riesgo podría abrir la puerta a intervenciones oportunas, como el ejercicio, el apoyo nutricional y la rehabilitación, antes de que se produzca un deterioro irreversible”, explica Arai.
De la reacción a la prevención
En conjunto, el trabajo sitúa a la B2M y la cistatina C como prometedores biomarcadores sanguíneos de discapacidad futura en personas muy mayores. Su validación en cohortes de Japón e Italia respalda su posible aplicación para una detección más temprana del riesgo en sociedades que envejecen con rapidez.
Este enfoque podría facilitar el tránsito desde un modelo sanitario centrado en tratar el problema cuando ya ha aparecido hacia otro basado en la prevención proactiva, contribuyendo a que más personas mayores mantengan su autonomía y, al mismo tiempo, aliviando la creciente presión sobre los sistemas de cuidados de larga duración a escala global.